
En Perú, formalizar una empresa no garantiza que crezca ni, mucho menos, que salga de los regímenes tributarios pensados para las micro y pequeñas empresas y pase a un régimen general.
Una manera de traducir este enunciado es la revisión del número de contribuyentes. Mientras en el Régimen Único Simplificado (RUS), creado para pequeños comerciantes, pasó de aproximadamente 271,000 en 2005 a más de 1.6 millones en 2025 (500.51%), el Régimen General (RG) —dirigido a medianas y grandes empresas— pasó de 574,700 en 2005 a 178,600 en 2025 (-68.92%).
Pero el RUS no es el único. El Régimen Especial de Renta (RER) pasó de 95,900 a 598,100 en dos décadas (523.60%) y el Régimen MYPE Tributario (RMT) recién fue creada en 2017 y ya alcanzó 940,500 en menos de 10 años, en 2025.
Vale decir que el RG recauda entre ocho y doce veces más que todos los regímenes mype juntos.
Emprendedurismo circunstancial
El ánimo de crecer no parece estar arraigado a la mente de todas las micro y pequeñas empresas, sobre todo en número de empleados. Hay que recordar que las microempresas son las más numerosas en el Perú, pero las empresas medianas y grandes agrupan una mayor proporción del empleo formal, lo que implica también mayor pago de tributos.
Víctor Ballena, coordinador de la entidad a cargo del análisis, identifica: “Puede que a un emprendedor le vaya muy bien y empiece a contratar, pero se da cuenta de que tiene que pagar impuestos y crea otra empresa destinada a ayudarle con el tema de venta y compra de boletas supuestamente operativas y reales para pagar menos IGV. [...] Con las estadísticas hemos notado que hay bastantes empresas que están creadas, pero no tienen movimiento, no tienen ni trabajadores”.
Coincide Óscar Chávez, jefe del Instituto de Economía y Desarrollo Empresarial (IEDEP) de la Cámara de Comercio de Lima (CCL), quien explica que la legislación laboral es un desincentivo crítico y empuja el “enanismo” empresarial: al superar los 20 empleados, las empresas están obligadas a distribuir al menos el 5% de sus utilidades (y hasta el 10% en sectores como pesca y telecomunicaciones). Esto provoca que los dueños prefieran “atomizarse” o crear una segunda microempresa antes que cruzar ese umbral.
El vocero del gremio también destaca que el 95% de las empresas son micro, pero muchas de ellas de subsistencia, las cuales operan con baja eficiencia y limitada inversión en capital.
Ballena es enfático sobre dicho punto: el sistema actual hace que sea más cómodo quedarse como un negocio pequeño, pero acentúa la brecha en el acceso al sistema financiero. Al permanecer en regímenes pequeños y no exigir boletas o facturas por sus insumos —algo que ocurre en los mercados donde los proveedores suelen estar exentos de IGV—, los negocios no generan registros contables reales.
Sin estos registros, la empresa se vuelve invisible para los bancos, lo que les impide acceder a créditos oportunos para ampliar el negocio o modificar su oferta.
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Relaciones comerciales efímeras
Ballena y Chávez convergen en que el crecimiento económico en el país ocasiona, más bien, que las empresas más grandes incrementen sus convocatorias laborales. Para un profesional que tiene un pequeño negocio, este escenario plantea una disyuntiva: mantener su negocio o cerrarlo para dedicarse a trabajar formalmente. La segunda alternativa suele tener más peso porque las empresas grandes ofrecen mejores salarios, accesos a seguro social y mayor estabilidad.
Sumado a ello, el vocero de la UPC señala que, ante la entrada de nuevos gobiernos (locales, regionales o centrales), muchas personas solo “aprovechan el momento”: crean empresas específicamente para realizar operaciones de venta o compra con el Estado y, una vez terminada la operación, la empresa desaparece.
Chávez agrega a la lista la alta rotación laboral: para evitar altos costos de despido, las empresas prefieren contratos a plazo fijo, lo cual impide que los empleados ganen experiencia o se especialicen. Es un círculo vicioso porque, a la vez, condena al negocio a no mejorar su productividad y mantenerse pequeño.

Efectividad de las medidas
Para que cualquier reforma microeconómica tenga éxito, es fundamental darle importancia a la estabilidad y a la institucionalidad del país. Chávez resalta, en esa línea, que la efectividad de las medidas enfocadas en mejorar la competitividad depende de un marco institucional sólido que permita ver frutos en el corto y mediano plazo.
El desafío de las políticas públicas, añade Ballena, no debe apuntar solo a formalizar, sino incentivar el escalamiento empresarial, contemplado, por ejemplo, en la propuesta Promype. Esto implica eliminar “nudos” como la barrera de los 20 trabajadores y los desincentivos de los regímenes especiales que castigan a quien decide crecer. Sugiere, así, transitar hacia esquemas de beneficios progresivos y acompañamientos técnicos que permitan a los pequeños negocios convertirse en empresas sostenibles en el tiempo.

Redactora de Economía en Gestión. Periodista nacida en Piura, con ocho años de trayectoria profesional y experiencia en edición y corrección de textos.







