Nuestra cocina dejó hace muchos años de ser una simple colección de recetas. Hoy representa una forma de contar quiénes somos.
Pero existe un protagonista que muchas veces permanece en silencio: las bebidas. (USI)
Nuestra cocina dejó hace muchos años de ser una simple colección de recetas. Hoy representa una forma de contar quiénes somos. Pero existe un protagonista que muchas veces permanece en silencio: las bebidas. (USI)

Hay países que se conocen por sus monumentos. Otros, por sus paisajes. El Perú, en cambio, tiene el privilegio de ser recordado por aquello que sucede alrededor de una mesa, de su . Somos una nación donde la memoria suele servirse caliente, donde las conversaciones comienzan con un brindis y donde cada plato lleva escondida la geografía de un pueblo entero.

Cada 28 de julio, en , solemos hablar de independencia, de héroes, de historia y de símbolos patrios. Sin embargo, pocas veces recordamos que también existe una independencia silenciosa que ocurre todos los días: la de miles de , viticultores, caficultores, pescadores, destiladores, cocineros, panaderos, queseros y restauradores que sostienen la identidad del Perú sin hacer ruido. Son ellos quienes, desde el amanecer, escriben una patria que no aparece en los libros, pero que sí permanece en la memoria de quienes la prueban.

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El turismo moderno ya no viaja únicamente para observar. Viaja para sentir. Viaja para escuchar historias. Viaja para descubrir sabores que no existen en ninguna otra parte del planeta. Y en ese escenario privilegiado, el Perú juega con ventaja.

Nuestra cocina dejó hace muchos años de ser una simple colección de recetas. Hoy representa una forma de contar quiénes somos.

Pero existe un protagonista que muchas veces permanece en silencio: las bebidas.

Porque un país también puede beberse.

Cada sorbo es un relato geográfico. Cada copa es una conversación entre el clima, la tierra y el trabajo humano. Una bebida bien elaborada no sólo calma la sed; también explica una cultura.

El que nace entre las montañas de Cajamarca o Villa Rica.

El que ha conquistado al mundo.

Las que rescatan insumos locales.

comienzan a escribir una nueva página en la vitivinicultura sudamericana.

"Sin embargo, pocas veces recordamos que también existe una independencia silenciosa que ocurre todos los días: la de miles de agricultores, viticultores, caficultores, pescadores, destiladores, cocineros, panaderos, queseros y restauradores que sostienen la identidad del Perú sin hacer ruido."
Fotos: Julio Reaño/@photo.gec
"Sin embargo, pocas veces recordamos que también existe una independencia silenciosa que ocurre todos los días: la de miles de agricultores, viticultores, caficultores, pescadores, destiladores, cocineros, panaderos, queseros y restauradores que sostienen la identidad del Perú sin hacer ruido." Fotos: Julio Reaño/@photo.gec

Y, por supuesto, nuestro inmenso pisco, quizá el embajador líquido más elegante que posee el Perú.

Sin embargo, existe otra bebida que durante décadas permaneció injustamente escondida entre los prejuicios. El yonque.

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El sabor del Yonque

Durante mucho tiempo fue considerado únicamente el destilado del campo, de las fiestas patronales y de los pueblos del norte. Se hablaba de él sin conocerlo, se le juzgaba sin haberlo probado y pocas veces se reconocía el enorme patrimonio cultural que representaba.

Pero las bebidas, como las personas, también merecen una segunda oportunidad.

En los últimos años ha comenzado una pequeña revolución silenciosa.

No consiste solamente en servir yonque en una copa elegante. Consiste en devolverle dignidad a una tradición. En entender que detrás de cada destilación existe una familia. Un cañaveral.

Una receta transmitida durante generaciones. Una manera de interpretar la tierra.

En ese camino resulta imposible no mencionar a restaurante: un proyecto que ha logrado acercar este destilado ancestral a nuevas generaciones de consumidores. Más que vender una bebida, ha propuesto una conversación distinta: demostrar que el yonque puede ocupar un lugar en la alta gastronomía, dialogar con grandes cocinas y convertirse en un símbolo contemporáneo sin perder su esencia campesina.

Eso también es hacer patria.

Porque la verdadera modernidad nunca consiste en olvidar el pasado.

