(Der a Izq)
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, nació en los ochentas en la cocina de Carmen Hanza de Raffo, preparando postres caseros para ayudar a sostener a su familia. Décadas después, esa misma empresa terminaría cocinando durante casi cinco meses las raciones para los rehenes de la toma de la residencia del embajador de Japón en Lima y abriría sus propias cafeterías, aunque hoy está enfocada en clientes corporativos. Amelia Núñez de Casaretto, fundadora de la , asegura que su empresa nació de crecer rodeada de niños. Fueron sus hijos —junto a su esposo— quienes inspiraron un negocio que décadas después lograría internacionalizarse.

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Charlotte, el catering que esquivó la quiebra

Antes de convertirse en proveedora de más de 60 empresas, entre clínicas y grandes corporaciones, y crecer a doble dígito anualmente, -especializada en el negocio de concesionarios- empezó literalmente en una cocina familiar y de la necesidad económica para alimentar a cinco hijos.

“La plata no alcanzaba y me dije: ‘yo tengo habilidad para la cocina y la repostería’. Entonces, comencé a hacer postres”, recuerda Carmen Hanza de Raffo, quien a inicios de los años ochenta, preparaba dulces en su casa y luego salía a ofrecerlos personalmente a restaurantes limeños.

Hoy el 30% de Charlotte está en manos de la familia de Carmen. El 70 % pasó a manos de Macrocapitales Sociedad Administradora de Fondo de Inversión (SAFI) Fortaleza.
Hoy el 30% de Charlotte está en manos de la familia de Carmen. El 70 % pasó a manos de Macrocapitales Sociedad Administradora de Fondo de Inversión (SAFI) Fortaleza.

En aquella época, explica, las cartas todavía no incluían una gran variedad de postres.

“Fui a ofrecerles pie de limón, crema volteada y tarta de manzana. Me dijeron que no. Entonces les dije: ‘Si no se vende, yo misma lo recojo’”, y así empezó la aventura. Logró convencer a restaurantes como El Rincón del Gaucho, El Unicorn.

Sin embargo, en plena crisis económica peruana -con la hiperinflación y las crisis sociales-, los costos variaban prácticamente todos los días y muchos insumos desaparecían de los supermercados. “Me tocó hacer mi propia leche condensada”, recuerda.

Así nació su filosofía, resalta Carmen, ahora presidenta del directorio de Charlotte: “Yo siempre decía: ‘Tú pídeme algo y yo no sé cómo, pero te lo hago’”.

El crecimiento de la empresa también se logró gracias a la adquisición de una empresa de catering pequeña que operaba en el distrito de Jesús María, y que producía postres para el Centro Naval. Carmen recuerda que fue al banco, presentó un proyecto y compraron tanto la maquinaria como la cartera de clientes.

Luego alquilaron un local en Surco —el mismo distrito donde hoy todavía operan con tres centros de producción— y empezaron a producir desde ahí. Para fortalecer su rol de empresaria, entró a un programa para mujeres empresarias en una conocida universidad. “Fueron dos años y medio que me sirvieron muchísimo”, dice.

Poco después llegó una oportunidad gigantesca. Panamericana Televisión las llamó para producir dos productos oficiales de Nubeluz, el famoso programa infantil: alfajores y piononos de vainilla y chocolate. Carmen aceptó inmediatamente. Pero el proyecto requería maquinaria, empaques, banners y una inversión que terminó financiando con deuda bancaria. Y lo que vino después estuvo cerca de destruir la empresa.

El clima, un factor que casi los lleva a la quiebra

A finales de 1996 apareció el fenómeno de El Niño. Las temperaturas afectaron los productos de Charlotte y, de pronto, empezaron las devoluciones masivas. “La distribuidora nos llamó para decirnos que los productos se estaban malogrando”, recuerda Carmen.

“Fue un desastre. El abogado me decía que había que contabilizar todo como pérdida. El banco me decía que tenía que quebrar”, cuenta. Refinanció la deuda tres veces, incluso hipotecó la casa.

“Yo tenía una pizarra detrás de mi escritorio con todos los pagarés del banco. Los miraba y me daba fuerza para trabajar más”, recuerda.

Pero en diciembre del mismo año, durante la toma de la residencia del embajador de Japón en Lima, Charlotte recibió una llamada inesperada de Naciones Unidas: necesitaban una empresa que se encargara de alimentar tanto a los rehenes como a los terroristas.

Y aunque Charlotte, hasta ese momento, no brindaba ese servicio, aceptó la oferta.

