
Durante años, el avión privado fue el símbolo por excelencia del lujo. La imagen del empresario o la celebridad descendiendo de un jet reforzó la idea de que se trataba de un servicio reservado para unos pocos. Sin embargo, esa percepción empieza a quedarse corta. Para ATSA Airlines, empresa del Grupo Romero, la aviación ejecutiva está dejando de verse solo como un servicio de exclusividad para convertirse en una herramienta de productividad empresarial. ¿Cómo así?
Detrás de ese cambio aparecen sectores como hidrocarburos, minería, energía, agroindustria, construcción y banca, cuyos proyectos suelen desarrollarse lejos de las principales ciudades. Para muchas empresas, mover rápidamente a directores, gerentes y especialistas hacia esas operaciones se ha convertido en un factor que impacta directamente en la productividad.
Esa dinámica sostiene un mercado que, según estimaciones de ATSA Airlines, mueve alrededor de US$ 15 millones al año y que podría crecer no menos de 5% anual en los próximos años. Aunque el Perú todavía se encuentra por detrás de mercados más desarrollados como Brasil, México, Chile y Argentina, la empresa considera que existe un amplio margen para seguir creciendo si continúan la inversión privada y las mejoras en infraestructura aeroportuaria.
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"No existe una consultora que haga seguimiento a este mercado porque sigue siendo muy pequeño. Es una estimación interna, pero vemos una demanda sostenida durante los últimos años“, comentó Christian Gutiérrez, gerente comercial de ATSA Airlines, a Gestión.
Perfil del usuario de vuelos privados
La transformación del mercado también se refleja en el perfil de los usuarios. Hoy, alrededor del 70% de la demanda corresponde a clientes corporativos y el 30% restante al segmento premium o de alto patrimonio. Además de altos ejecutivos y empresarios, el servicio también es utilizado por especialistas y equipos técnicos que necesitan desplazarse rápidamente hacia operaciones en distintas regiones del país.
La diferencia es que, para las empresas, el principal atractivo no está en la comodidad del vuelo, sino en el tiempo que logran recuperar. Mientras una agenda apoyada en vuelos comerciales puede tomar dos o tres días para visitar distintas operaciones, un vuelo ejecutivo permite realizar el mismo recorrido en una sola jornada, reduciendo además costos asociados a traslados terrestres, hospedajes y horas improductivas.
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"El tiempo también es dinero. No solamente hablamos del traslado, sino del tiempo efectivo que el ejecutivo pasa en la operación y del tiempo que sigue trabajando durante el vuelo“, explicó Gutiérrez.
La flexibilidad para modificar rutas, aterrizar en aeródromos cercanos a las operaciones y mantener la confidencialidad de determinados viajes completa una propuesta de valor que, según la empresa, explica por qué el servicio comienza a ser evaluado por compañías que antes lo descartaban automáticamente por su costo.
Aunque el segmento corporativo concentra la mayor parte de la demanda, el turismo premium también mantiene un peso relevante. Según ATSA, estos pasajeros muestran un creciente interés por destinos menos tradicionales, como Chachapoyas o la Amazonía, en busca de experiencias más exclusivas.

El aporte de la inversión privada
El comportamiento de la aviación ejecutiva suele anticipar, en pequeña escala, el dinamismo de la economía real. Cuando aumentan las inversiones, también crece la necesidad de trasladar ejecutivos hacia proyectos en desarrollo.
Actualmente, según Gutiérrez, los sectores de hidrocarburos y minería concentran la mayor demanda de vuelos privados. Sin embargo, la agroindustria es la actividad que más viene acelerando su uso, con tasas de crecimiento de entre 15% y 20% anual, impulsadas por la expansión de las exportaciones y el desarrollo de nuevos proyectos.
Ese perfil también se refleja en las rutas. Alrededor del 90% de las operaciones de aviación ejecutiva de ATSA se realizan dentro del país para atender proyectos descentralizados, mientras que el 10% restante corresponde a vuelos internacionales.
