(Foto: Milvus)
(Foto: Milvus)

Acabo de recorrer algunos de los viñedos más singulares de Europa. En cada uno encontré una manera distinta de unos apuestan por la innovación, otros por la precisión técnica y algunos por la recuperación de tradiciones casi olvidadas.

Con esa idea llegué a Zazuar, en el corazón de la Ribera del Duero (). Entre colinas suaves, pinares y parcelas históricas, encontré la bodega Milvus, que ofrece una lectura distinta de una denominación que ha construido buena parte de su prestigio sobre la potencia de sus tintos. Aquí el protagonismo no parece recaer en la bodega, sino en el viñedo.

La historia comienza en 1965, cuando 144 viticultores fundaron la Cooperativa San Andrés. Su objetivo era asegurar el futuro de unas familias profundamente ligadas a la tierra. Seis décadas después, aquella herencia ha evolucionado y se ha convertido en un proyecto contemporáneo que intenta equilibrar innovación y tradición sin renunciar a sus raíces.

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Ese equilibrio se percibe especialmente en el viñedo. Más de 180 hectáreas repartidas en pequeñas parcelas reflejan la diversidad del paisaje del Valle del Arandilla. Pero el verdadero patrimonio son las seis hectáreas de viñedo prefiloxérico, un testimonio excepcional de la viticultura europea anterior a la gran crisis del siglo XIX.

Caminar entre esas cepas centenarias obliga a relativizar el tiempo. Sus troncos retorcidos hablan de generaciones de viticultores, de inviernos rigurosos, de sequías y vendimias que han ido modelando un paisaje donde la paciencia sigue siendo una herramienta de trabajo. Son viñas que producen poco, pero cuya profundidad radicular y su equilibrio natural ofrecen una expresión particularmente compleja del territorio.

La vigencia de las prácticas ancestrales

Hubo una frase de don Ángel Esteban, presidente de la bodega, que siguió resonando mucho después de abandonar los viñedos: «Nosotros no somos propietarios de estas cepas; apenas somos sus guardianes durante un breve instante de su historia.» Mientras observaba aquellas viñas centenarias comprendí que no estaba ante una metáfora, sino ante una forma de entender la viticultura donde el tiempo siempre tiene la última palabra.

También resulta interesante comprobar cómo muchas prácticas tradicionales encuentran hoy una nueva vigencia. Las viñas conducidas en vaso, durante años consideradas poco competitivas frente a la mecanización, demuestran una notable adaptación a un clima cada vez más seco y cálido. Más que una concesión a la nostalgia, parecen una respuesta inteligente nacida de la experiencia acumulada durante generaciones.

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En la bodega, esa misma filosofía continúa. La tecnología está presente, pero rara vez busca protagonismo. Los depósitos de hormigón conviven con sistemas modernos de control; las fermentaciones priorizan las levaduras autóctonas y la crianza en barrica se plantea como una herramienta para acompañar al vino, no para definirlo. El objetivo declarado es preservar la identidad de la uva antes que uniformarla.

Otro aspecto que merece atención es la recuperación de la variedad Albillo Mayor, tradicional en la Ribera del Duero, pero durante décadas eclipsada por la Tempranillo. Su interpretación demuestra que la región también posee argumentos sólidos para elaborar blancos con personalidad propia, ampliando así el relato histórico de una denominación conocida casi exclusivamente por sus tintos.

Al abandonar Milvus, la impresión más duradera no proviene de una etiqueta concreta ni de un discurso comercial. Permanece la sensación de haber visitado un proyecto que entiende el vino como un patrimonio cultural antes que como un producto. En un momento en el que muchas bodegas buscan diferenciarse mediante la innovación permanente, aquí la apuesta parece consistir en algo menos llamativo y quizá más difícil: permitir que el paisaje siga siendo el principal autor de cada cosecha.

El nombre de la bodega Milvus rinde homenaje al milano real (Milvus milvus), una emblemática ave rapaz que sobrevuela y habita los cielos de la comarca de la Ribera del Duero.

Al final, uno descubre que los mejores vinos no siempre son los que hablan más alto. Son aquellos capaces de transmitir, con serenidad y sin artificios, el lugar del que proceden. En Milvus, esa conversación continúa escribiéndose entre raíces centenarias, parcelas históricas y una convicción sencilla: el tiempo sigue siendo el mejor enólogo.

Cierro esta visita con esta frase interesante de uno de los maestros del equipo técnico: «Las viñas no son una herencia de nuestros padres; son un préstamo de nuestros hijos.»

Carpe vinum “Aprovecha el vino”.

SOBRE EL AUTOR

Sommelier apasionado e innovador, con más de 25 años de trayectoria en el mundo del vino y el pisco. Es autor del libro El vino en siete días y docente en Cenfotur. Desde 2016, es licenciatario de la Marca País Perú.

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