
Comenzó como una conversación entre amigos en la Hacienda Murga y sin un estudio de mercado claro. Lo que empezó como el proyecto de cuatro socios en una antigua hacienda ubicada en el valle de Pisco (al sur de Lima) terminó convirtiéndose en una de las bodegas boutique más reconocidas del país: lo ha logrado en a penas seis años. Hoy sus vinos y piscos llegan a restaurantes como Central, Maido, Kjolle, Osaka y Mil, mientras que algunas de sus etiquetas también se sirven en establecimientos con estrellas Michelin en Europa y Asia.
Bodega Murga sembró sus primeros viñedos de uva patrimonial en 2015 y lanzó sus primeras producciones entre 2018 y 2019 (hoy tienen 30 hectáreas sembradas). Desde el inicio tomó una decisión poco común para una industria que suele perseguir escala: trabajar bajo un modelo de baja intervención. Es decir, sin productos químicos y permitiendo que la uva y el entorno se expresen con la menor intervención humana posible.

Hoy produce alrededor de 50,000 botellas de vino, 20,000 de pisco y cerca de 10,000 de mistela al año. Podría producir más, admite Pedro Solís, gerente general adjunto de Bodega Murga. Sin embargo, crecer demasiado implicaría alterar el método que le ha permitido construir una reputación internacional.
“Es una decisión consciente”, explica. A diferencia de una bodega industrial, Murga busca preservar procesos artesanales, fermentaciones naturales y tiempos prolongados de maduración. El resultado son vinos de carácter singular elaborados con variedades patrimoniales peruanas, especialmente quebranta y mollar.
“Si quisiéramos producir 200,000 litros sería prácticamente imposible hacerlo bajo este concepto”, explica el ejecutivo. Escalar obligaría a uniformizar procesos y recurrir a prácticas que la bodega prefiere evitar.
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La estrategia comercial también sigue una curaduría. Sus productos no están en supermercados. La distribución se concentra en restaurantes de alta gastronomía, tiendas especializadas y venta directa a través de su página web. En el exterior, la presencia de los vinos de Bodega Murga llegan a restaurantes en Madrid, Barcelona, Salamanca, Londres, Nueva York y Tokio. En Japón están presentes en Maz, el restaurante de Virgilio Martínez con dos estrellas Michelin. En España forman parte de la propuesta gastronómica de Víctor Gutiérrez, chef peruano que también ostenta dos estrellas Michelin.
Sin embargo, el mercado local sigue siendo fundamental. Aunque las exportaciones continúan creciendo, una parte importante de las ventas todavía se realiza en Perú.
El vino representa cerca del 60% del negocio, seguido por el pisco y la mistela. Pero más allá de las ventas, la empresa persigue el objetivo de demostrar que el Perú puede exportar vino con identidad propia.
La apuesta ya empieza a recibir respaldo. Diversas etiquetas de la bodega han obtenido reconocimientos de críticos internacionales como Tim Atkin y Patricio Tapia, mientras que su enóloga, Pietra Possama, ha sido distinguida por su trabajo con variedades patrimoniales.
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Los posibles planes

Con 30 hectáreas entre valle y desierto, la empresa todavía tiene espacio para crecer. Sin embargo, la ampliación dependerá de la demanda. Por ahora no existen planes inmediatos para aumentar producción ni incorporar inversionistas externos. El foco está en otro lado: consolidar la marca y seguir conquistando mercados.
¿Crecerán? La respuesta depende del mercado. Existen terrenos disponibles para ampliar cultivos, dice Solís, pero por ahora no hay planes concretos para aumentar la producción. Primero quieren consolidar la marca en destinos donde ya tienen presencia, como España, Nueva York y Canadá (este será su nuevo destino para lo que queda del 2026), además de explorar nuevas oportunidades en la costa oeste de Estados Unidos y Florida.
La familia Bellido, propietaria de Hacienda Murga y accionista principal del proyecto junto con un pequeño grupo de socios, tampoco contempla abrir la puerta a fondos de inversión. La prioridad sigue siendo construir marca, menciona Solís.
Además de alcanzar rentabilidad, Murga busca demostrar que el vino peruano puede sentarse en las grandes mesas del mundo. Que la gastronomía peruana no solo puede exportar platos, sino también copas. Y que una uva patrimonial cultivada entre el desierto, el mar y el valle puede competir con etiquetas de países que llevan siglos haciendo vino.
“Claramente nosotros no somos un vino barato. Nuestro rango de precios en España está entre 40 y 45 euros. A nivel local, los precios de lista oscilan entre 90 y 130 soles. Ese es el nicho en el que nos encontramos”, detalla. “Si nosotros vemos que que el mercado nos comienza a pedir un poco más de volumen, podríamos incrementar”, anota.
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Los tres pilares de Bodega Murga
Bodega Murga -cuenta Solís- construyó su propuesta de valor sobre tres pilares: uvas patrimoniales, un terroir singular y una producción de baja intervención. El viñedo se ubica en un entorno donde convergen valle, desierto y mar, lo que genera suelos diversos —desde zonas arenosas hasta áreas con canto rodado— y una marcada influencia de salinidad.
En ese sentido, la bodega decidió trabajar con uvas pisqueras o patrimoniales no solo para pisco, sino también para vino y mistela, con la intención de darles mayor visibilidad local e internacional. A ello se suma una filosofía de baja intervención: no utilizan productos químicos en el campo, emplean abonos naturales, cosechan manualmente y evitan procesos de estandarización. En el caso del vino, no filtran ni añaden aditivos; el producto fermenta con sus propias levaduras.
“Este enfoque implica aceptar que cada cosecha sea distinta. Una uva quebranta puede mostrar más acidez un año y menos al siguiente, manteniendo la calidad pero con matices diferentes”, señala Solís. “Esa variabilidad es parte de la identidad del vino, en contraste con producciones convencionales que suelen apoyarse en numerosos aditivos para uniformizar el resultado”, anota.
El proyecto enfrentó además tres desafíos: el bajo consumo de vino peruano, la poca familiaridad del mercado con los vinos naturales y la preferencia por otras bebidas. La pandemia llegó poco después de las primeras elaboraciones, pero también permitió profundizar el trabajo enológico. Según la bodega, el compromiso con la calidad quedó definido desde el inicio, cuando su primera factura de venta fue emitida al reconocido restaurante peruano, Maido.
Otro rasgo distintivo es la baja graduación alcohólica de muchos de sus vinos, que suelen ubicarse entre 10% y 12%. Esto los hace más ligeros y fáciles de beber, sin perder estructura ni complejidad aromática, una característica con la que buscan atraer a consumidores que buscan alternativas distintas a los estilos más convencionales.

Coordinadora en la revista G de Gestión e integrante del podcast de economía y negocios 'Actualidad Latinoamericana'. Escribo sobre management, agricultura, tecnología y emprendimientos. Bachiller en Periodismo por la Universidad Antonio Ruiz de Montoya. Activa participante de los cursos del Centro Knight para el Periodismo en las Américas.








