
La tecnología corre los cien metros planos. En pocos años hemos visto transformaciones que hace una década parecían imposibles: inteligencia artificial, automatización, datos en tiempo real y nuevas formas de interacción entre ciudadanos, empresas y Estado. Cada innovación acelera la siguiente. Todo parece diseñado para la velocidad.
Pero los países no se construyen como una carrera de cien metros, sino como una maratón. Requieren dirección, continuidad y acuerdos capaces de sobrevivir a elecciones, crisis y cambios de gobierno. Exigen sostener decisiones cuyos resultados quizá no serán visibles durante el mandato de quienes las adoptaron.
La reciente revisión de la OCDE sobre la política tributaria peruana llega, por eso, en un momento oportuno. Con un nuevo Gobierno, las reformas vuelven a la agenda. Pero el documento no descubre una realidad desconocida: informalidad persistente, baja presión tributaria, dependencia de actividades extractivas, beneficios poco evaluados y limitada capacidad para ampliar la base de contribuyentes.
Lo inquietante es haber convertido el diagnóstico en una forma de postergar la decisión. Cada informe añade evidencia y cada gobierno recibe una descripción precisa de los obstáculos. Sin embargo, seguimos actuando como si comprenderlos fuera equivalente a resolverlos.
La OCDE puede identificar brechas y proponer alternativas. Los especialistas pueden diseñar mejores impuestos. La tecnología puede modernizar la gestión y fortalecer el control. Pero ninguna de esas herramientas produce el ingrediente decisivo: consensos capaces de sostener una reforma más allá de la coyuntura. Esa tarea le corresponde a la política.
No a la política reducida a elecciones, enfrentamientos o cálculos de popularidad, sino a la que articula intereses distintos y convierte necesidades evidentes en compromisos compartidos. Los diagnósticos muestran el camino. Solo la política puede construir el pacto para recorrerlo.
Durante demasiado tiempo, nuestros políticos han competido en carreras de velocidad: una elección, una crisis, una polémica y luego la siguiente. El incentivo está en llegar primero al titular y administrar la urgencia. Mientras tanto, problemas que exigen veinte años de continuidad vuelven a empezar cada cinco (o menos).
Una reforma tributaria seria no puede ser una colección de medidas aisladas ni agotarse en recaudar más. Debe formar parte de un acuerdo sobre el desarrollo que aspiramos a financiar, la formalidad que queremos promover y las responsabilidades del Estado y los ciudadanos.
La tecnología seguirá acelerando. Llegarán nuevos informes y recomendaciones. Pero ninguno reemplazará aquello que solo la política puede ofrecer: una dirección común y la voluntad de sostenerla durante toda la maratón. Mientras confundamos velocidad con progreso, correremos más rápido sin acercarnos al destino.
Y quizá esa sea nuestra verdadera condena: la de una estirpe que, a diferencia de la de Macondo, no vivirá cien años de soledad, sino cien años de inocua velocidad, corriendo sin descanso tras la reforma que tantas veces creyó comenzar y a la que nunca se dio una segunda oportunidad sobre la tierra.
María Julia Sáenz es socia líder de Tax & Legal de KPMG en Perú







