"Hacer vino en el Perú es un acto de fe pura. No es lo mismo plantar una hectárea en Burdeos, donde la lluvia y el clima están escritos en manuales centenarios, que domar el desierto de Ica o los valles indómitos del sur.".
"Hacer vino en el Perú es un acto de fe pura. No es lo mismo plantar una hectárea en Burdeos, donde la lluvia y el clima están escritos en manuales centenarios, que domar el desierto de Ica o los valles indómitos del sur.".

He pasado los últimos treinta años de mi vida con las maletas listas, los labios teñidos de púrpura y el pasaporte sellado por las grandes capitales del vino. He visto mercados nacer, modas morir y mitos desmoronarse. Pero lo que está ocurriendo hoy en el Perú me ha hecho detener el paso, colgar el sombrero de viajero por un momento y mirar con asombro, respeto y una tremenda alegría lo que brota de sus desiertos y valles. El mes del : Junio.

Un día para el vino peruano

Hace apenas unas semanas, las imprentas oficiales del país estamparon una noticia que para muchos pasó desapercibida entre el ruido político diario, pero que para los que llevamos la uva en las venas es un hito histórico. El gobierno peruano, mediante el Ministerio de la Producción, . ¡Por fin! Ya era hora de que el calendario le rindiera pleitesía a una tradición que tiene más de cuatro siglos de resistencia, arraigo y, sobre todo, una sabrosa terquedad.

Para mí, esta fecha no es un simple pretexto para descorchar y brindar; es un acto de justicia poética. Vivimos en el Perú, un mercado fascinante, complejo y caníbal. Cualquiera que recorra las cartas de los restaurantes de lujo en Lima —esos templos culinarios que son la envidia del planeta— sabe que somos uno de los países con mayor diversidad de etiquetas extranjeras en la región. Aquí conviven, en una competencia feroz, los Malbec de alta gama argentinos, los ensamblajes perfectos chilenos, los Riojas tradicionales y los champanes franceses más exclusivos. El consumidor peruano está malcriado por la abundancia internacional.

El vino peruano atraviesa uno de sus momentos más interesantes: mas marcas, mas investigación. (Foto: Pexels /ChatGPT)
El vino peruano atraviesa uno de sus momentos más interesantes: mas marcas, mas investigación. (Foto: Pexels /ChatGPT)

En ese escenario, vender vino peruano ha sido, durante décadas, una labor de conicaversos, una cruzada quijotesca. Por eso, este día nacional nos obliga a hacer una pausa creativa y plantearnos una pregunta fundamental: ¿Por qué debemos tenerle fe ciega a las bodegas que trabajan la vid, día tras día, en este suelo?

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La fe en el desierto peruano

Hacer vino en el Perú es un acto de fe pura. No es lo mismo plantar una hectárea en Burdeos, donde la lluvia y el clima están escritos en manuales centenarios, que domar el desierto de Ica o los valles indómitos del sur. Aquí se lucha contra la escasez de agua, la camanchaca traicionera, el sol inclemente y, a veces, contra el prejuicio del propio compatriota, que prefiere el abrigo de una etiqueta foránea antes que apostar por lo suyo.

Sin embargo, las bodegas nacionales lo están dando todo. ¿La razón? Muy simple: orgullo e identidad. Estos hacedores de vino han entendido que la no puede estar completa si su contraparte líquida viene en barco. Hay una mística inquebrantable en demostrarle al mundo que este territorio, que es cuna de la biodiversidad, también posee un terroir único, capaz de parir vinos con alma, carácter y una frescura marina y mineral que no se parece a nada en el mapa global.

A las bodegas históricas, las que han mantenido el timón firme durante las tormentas del siglo XX, hoy se suman nuevos emprendimientos.

Cruzar las puertas de Tacama es entrar a la historia viva; hablamos de la viña más antigua de Sudamérica.
Cruzar las puertas de Tacama es entrar a la historia viva; hablamos de la viña más antigua de Sudamérica.
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Los aristócratas del valle de Ica: El fenómeno Intipalka

"Elaborado por la bodega Santiago Queirolo en su idílico “Valle del Sol”, en Ica. Este vino es el testimonio líquido de que cuando se invierte en tecnología, asesoría de primer nivel y un cuidado obsesivo en el campo, el resultado es deslumbrante."
"Elaborado por la bodega Santiago Queirolo en su idílico “Valle del Sol”, en Ica. Este vino es el testimonio líquido de que cuando se invierte en tecnología, asesoría de primer nivel y un cuidado obsesivo en el campo, el resultado es deslumbrante."

Mi andadura por el paladar peruano contemporáneo debe empezar obligatoriamente por una etiqueta que ha roto todos los techos de cristal de la viticultura local: el N°1 Gran Reserva.

