
Mucho antes de que en un laboratorio se analizara el ADN de la papa, los agricultores de Perú ya sabían qué variedad sobrevivía según los pisos bioclimáticos de las “ricas montañas, hermosas tierras”, como entonarían después Óscar Avilés y los Hermanos Zañartu. Aquella sabiduría acumulada durante siglos encontró, en 1971, a un aliado: la ciencia.
La creación e instalación del Centro Internacional de la Papa (CIP) en la cuna, en su país raíz, convirtió la domesticación del cultivo en un sinónimo de seguridad alimentaria mundial: hoy desde América Latina se articula investigación con África y Asia para aprovechar los más de 4,000 tipos de “akshu” nativa.

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Guardar hoy y disfrutar mañana
A partir de la década de 1960, la Revolución Verde empezó una carrera contra el hambre porque la cantidad de población global crecía, la productividad era baja y la pobreza en zonas rurales se agudizaba. El foco “alumbraba”, sin embargo, al trigo, arroz y maíz: la papa había quedado en la sombra. El Gobierno peruano notó este olvido y, junto con la Universidad Estatal de Carolina del Norte, colocó en el podio el valor nutricional y la capacidad de adaptación del tubérculo.
“El CIP arrancó con el proceso de recopilación de la biodiversidad en el banco de germoplasma para, posteriormente, utilizarla en procesos de mejoramiento genético y de generación de tecnología. En ese momento la producción era más bien de carácter tradicional”, sostiene Vivian Polar, directora regional para América Latina del CIP.
El compendio se amplió en 1973, con la transferencia de la colección de papas de la Universidad Nacional Agraria La Molina (UNALM) al centro aún primigenio. El bagaje desde entonces fue en ascenso y, años más tarde, ya con experiencia, el CIP encontró un espacio para mirar a un producto de reproducción vegetativa similar: en 1988, incorporó formalmente al camote en su línea de estudio.
Entre 1990 y 2010, el instituto al fin liberó variedades comerciales con mayor rendimiento y resistencia a enfermedades. “En 2016, el CIP, a través de tres de sus investigadores, ganó el World Food Prize por su trabajo en la biofortificación del camote anaranjado con altos contenidos de betacaroteno, mejorado para incrementar la cantidad de vitamina A y luchar contra la ceguera infantil en África”, detalla Polar.
Asimismo, hoy la comunidad global puede acceder a las variedades de papa Kallpa yawri y Puka yawri, las cuales cuentan con más del doble del hierro que registraría una papa común; es decir, se trata de una opción para combatir la anemia en las zonas altoandinas.

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Patrimonio y oportunidad de mercado
Estos pasos amigables en la trayectoria avivan los ánimos del CIP para encaminarse hacia otra de sus estrategias: vincular las papas nativas con los mercados urbanos y el sector gastronómico. Al respecto, Eduardo Fuentes, director de Innovación y Transferencia Tecnológica de la UNALM, hace una aclaración: el valor económico de los hallazgos científicos depende de alianzas con entidades nacionales o incubadoras de negocios, las cuales se encargan de testear y conectar con la sociedad.
En esa línea, destaca una variedad que llegó exitosamente hasta la mesa: la papa Canchán, aquella de piel rosada y textura firme. El CIP trabajó en su mejora genética y el Instituto Nacional de Innovación Agraria (INIA) asumió la misión de probarla en diferentes localidades y acompañar su proceso de masificación.
El especialista precisa tras el ejemplo: “No solo hay que ver las propiedades que pueda tener la papa, sino también la percepción del mercado y otras características que hacen que el potencial consumidor se decida por el producto o no: la forma, el tiempo de cocción, a veces [se evalúa] si es arenosa o no, si es para causa o para ceviche. [...] Desde el punto de vista agronómico, cuántas semillas se producen, cuántas toneladas de rendimiento”.
Subraya con ello que el mayor valor de la investigación del CIP ha pasado por etapas históricas. Inicialmente, el enfoque de los estudios era la productividad. Hoy, las prioridades globales y nacionales han migrado, la nutrición y la adaptación climática son las protagonistas.
Claudia Sícoli, directora de la carrera de Economía de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas (UPC), refuerza la premisa: “La investigación genética representa una de las grandes oportunidades a las que puede acceder el Perú para mejorar la productividad de sus cultivos [...]. Al garantizar variedades de tubérculos que puedan resistir el cambio climático, adoptando los conocimientos especializados y ancestral de los pequeños agricultores, se promueve una producción sostenible y abre la posibilidad al desarrollo del sector”.
Para ella, la contribución científica del CIP sumada a la iniciativa empresarial debería ser el canal para posicionar al Perú como exportador de papa y revertir su situación actual. Trae a colación que, en 2025, el país importó diez veces más de productos asociados a la papa (US$ 78,187,503) en comparación con lo que exportó (US$ 7,444,251).
“Considerando las dos partidas más relevantes de ese año, papas congeladas y fécula de papa, la proporción es aun mayor. En el primer caso, fue casi 20 veces más de importaciones (US$ 43,059,947) frente a lo exportado (US$ 2,190,630); y, en el segundo, 77 veces más. Lo importado fue US$ 29,699,696 y lo exportado, US$ 381,679″, informa.

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Del laboratorio a la industria
El CIP ya tiene un antecedente de cómo enlazar la biodiversidad andina con el mercado de procesados: “los chips de múltiples colores” y de “formas caprichosas”, como los caracteriza Polar. La cadena de innovación fue capitalizada por la empresa privada, lo que evidenció que la industrialización de variedades nativas andinas es comercialmente viable.
Sícoli lo resume: “Este material genético es un activo invaluable para el país”. Y un activo porque la capacidad científica y el talento humano de hoy funcionan como un escudo y un motor para el mañana siempre y cuando, según explica Fuentes, la investigación encuentre asilo en innovaciones comerciales reales.
Si algo tiene la papa en el Perú, además de raíces, es corazón, y el CIP requiere que su ciencia siga latiendo al ritmo de quienes la cultivan.

- El dato:
El intercambio científico internacional y el acceso a las 5,000 muestras de germoplasma del CIP han permitido que más de 2 millones de pequeños agricultores en África y Asia aumenten sus rendimientos e ingresos al sembrar semillas de papa de calidad.

Redactora de Economía en Gestión. Periodista nacida en Piura, con ocho años de trayectoria profesional y experiencia en edición y corrección de textos.







