
La próxima temporada alta de turismo en Machu Picchu —de junio a agosto— aún no empieza, pero ya hay una preocupación que se posiciona entre hoteles, agencias y empresas de transportes: ¿cómo la maravilla del mundo resistirá la afluencia cuando el sistema de boletos está fallando desde ahora?
La venta presencial de una parte significativa del aforo obliga a los turistas a pernoctar más días de los que habían considerado inicialmente. El objetivo es conseguir uno de los 1,000 pases diarios disponibles para no abandonar el país sin conocer su máximo atractivo.
No obstante, esta dinámica ya empieza a ajustar las evaluaciones de viaje y, con ello, a desplazar al Perú de las listas, así lo detalló Carlos González, presidente de la Cámara Regional de Turismo del Cusco (Cartuc).
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Desacuerdo con el perfil del turista
Para el especialista, el temor mayor es ir en un camino distinto al que exige el perfil del turista: “De los 4,600 o los 5,400 boletos, tenemos que forzar a 1,000 viajeros a que vayan a sufrir una peripecia en el pueblo de Machu Picchu; un viajero culto, un viajero educado, un viajero sensible no va a querer pasar por ese trauma. Estamos ocasionando que aproximadamente un 20% de nuestros viajeros potenciales deje de venir”, sostuvo.
González resaltó, así, cuáles son las características de quienes eligen, entre todas las opciones mundiales, conocer Machu Picchu: “Los tres principales motivadores de viaje a nuestro país son la cultura, el paisaje y la gastronomía. Eso significa que nosotros no somos un destino para un viajero más frívolo que busca solo sol y playa, quien viene a Perú es un viajero más educado que el promedio”.
Analizó la pérdida: “Estamos hablando de que el promedio de gasto de cada uno de esos visitantes es de US$ 1,200 por viaje. Debemos multiplicar ello por los 1,000 boletos diarios. Son 1,000 oportunidades menos de venta al viajero objetivo que queremos para el país”.
En esa línea, destacó que la economía de la zona es una economía circular: “Por cada puesto de trabajo de turismo, hay cinco personas que dependen indirectamente de él. Entonces, uno de cada cinco peruanos depende de lo que pasa en Machu Picchu”.

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Más allá de cancelaciones y reprogramaciones
Pero el riesgo ya no es solo perder turistas: es perder la confianza internacional. González precisó que, más que cancelaciones de paquetes y reprogramaciones, hay postergaciones en las decisiones de compra. En suma, las preferencias se están reconfigurando.
“Todos hablan maravillas de nuestra cultura, pero hay que recordar que en el mundo hay cientos de lugares que también tienen una propuesta como la nuestra. Entonces, el viajero no dice ‘Nunca voy a ir a Perú’; dice: ‘Ahora no se dan las condiciones para ir a Perú’. [...] Perú se sigue quedando en el bucket list, sigue siendo una ilusión en el imaginario de millones de viajeros potenciales, simplemente porque no tiene una política de Estado que sea firme en su objetivo de atraer a ese viajero”.
Coincidió Juan Stoessel, CEO de Casa Andina y vicepresidente del gremio: “Las entradas que se venden en boletería han generado un problema terrible con el tema de imagen, porque las personas saben que tienen que dedicar hasta 3 días de su viaje, que dura más o menos 11, a conseguir una entrada. [...] Entonces, lo que hacen es cambiar de destino, porque quienes vienen por primera vez al Perú de vacaciones lo hacen por Machu Picchu. Si no hay Machu Picchu, cambian de ruta”.
Desde su perspectiva, la única medida para paliar el problema es regresar a la normalidad prepandemia: “Que el 100% de las entradas se vendan a través de la plataforma. La plataforma, por supuesto, hay que mejorarla. [...] En resumen, el Perú está recibiendo un millón de turistas menos que en 2019″.

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“Huecos” en el calendario
De acuerdo con González, los conceptos de “temporada alta” y “temporada baja” esconden una fallida administración estatal: el precio de las entradas a Machu Picchu está sujeto al valor de la Unidad Impositiva Tributaria (UIT), la cual se define recién al final de cada año.
“Generalmente los viajeros extranjeros se toman al menos entre dos a tres meses para planificar su viaje a Perú. Si un viajero extranjero quiere venir entre enero y marzo y no sabe cuánto va a costar el boleto, entonces decide no viajar. [...] Esa mala decisión administrativa del Estado creó una artificial temporada baja entre los meses de enero a marzo”, resaltó.
Añadió: “Los gremios de turismo estamos peleando con el Estado para que esa norma se cambie. Estamos proponiendo que no amarren el valor del boleto de ingreso a Machu Picchu a la UIT, y que se emplee otro procedimiento mediante el cual se calcule cuánto va a costar de un año al otro. De esa manera, nos pueden avisar en octubre, en el peor de los casos”.

- El dato:
El COVID-19 desató varias medidas excepcionales para atender la crisis económica, pero una de ellas —la venta presencial de boletos— se prolongó más allá de la emergencia sanitaria y derivó en un sistema que hoy lleva a la incomodidad a los visitantes.
Al respecto, los voceros indicaron que la decisión se adoptó durante el gobierno de Pedro Castillo y apuntaron directamente a la intervención de Roberto Sánchez, Aníbal Torres y Betsy Chávez. Además, mencionaron que la entonces directora desconcentrada de Cultura de Cusco, Mildred Fernández, tuvo un rol clave en la aplicación de la disposición.

Redactora de Economía en diario Gestión. Periodista piurana con seis años de experiencia profesional en el rubro.