Elaborado por la bodega en su idílico “Valle del Sol”, en Ica. Este vino es el testimonio líquido de que cuando se invierte en tecnología, asesoría de primer nivel y un cuidado obsesivo en el campo, el resultado es deslumbrante. El N°1 es un ensamblaje soberbio donde el Malbec aporta la fruta y la sedosidad, el Tannat la columna vertebral, el Cabernet Sauvignon la sofisticación y el Petit Verdot ese toque especiado y exótico que te atrapa el olfato.

Al servirlo en una copa amplia, la madera fina se integra con notas de chocolate oscuro, vainilla, café tostado y una ciruela negra madura que parece estallar. En boca es un aristócrata: elegante, denso, con taninos aterciopelados que te acarician las encías y un final largo que te obliga a quedarte en silencio unos segundos.

El maridaje del Sommelier: Yo lo propongo junto a un Seco de cordero a la norteña, pero de esos de cocción prolongada, donde la carne se deshace al tacto del tenedor y el jugo de culantro y chicha de jora ha tomado una densidad untuosa. La tremenda estructura y los taninos maduros del envuelven la grasa grasa noble del cordero, limpiando el paladar con su frescura, mientras que las notas especiadas del guiso potencian los toques de roble del vino. Una sinfonía criolla de alta costura.

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Tacama y sus joyas de la vorona

Cruzar las puertas de Tacama es entrar a la historia viva; hablamos de la viña más antigua de Sudamérica. Lejos de dormirse en los laureles de la nostalgia, se reinventa con una finura que asusta. Su enólogo, Frédéric Thibaut, ha sabido leer el suelo iqueño como si fuera un manuscrito antiguo, extrayendo de él interpretaciones magistrales.

"Hablemos primero de Hanan, la línea ícono de la bodega. “Hanan”, en el quechua de los incas, evoca lo sublime, lo alto, lo que está por encima. Y vaya si le hace honor al nombre. "
"Hablemos primero de Hanan, la línea ícono de la bodega. “Hanan”, en el quechua de los incas, evoca lo sublime, lo alto, lo que está por encima. Y vaya si le hace honor al nombre. "

Hablemos primero de Hanan, la línea ícono de la bodega. “Hanan”, en el quechua de los incas, evoca lo sublime, lo alto, lo que está por encima. Y vaya si le hace honor al nombre. Su blend tinto de Tannat y Carménère es un despliegue de audacia. La rudeza natural del Tannat se ve mágicamente domada por la voluptuosidad y el frescor vegetal y especiado del Carménère, logrando un vino de una complejidad desbordante, lleno de capas aromáticas de frutas negras y notas de tabaco rubio.

Y al lado de este coloso, se erige con prestancia el Don Manuel Tannat, un vino que rinde homenaje al patriarca de la familia y que recientemente ha vuelto a dejar en alto el nombre de los vinos peruanos al ganar la medalla de oro en el prestigioso concurso internacional Tannat al Mundo. Este vino es pura potencia controlada. Si en otros países el Tannat puede resultar un potro salvaje difícil de tragar, la interpretación de Tacama es de una madurez impecable. Exhibe un color púrpura profundo, casi impenetrable, con aromas a higos secos, arándanos, vainilla y un sutil fondo mineral ahumado. En boca es ancho, musculoso, con una acidez vibrante que equilibra su imponente arquitectura.

El maridaje del Sommelier: Al hay que sentarlo a la mesa con un Lomo Saltado Premium, hecho al fuego vivo de un wok de restaurante de lujo. El ahumado del pisco con el que se flamea la carne, la jugosidad de la carne de res en su punto justo, el frescor del tomate y la cebolla morada crujiente, encuentran en este vino un socio de andanzas perfecto. Los taninos del Tannat cortan los jugos cárnicos y la grasa con una facilidad pasmosa, mientras que las notas de vainilla y tostado de la barrica juegan deliciosamente con los toques de sillao y vinagre del plato. Un choque de titanes.

La elegancia clásica de Conde de la Conquista, Arequipa

No podemos entender el presente sin respetar el linaje. El vino Conde de la Conquista representa esa elegancia clásica que se niega a pasar de moda.

En la copa se presenta con una madurez señorial, con un bouquet que nos habla de frutos del bosque maduros, notas de cuero fino, especias dulces y un sutil recuerdo a caja de puros. En boca es redondo, con un paso sedoso que demuestra que el tiempo en la bodega ha hecho su trabajo con una paciencia benedictina. Es un vino conversador, de esos que mejoran a medida que avanza la velada y la botella se va vaciando al ritmo de las confidencias.

El maridaje del Sommelier: Este vino me pide intimidad gastronómica. Lo imagino con unas Chuletitas de Cordero lechal a la parrilla de carbón, apenas tocadas con sal de maras y una pizca de romero fresco. La sutileza de la carne asada respeta la delicadeza del vino, permitiendo que sus notas de evolución y su acidez madura se entrelacen con los jugos sutiles del cordero sin avasallarlos. Elegancia pura para una noche de invierno limeño.