"La movilidad de ejecutivos crece cuando crecen los proyectos. Por eso este negocio va muy de la mano con la inversión privada“, resumió el ejecutivo.
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La siguiente pista de despegue
Si la inversión privada marca el ritmo del mercado, la infraestructura definirá hasta dónde puede llegar. Para el sector, uno de los principales catalizadores sería la creación de un terminal especializado para aviación privada en el antiguo aeropuerto Jorge Chávez.
La iniciativa, que viene siendo impulsada por Lima Airport Partners (LAP), permitiría ofrecer procesos diferenciados para este tipo de pasajeros y reducir considerablemente los tiempos de embarque. Según estimaciones de ATSA, mientras un usuario de un vuelo comercial suele llegar con varias horas de anticipación, en una terminal exclusiva ese proceso podría realizarse en alrededor de 30 minutos.
"Eso nos pondría a la altura de otros hubs importantes de la región“, sostuvo Gutiérrez. A su juicio, un terminal especializado no solo mejoraría la experiencia del pasajero, sino que fortalecería el posicionamiento del Perú como punto de conexión para la aviación ejecutiva en Sudamérica.
El desafío, sin embargo, no se limita a Lima. Buena parte de los proyectos mineros, energéticos y agroindustriales se ubican en zonas donde la infraestructura aeroportuaria aún presenta limitaciones para recibir determinados tipos de aeronaves. Esa realidad obliga, en muchos casos, a operar con aviones de menor capacidad y reduce parte de la eficiencia que justamente buscan las empresas al contratar este servicio.

EL RETO ES CAMBIAR LA PERCEPCIÓN
Paradójicamente, uno de los mayores obstáculos para el crecimiento del negocio no está en la demanda, sino en la percepción que todavía existe sobre él. Para Gutiérrez, muchas empresas continúan viendo los vuelos privados como un gasto reservado para grandes fortunas, cuando en determinadas operaciones el análisis cambia al incorporar el costo del tiempo, los traslados terrestres, el hospedaje y las horas que un equipo deja de producir mientras se desplaza. Parte de la estrategia de ATSA, dice, consiste en mostrar que, para determinadas operaciones, el ahorro de tiempo puede compensar el mayor costo del vuelo.
Aunque el costo de un vuelo ejecutivo puede oscilar entre US$ 2,100 y US$ 6,500 por hora, dependiendo de la ruta, la aeronave y la operación, la empresa sostiene que la comparación no debe hacerse únicamente con el precio de un pasaje comercial, sino con el ahorro en tiempo y productividad que puede generar para determinados negocios.
"Hay empresas grandes que todavía desconocen este servicio. Parte de nuestro trabajo es mostrarles que, para ciertos tipos de operación, puede ser una herramienta que genera eficiencia“, afirmó.
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Ese potencial explica por qué, pese a representar hoy apenas el 5% del negocio de ATSA Airlines, cuya operación de aviación ejecutiva cuenta con una flota de cinco aeronaves, la compañía considera que la aviación ejecutiva tiene espacio para seguir expandiéndose. La estrategia para los próximos dos años pasa por consolidar el segmento antes que ampliar la flota, aunque no descarta incorporar una aeronave de mayor capacidad si el mercado mantiene el crecimiento proyectado.
A diferencia de otros mercados de la región, donde operan diversos proveedores especializados, en Perú la competencia sigue siendo limitada. Gutiérrez explica que la mayor rivalidad se presenta en vuelos internacionales, donde operadores de otros países pueden atender las mismas rutas, mientras que el mercado local aún cuenta con pocos jugadores especializados en aviación ejecutiva.
El escenario, en todo caso, dependerá menos del lujo que de la capacidad del país para atraer inversiones, desarrollar infraestructura y fortalecer la confianza empresarial. Si esas condiciones se consolidan, la aviación ejecutiva podría dejar de ser un mercado de nicho para convertirse en un aliado cada vez más habitual de las empresas que compiten contra un recurso escaso: el tiempo.
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