
Cada vez que el país se incendia —lo cual, últimamente, es pan de cada día— repetimos lo mismo: “la culpa es del Poder Ejecutivo”. Lo decimos en el café, en el chat de amigos, en X, en la sobremesa del domingo. El Poder Ejecutivo, con mayúsculas, como si fuese un ente abstracto, una criatura mitológica de diez cabezas —o acéfala, dependiendo del personaje y la imaginación— que vive en Palacio de Gobierno y decide nuestro destino entre repartijas, censuras y nuevas versiones del mismo déjà vu político.
Pero, mientras señalamos con el dedo índice hacia ese Poder Ejecutivo con mayúsculas (aunque, para serte honesta, provoca dedicarle otro de los dedos), olvidamos otro poder ejecutivo, con minúsculas, que sí controlamos: el de ejecutar. El de hacer que las cosas pasen.
Ejecutivo viene de ejecutar. De accionar. De convertir decisiones en hechos. Y ese poder no vive solo en el sastre o en la corbata. Vive en la fundadora de un emprendimiento que da empleo a cinco personas. En el dueño de una pyme. En el CEO que decide qué causas abraza su empresa y cuáles esquiva. En todos los que tenemos la capacidad real de mover recursos, influir narrativas y fijar estándares.

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Según el Edelman Trust Barometer, en múltiples países las empresas superan en confianza al gobierno. La gente cree más en las compañías que en sus autoridades. Este no es solo un dato interesante para una presentación. Es una responsabilidad enorme.
Mientras nos horrorizamos por la repartija, la mediocridad premiada y la corrupción reciclada, muchas empresas optan por el cómodo: “No hablamos de política”. Porque nos enseñaron que de política no se habla. Que es de mala educación. Que polariza. Que es riesgoso.
Claro que es riesgoso. Liderar siempre lo es.
En otros países hemos visto empresas asumir que el silencio también es una postura. Nike respaldó públicamente a Colin Kaepernick cuando arrodillarse durante el himno era casi una herejía política. Patagonia demandó al gobierno de Estados Unidos por decisiones ambientales que consideraba inaceptables. Ben & Jerry’s, ha fijado posición explícita frente a políticas migratorias, raciales y climáticas. Son empresas que entendieron que su poder también es cívico. Cada decisión generó aplausos y boicots. Pero ninguna fingió neutralidad.
Y no hace falta ir tan lejos.
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En el Perú, marcas jóvenes también han decidido incomodar. Voraz, por ejemplo, se pronunció con todas sus letras frente a la subida de sueldo de Dina Boluarte, frente a la repartija actual en el Congreso y a los ministerios repartidos como cancha. No usó metáforas tibias. Señaló. Con ironía, sí. Pero también con claridad.
Y cuando una marca se mete en la conversación pública deja de ser solo producto y se vuelve actor.
¿Fue cómodo? No. Pero para cómodas, las sillas; sobre todo, la de nuestros ilustres congresistas.
Nos hemos acostumbrado —y conformado— con compartir memes indignados. Pero pocas veces trasladamos esa indignación a nuestras políticas internas, a nuestros códigos de conducta o a nuestras decisiones de inversión.
Y no hablo solo de grandes conglomerados. En el Perú hay millones de emprendedores. Cada uno es un pequeño poder ejecutivo. Cada uno decide si trata a su gente con respeto. Si emprende además de con valentía con valores.
Es más cómodo indignarse que involucrarse. Es más rentable, en el corto plazo, callar que fijar posición. Pero cuando renunciamos a nuestra su voz, dejamos un vacío. Y los vacíos, en política, siempre se llenan. Lamentablemente, con lo peor.
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No se trata de convertir cada empresa en un partido político. Se trata de asumir que, en un país fracturado, el silencio también comunica. Que la neutralidad permanente, en ciertos contextos, es una forma elegante de complicidad.
El Poder Ejecutivo, con mayúsculas, seguirá siendo responsable de gobernar. Pero el poder ejecutivo que ejercemos desde nuestras empresas y desde nuestra voz define qué país toleramos y cuál estamos dispuestos a construir.
Ejecutar no es comentar. No es retuitear. No es quejarse.
Ejecutar es decidir. Es asumir el costo. Es usar el poder que ya tenemos.
Porque, si no lo hacemos nosotros, alguien más lo hará. Y después volveremos a decir, con resignación, que la culpa es del Poder Ejecutivo.

CEO de Boost y directora de Women CEO. Una de los 100 líderes con mayor reputación del país, según Merco. Autora de cinco libros de marketing.









