
La caída en la aprobación de la gestión de Keiko Fujimori era predecible. Y no porque fuera a ser muy difícil mantener o mejorar el 60% de la primera semana, sino porque se están cometiendo varios errores que permiten que la “narrativa” de que no estaban preparados para gobernar se consolide en la percepción de la población.
En muy poco tiempo, su desaprobación es mayor que su aprobación y solo la sostiene Lima. A pesar de haber realizado varios viajes al norte, ha perdido el apoyo de esa región, porque el mayor flagelo de esa parte del país (y lo de Trujillo lo confirmó) es la delincuencia y la violencia, y la gente del norte quería a la presidenta (no a un “novato”) comandando esa lucha y no subida en tractores tratando de emular a su padre.

Lo del sur es más de lo mismo. Un paseo de la bandera en Tacna, un viaje relámpago a Puno y otro a Arequipa no iban a cambiar las cosas. Allí hay heridas y resentimientos más profundos y ningún Gobierno parece entenderlo, a pesar de que ya no se trata de señales, sino de potentes avisos con reflectores.
Hay quienes dicen que se acabó la luna de miel. Nunca hubo luna de miel ni la iba a haber. Ya se sabía que varios sectores no le iban a perdonar ni una al fujimorismo en el poder y, por el contrario, le iban a exigir que cumpliera con las promesas que hizo y que elevaron mucho las expectativas.
El desconcierto, que parece empezar a transitar hacia la decepción, golpea desde la juramentación del Gabinete, sigue con los nombramientos de funcionarios que pertenecieron a los últimos Gobiernos (Boluarte, Jerí y Balcázar) y a los partidos que el electorado rechazó abrumadoramente y continúa con el mal manejo de lo de las facultades y con las “causas” que el Gobierno empieza a defender y que pueden ser importantes, pero tienen poco de urgente.
La promesa fue orden y las prioridades anunciadas eran la seguridad y El Niño, pero ahora son el Lugar de la Memoria, los currículos escolares y “la guerra interna”, romper relaciones con Irán y un etcétera que confunde a la población y abre varios frentes.
No es casualidad que el primer ministro, que parece ausente, sea el miembro del Gabinete con la más alta desaprobación. La sensación de desorden viene del Gabinete mismo, donde aparecen figuras calificadas como “novatos” por el mismo oficialismo, contradicciones entre ministros, exabruptos y frases desafortunadas, desautorizaciones o llamadas públicas de atención de la presidenta a titulares de cartera y algunas actuaciones y gestiones que parecen más impulsadas por el afán de protagonismo que por una visión colectiva.
Si a eso le sumamos que parece no haber coordinación interna, ni elaboración de escenarios ni estrategias para sacar adelante las acciones del Gobierno, como las facultades, por ejemplo, entonces se puede entender que la población sienta que estamos igual que en los tres últimos Gobiernos, según la última encuesta de Ipsos.
Se puede argumentar que, en el caso de las facultades, hay una parte de la oposición que es “obstruccionista” y negativa y que hará lo que sea para no dar facultades, aunque el costo político sea muy alto. Pero ¿acaso eso no se sabía desde el primer día? ¿Acaso a ellos les importa el costo? Un buen estratega no es el que saca adelante las cosas sin oposición, sino el que las saca adelante con una buena estrategia, a pesar de la oposición, por más dura y férrea que sea.
Quizás por eso, y para evitar admitir los errores y hacer cambios prematuros (que no serían una señal de debilidad, sino todo lo contrario), la presidenta ha nombrado una comisión consultiva del Despacho Presidencial que no parece ser un gabinete paralelo, sino más bien un directorio que le han puesto al gerente general (premier) para guiar o corregir sus acciones y las de los ministros.
De todas maneras, más temprano que tarde, se van a tener que hacer cambios. Lo único que se está haciendo es dilatar la decisión y eso acumula pasivos. Por ejemplo, el caso del ministro de Justicia ya es de antología: reprendido por la presidenta, pide disculpas por un exabrupto e inmediatamente lanza otro que tiene que ser corregido públicamente por la ministra de la Mujer. Y estamos mencionando solo un caso de varios, como el del ministro del Interior, que siguió con la cantaleta de que la violencia y la delincuencia son solo percepción.
Si el premier no se pone las pilas y actúa como el gran coordinador y estratega que debe ser, las cosas se pondrán difíciles para el Gobierno y, consecuentemente, para él. Y quejándose por el “obstruccionismo” del Congreso no va a conseguir mucho, porque hasta sus socios de Renovación Popular siguen saliendo a decir que el Gobierno cometió un error porque debió concentrar las facultades en la inseguridad y El Niño. Y eso es lo que la población va a asimilar.
El ministro de Economía ha estado repartiendo millones, nombrando buenos funcionarios y poniendo a trabajar a varias comisiones con profesionales de prestigio, y tiene una baja aprobación (29 %). Eso es porque algo está fallando en el Gobierno y no lo pueden o no lo quieren ver.
Esta encuesta es una alerta temprana y así tiene que tomarla el Gobierno para corregir y enmendar. Está a tiempo. Aunque ahora, con estas cifras, debe hacer mayores esfuerzos.
Si tiene que hacer cambios, y todo indica que sí, debe hacerlos, aunque se trate del más pintado. Si insiste en el error y, por orgullo o ceguera, deja las cosas como están, la siguiente encuesta será más dura.
Enrique Castillo es periodista.







