
No solo se trata del factor inseguridad: el robo en Lima funciona como un “mercado” que tiene oferta, demanda y canales de distribución. Por eso, lejos de desaparecer, evoluciona en ciclos que responden a la dinámica económica de la ciudad, una situación que debería poner en alerta a las autoridades.
Así lo identifica el Centro de Altos Estudios Nacionales (CAEN), en alianza con el Instituto de Criminología, en su reciente informe “Tendencias y patrones del robo en Lima Metropolitana”.
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El “vaivén” del robo
La investigación —basada en la teoría de la oportunidad delictiva— revela cuatro patrones de victimización; es decir, cuatro ciclos de actos violentos en un mismo lugar a lo largo del tiempo.
El primer ciclo muestra que, entre 2013 y 2018, los robos de dinero y celulares bajaron de 19.1% a 14.6%. Sin embargo, esta caída no se habría explicado por acciones de la Policía Nacional (PNP) ni del sistema de justicia, sino por el mayor autocuidado de los ciudadanos, el refuerzo del Serenazgo y el incremento de la seguridad privada.
El segundo se vincula con un incremento en 2019: la tendencia se revirtió y la victimización subió a 17.5%. De acuerdo con el estudio, hubo una transformación en la dinámica del delito, que se volvió más violento y complejo porque predominó el uso de armas de fuego y la presencia del crimen organizado. En este contexto, las estrategias locales perdieron eficacia frente a formas delictivas más agresivas.
Durante 2020 y 2021, se registró un descenso del robo de 11%. A diferencia del primero, el tercer patrón no respondía a mejoras en la seguridad, sino a un elemento externo: la pandemia. Las restricciones de movilidad, el confinamiento y la reducción de varias actividades económicas disminuyeron drásticamente la exposición de las personas en el espacio público.
Sin embargo, con el fin de las restricciones sanitarias, el robo retomó su tendencia al alza y registró 14.8% entre 2022 y 2023. El cuarto patrón es, según el informe, la continuación de la lógica que se inició en 2019: un contexto enfatizado por la precarización social, la expansión del crimen organizado y el uso más extendido de la violencia son fuerzas que los mecanismos de prevención local no resistieron.
Este circuito de bajar, subir, caer y volver a subir permite que Nicolas Zevallos, director de Asuntos Públicos del Instituto de Criminología, evalúe cuál es el escenario para el 2026.
“Es claro que estamos en un ciclo de crecimiento y expansión. Estamos en un momento donde la capacidad de control de vigilancia pública se ha relajado demasiado. Entonces, posiblemente, esta tendencia de robos se incremente en los siguientes meses. Pero lo que está jugando en contra de esa tendencia, curiosamente, no es la seguridad pública, sino la ralentización del interés del actor criminal”, sostuvo.
Argumentó: “Hace unos meses, el exministro Carlos Malaver dijo: ‘Los delincuentes no salen a robar porque más rentable es extorsionar’. Entonces, paradójicamente, lo que va a terminar frenando el robo de objetos no va a ser la seguridad pública; el asunto es que van a ser más rentables los delitos más violentos”.

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De la calle al mostrador
El robo en Lima no termina en la calle: continúa en una cadena económica mediante la cual los objetos sustraídos encuentran rápidamente compradores. Así, la capital concentra una mayor demanda y más puntos de reventa, lo que convierte al delito en una actividad sostenida por el mercado.
“Lo que se modifica de forma interesante en Lima es la demanda posterior de los objetos robados. Aquí hay más mercados y, por ende, más demanda. Pero no es que no existan mercados así en Huánuco, Arequipa o Trujillo, lo que cambia es el volumen”, precisó el vocero. Para él, “no se puede entender el robo de los objetos sin pensar en una demanda de los mismos”.
“Lo que es más complicado de estos mercados es que no son tan ilegales como creemos, porque muchos de los objetos robados se terminan vendiendo en mercados que pagan impuestos, que tienen licencia y que, incluso, emiten factura cuando dan el teléfono o lo reparan”, añadió.
En suma, operan a simple vista: “No siempre llegamos a lugares oscuros. En un puesto grande se puede preguntar cuánto está el teléfono. Si, por ejemplo, cuesta S/ 1,000, también se puede consultar por su alternativa: uno igual, pero a S/ 300 porque está reparado o ‘mejorado’”.

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La preferencia por los teléfonos
Zevallos también destacó que el incremento en el uso de smartphones para servicios financieros ha elevado su atractivo dentro de las economías delictivas. El dispositivo, más que un bien transable, es una fuente de información que puede ser explotada en el corto plazo.
Aquello ha derivado en cambios en la modalidad del robo: ahora se prioriza la sustracción para facilitar el acceso inmediato a aplicaciones; aunque, en paralelo, persiste un mercado secundario que permite reacondicionar y reinsertar estos equipos en circuitos comerciales.
El especialista señaló que, por tanto, una estrategia oportuna sería intervenir la cadena de valor del delito. Incrementar los costos de transacción en mercados de reventa y reparación podría ser más efectivo que medidas centradas en las sanciones.
“Desde la mirada económica, una forma de aumentar los costos de transacción en el mercado de objetos robados es intervenirlo con operativos continuos y encarecer la cadena, que el costo de reparación sea lo más alto posible. [...] Con una labor de inteligencia se pueden detectar los centros de reparación y acopio. [...] Asimismo, uno de los errores que se está cometiendo es el incremento sostenido de penas en un contexto donde el sistema penal está sobrecargado”, finalizó Zevallos.

Redactora de Economía en diario Gestión. Periodista piurana con seis años de experiencia profesional en el rubro.