El horario de producción arrancó a las seis de la mañana. La cocina donde normalmente preparaban fudge y postres terminó cocinando pollo, papas y zanahorias en ollas industriales. En la primera noche entregaron 500 comidas. Y el servicio duró cinco meses. Una operación que ayudó a sostener financieramente a la empresa.

Pero quizá el reto más duro para Carmen sucedió en el 2013, con el fallecimiento de una de sus hijas. “Ahí sí realmente me deshice”, admite.

La empresa siguió funcionando. Los hijos ya formaban parte activa del negocio. Pero ella reconoce que fue el momento más duro de su vida. Hoy, Charlotte opera principalmente en clínicas y servicios corporativos. , buscando justamente profesionalizar la operación y ordenar las finanzas.

“Yo sentía que necesitábamos estructura”, explica. La pandemia también obligó a cerrar cafeterías (una de ellas ubicada en Barranco) y reducir operaciones. Pasaron de 900 trabajadores a cerca de 500. De 60 clientes corporativos a poco más de 30. Aun así, sobrevivieron. “Ya estamos cerca de volver a las cifras prepandemia”, dice. Y ahora la segunda generación empieza a asumir posiciones más visibles.

“Sí, claro que hay posibilidad de que la segunda generación maneje Charlotte”, dice Carmen a G de Gestión.

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Amelia Núñez de Casaretto: la mujer detrás de Crepier

La historia de Crepier también empezó dentro de una casa llena de niños. Amelia Núñez de Casaretto, socióloga de profesión, tenía seis hijos pequeños y necesitaba encontrar una forma de generar ingresos sin dejar de cuidarlos. “Mi mundo eran mis hijos”, contó en la reunión anual de .

La tienda local Crepier ya tendrá 24 sedes.
La tienda local Crepier ya tendrá 24 sedes.

La idea inicial fue fabricar almohadas coloridas, antialérgicas y hechas completamente a mano, para bebés. Con una mezcla de emoción y miedo -como ella misma reconoce-, Amelia aceptó un pedido de 100 almohadas a una de las pocas tiendas por departamento de la época.

El problema era que todavía cosía manualmente. Fue la abuela de su esposo quien llegó con una pequeña máquina de coser Borletti dentro de una maleta. “Esa maquinita todavía ocupa un lugar especial en nuestra oficina porque jamás hay que olvidarse de los orígenes”, dice.

Las almohadas empezaron a venderse por cientos y luego por miles, aunque el producto fue solo estacional (para Navidad). Por eso, luego de la experiencia empezó a evaluar el mercado. “Descubrí que el mundo de los portacosméticos y accesorios estaba poco desarrollado”, recuerda.

Así nacieron los primeros bolsos,. La empresa empezó atendiendo a tiendas como Saga y Oechsle, además de participar en ferias como El Hogar y El Trigal, y llegó a ser invitada para inaugurar una tienda del Jockey Plaza. Todo ello con los hijos creciendo dentro del negocio.

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“A sus 13 años, ellos ya sabían boletear, atender clientes, cuadrar caja y hacer inventarios”, recuerda. Con el tiempo, varios terminaron incorporándose formalmente a la empresa. Por ejemplo, su hijo Sergio, hace algunos años, asumió la dirección comercial.

Para Crepier el gran desafío de su historia, dice Amelia, llegó con la pandemia. El 15 de marzo del 2020 les dijeron que debían cerrar las tiendas por 15 días, pero terminó convirtiéndose en tres meses. La primera decisión que tomó la familia fue no despedir a nadie, sino, adelantar vacaciones y pagar gratificaciones.

Pero el negocio enfrentaba otro reto: Crepier vendía maletas pero la gente no viajaba. Ante la urgente reinvención, el equipo de diseño empezó a trabajar desde casa. Crearon productos pensados para una nueva rutina urbana: slim bags, mochilas más ligeras y accesorios para quienes ahora se movían en scooter o bicicleta.

“Empezamos a fabricar lo que la gente necesitaba en ese momento”, explica. Cuando los centros comerciales reabrieron al 100%, las ventas regresaron más rápido de lo esperado “porque Crepier había entendido que el consumidor había cambiado”.

Pese a la situación de la pandemia, Crepier cuenta con más de 25 tiendas propias y 83 corners en Perú (Lima, provincias).

SOBRE EL AUTOR

Coordinadora en la revista G de Gestión e integrante del podcast de economía y negocios 'Actualidad Latinoamericana'. Escribo sobre management, agricultura, tecnología y emprendimientos. Bachiller en Periodismo por la Universidad Antonio Ruiz de Montoya. Activa participante de los cursos del Centro Knight para el Periodismo en las Américas.

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