La vanguardia emergente: Wayoucari, Cusco

Y de la aristocracia del valle pasamos a la refrescante sorpresa de los nuevos vientos. Wayoucari es una de esas etiquetas que me devuelven la fe en el futuro del vino peruano cada vez que la pruebo.

Es un vino con una propuesta moderna, fresca y sumamente honesta. Su fruta es limpia, directa, sin maquillajes excesivos de madera. Destacan sus notas de frutos rojos frescos, toques florales y una vibrante sensación herbácea y mineral que te despierta las papilas gustativas de inmediato. Es un vino divertido, versátil, lleno de juventud pero elaborado con un rigor técnico impecable que demuestra que en el Perú las nuevas generaciones saben muy bien lo que hacen.

El maridaje del Sommelier: Por su perfil fresco y su notable ligereza frutal, Wayoucari es el compañero ideal para un arroz con pato a la chiclayana, pero en una versión contemporánea, donde el arroz esté meloso, impregnado con la cerveza negra, el loche y el culantro, y el pato tenga la piel crocante. La acidez vivaz de este vino corta la riqueza del arroz y equilibra la densidad de la carne del pato, creando un juego de contrastes que te invita a dar un bocado tras otro sin cansarte jamás.

El legado fmiliar en Cada Botella: Cúneo y Vittoria

Para cerrar este recorrido por el mapa afectivo y sensorial de la viticultura peruana, debemos rendir tributo a dos nombres que evocan familia, tradición y un compromiso inquebrantable con la tierra: Cúneo y Vittoria.

La bodega Cúneo, con sus raíces profundamente hundidas en la tradición vitivinícola del sur, ofrece vinos que son un reflejo fiel de su entorno. Son botellas cargadas de honestidad, donde la uva se expresa con total libertad, mostrando un carácter noble, directo y muy ligado a las costumbres de la mesa peruana familiar, donde el vino es sinónimo de reunión y celebración compartida.

Por su parte, la línea Vittoria, de la histórica bodega Tabernero, es un ejemplo magnífico de cómo una marca tradicional puede entender las exigencias del consumidor moderno sin perder su esencia. Sus varietales son impecables: limpios, expresivos y con una relación calidad-precio que compite sin despeinarse con cualquier importado de su segmento. El Vittoria Malbec o el Syrah son una apuesta segura para cualquiera que desee adentrarse en el mundo del vino peruano sin temor a equivocarse, ofreciendo una frutosidad amable y una estructura redonda que complace tanto al neófito como al iniciado.

El maridaje del Sommelier: Para estas etiquetas que celebran la mesa cotidiana y familiar, propongo un maridaje de pura nostalgia urbana: un Anticucho de Corazón de carretilla, con su papa dorada y su choclo desgranado. El adobo intenso de ají panca, ajo, comino y vinagre del anticucho exige un vino con buena fruta y una acidez que no se amilane ante el picante y la potencia del fuego. Tanto Cúneo como Vittoria tienen la frescura y la fruta necesarias para acompañar la textura firme del corazón y limpiar el paladar de las notas intensas del adobo, convirtiendo un clásico callejero en un festín de reyes.

El 11 de junio llegó para quedarse

Treinta años recorriendo viñedos por el mundo me han enseñado que el gran vino no se mide únicamente por los puntajes de los críticos de las revistas impresas en papel couché, ni por el precio astronómico de una botella en una subasta en Londres. El gran vino es aquel que es capaz de contarte una historia y el que te habla del paisaje del que proviene cada copa.

El vino peruano es una sabrosa realidad. En este mercado bendecido por la abundancia de etiquetas de todos los rincones del planeta, nuestras bodegas locales han aprendido a competir con la cabeza alta, con armas nobles y con una calidad que ya no admite discusiones.

Estimado lector, la próxima vez que se siente frente a una carta de vinos en su restaurante favorito, deje de lado por un momento la comodidad de lo conocido. Atrévase a mirar nuestra propia tierra. Pida un Intipalka N°1, descorche un Don Manuel, celebre con un Hanan o descubra la frescura de Wayoucari, Cúneo y Vittoria.

Tengámosle fe a los nuestros, porque ellos están dándolo todo en el desierto para que nosotros podamos disfrutar del milagro de la vid. ¡Feliz Día del Vino Peruano! Que la prosa siga siendo sabrosa y que las copas nunca estén vacías. ¡Salud!

Carpe vinum. “Aprovecha el vino”

SOBRE EL AUTOR

Sommelier apasionado e innovador, con más de 25 años de trayectoria en el mundo del vino y el pisco. Es autor del libro El vino en siete días y docente en Cenfotur. Desde 2016, es licenciatario de la Marca País Perú.

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