La escasez mundial de cobre puede abrir una oportunidad excepcional. Pero el mundo no necesita específicamente cobre peruano, necesita cobre “a secas”. (Foto: Andina/ Referencial)
La escasez mundial de cobre puede abrir una oportunidad excepcional. Pero el mundo no necesita específicamente cobre peruano, necesita cobre “a secas”. (Foto: Andina/ Referencial)

Pocas veces el mundo ha necesitado tanto algo que el Perú tiene en abundancia. La Agencia Internacional de estima que, hacia el 2035, la oferta esperada de los existentes y anunciados dejaría una de alrededor de 25% frente a los requerimientos de . Para un país con enormes recursos cupríferos, el escenario parecería inmejorable.

Pero tener el cobre no significa tener asegurada la inversión para extraerlo. Los últimos earnings calls de varias mineras permiten mirar el problema desde otro ángulo: el de las compañías que deben decidir dónde colocar su próximo dólar.

First Quantum actualizó a principios de año los recursos de La Granja, en Cajamarca: 23 millones de toneladas de cobre, además de importantes recursos de plata y oro. La presenta como el segundo mayor recurso greenfield de cobre del mundo y con potencial para convertirse en una operación Tier 1 y multigeneracional. La geología no es el problema. Sin embargo, todavía el proyecto está en etapa temprana: el trabajo se concentra en estudios de línea base, relacionamiento local y la preparación del estudio de impacto ambiental.

La misma First Quantum tiene otra alternativa. Taca Taca es su proyecto greenfield más avanzado y requeriría US$ 4,232 millones de inversión inicial. Está en Argentina, donde la compañía busca acogerse al RIGI, un régimen que, según la propia minera, reduce significativamente el riesgo de las inversiones de largo plazo mediante mayor estabilidad fiscal y regulatoria, entre otros beneficios. Las políticas públicas también modifican el riesgo relativo con el que un proyecto llega a los tomadores de decisiones.

Glencore ofrece un ejemplo todavía más revelador. Alrededor de Antapaccay tiene dos alternativas: Coroccohuayco y Quechua. La minera podría retrasar una seis o doce meses si la otra ofrece mayor valor, menor intensidad de capital, más volumen o menores costos. “No es una carrera por producir toneladas. Es una carrera por generar valor para los accionistas”, resumió su CEO. Y si posterga un proyecto, puede acelerar otro dentro de su portafolio.

La lógica también aparece en una minera peruana. En la misma conferencia de julio pasado en la que Buenaventura informó sobre la venta de Julcani, un analista preguntó si los altos precios del cobre, la generación de caja y los fuertes dividendos de Cerro Verde permitían acelerar Trapiche. La respuesta fue reveladora: la compañía todavía dedicará entre un año y año y medio a determinar si el proyecto constituye un buen negocio y, mientras tanto, seguirá reduciendo riesgos vinculados a accesos, energía y licencias.

No parece ser un problema de falta de dinero. Buenaventura cerró el segundo trimestre con US$ 759 millones en caja y espera recibir entre US$ 350 millones y US$ 380 millones en dividendos de Cerro Verde este año. Aun así, todo indica que Trapiche tiene que ganarse la inversión.

Ese es el punto. Los proyectos peruanos no compiten solamente contra otros proyectos locales o contra minas de Chile o Argentina. Lo hacen por capital, equipos y capacidad de ejecución dentro de portafolios. Y ese capital tampoco tiene necesariamente que terminar en una mina, pues puede ir a otros activos, reducir deuda o volver al accionista.

El Perú posee una enorme cartera de proyectos, pero ello no equivale a una cartera de inversiones aseguradas. Buena parte de ese capital todavía debe ganar su espacio.

La escasez mundial de cobre puede abrir una oportunidad excepcional. Pero el mundo no necesita específicamente cobre peruano, necesita cobre “a secas”. El desafío es conseguir que, cuando una minera decida dónde colocar su próximo dólar, el Perú siga ofreciendo una respuesta convincente. Y eso se consigue solo con políticas públicas que promuevan las inversiones mineras, no que las ahuyenten.

Moisés Navarro Palacios es editor de Opinión de Gestión

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