Consiste en aprender a mirarlo con respeto. Los grandes restaurantes del Perú han comprendido esa lección. Hace apenas unas décadas el vino era casi el único protagonista de las cartas de bebidas. Hoy las mesas peruanas hablan otro idioma.

Más de 2000 botellas de yonque macerado son las que se exponen en la primera sala de visita del espacio gastronómico.
Más de 2000 botellas de yonque macerado son las que se exponen en la primera sala de visita del espacio gastronómico.

Un menú de degustación puede comenzar con un café de especialidad.

Continuar con un vino nacional.

Sorprender con un pisco de pequeña producción.

Acompañarse de una cerveza artesanal elaborada con ingredientes amazónicos. Y terminar con un destilado de caña que hace apenas algunos años parecía condenado al olvido. Eso significa evolución. No porque renunciemos a las grandes etiquetas del mundo. Al contrario.

Quien ama el vino francés, italiano, español o argentino comprende perfectamente el valor de proteger aquello que nace en su propia tierra. Los países que admiramos nunca dejaron de creer en sus productos locales. Nos enseñaron justamente lo contrario: primero amar lo propio para luego compartirlo con el mundo.

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El turista contemporáneo ya no busca únicamente comer bien. Busca autenticidad. Quiere conocer al productor. Escuchar la historia del cocinero. Visitar el viñedo. Recorrer una destilería. Conversar con quien tuesta el café. Caminar entre las plantas de cacao. Descubrir el origen de aquello que termina en su copa. Y esa es quizá la mayor riqueza del Perú.

Aquí todavía podemos contar historias verdaderas. No necesitamos inventarlas. Están vivas. Habitan nuestros valles, nuestras montañas, nuestros desiertos y nuestra Amazonía.

Como sommelier he caminado por Corpinnat, Ribera del Duero, Toscana y otras regiones donde el vino se ha convertido en patrimonio universal. En cada viaje regreso convencido de una misma verdad: la grandeza de esos lugares no reside únicamente en la calidad de sus bebidas, sino en el orgullo con el que las defienden.

Nosotros también tenemos motivos para sentir ese orgullo. Quizá incluso más. Porque pocas naciones reúnen una biodiversidad semejante. Pocas poseen tantos pisos ecológicos. Pocas pueden ofrecer, en un mismo territorio, la diversidad agrícola que alimenta nuestra cocina y nuestras bebidas.

El desafío ya no consiste en convencer al extranjero. Consiste en convencernos a nosotros mismos. Cuando un peruano pide un vino nacional. Cuando brinda con un pisco artesanal. Cuando descubre un yonque de tres canelas elaborado con paciencia. Cuando visita un restaurante que apuesta por productores locales. Cuando pregunta de dónde viene el café que está bebiendo. Está participando en una forma de patriotismo mucho más profunda que cualquier discurso. Está fortaleciendo una cadena de trabajo que comienza en el agricultor y termina en la emoción del comensal. Cada botella comprada sostiene familias. Cada restaurante lleno mantiene vivo un oficio. Cada productor reconocido inspira a una nueva generación.

Eso también construye país.

Quizá por eso las Fiestas Patrias sean una oportunidad para mirar nuestras mesas con otros ojos. No solamente para celebrar lo que cocinamos. Sino también lo que sembramos. Lo que fermentamos. Lo que destilamos. Lo que envejecemos. Lo que compartimos.

Porque una copa nunca contiene únicamente un líquido. Contiene tiempo. Contiene paciencia. Contiene memoria. Contiene esperanza.

Y cuando esa copa nace en el Perú, también contiene una pequeña parte de nuestra historia.

Este 28 de julio levantemos nuestras copas con una mirada distinta. Brindemos por los cocineros que hicieron del Perú un referente mundial. Brindemos por los agricultores que trabajan la tierra sin pedir aplausos. Brindemos por los bodegueros, los caficultores, los maestros destiladores, los cerveceros artesanales y por quienes rescatan bebidas que estuvieron a punto de desaparecer. Brindemos también por los restaurantes que se atreven a servir identidad antes que modas.

Porque una nación no sólo se mide por el tamaño de su economía ni por la altura de sus edificios.

Carpe Vinum “Aprovecha el vino”.

SOBRE EL AUTOR

Sommelier apasionado e innovador, con más de 25 años de trayectoria en el mundo del vino y el pisco. Es autor del libro El vino en siete días y docente en Cenfotur. Desde 2016, es licenciatario de la Marca País Perú.

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