
Por Enrique Castillo, periodista. Una gran mayoría de peruanos hemos celebrado la permanencia de Julio Velarde por cinco años más al frente del BCR. Se trata de uno de los funcionarios más calificados y de mayor experiencia en toda la administración pública durante los últimos 20 años, con una trayectoria y solvencia académica y profesional reconocida mundialmente, y a nivel nacional.
La presencia de Julio Velarde al mando del ente emisor constituye una garantía de muy buen manejo de la política monetaria por un lustro más.

Sin embargo, lo resaltante de la presencia de Julio Velarde en el BCR va mucho más allá de sus conocimientos, capacidades, y esfuerzos, que no han sido pocos frente a gobiernos fugaces, crisis políticas, renuncias y vacancias presidenciales, procesos electorales imprevisibles, y congresos irresponsables, que desde hace una década han generado decepción, inestabilidad, incertidumbre, pesimismo, y hasta temor.
Lo más destacado de la presencia de Julio Velarde es su liderazgo, silencioso pero efectivo; su visión, para mantener y consolidar al BCR como una institución de excelencia; su decisión para respetar y hacer respetar la meritocracia y las líneas de carrera; su convicción para reclutar a los mejores jóvenes profesionales a nivel nacional y formarlos sin mayores aspavientos.
Pero quizás el valor más destacado y que ha servido para mantener nuestra estabilidad monetaria y macroeconómica, ha sido, y sigue siendo, su férrea defensa de la autonomía, independencia y la institucionalidad del BCR.
Todos los recientes gobiernos, que han sido débiles, improvisados, informales, y hasta depredadores, y varios de los candidatos presidenciales en diferentes procesos electorales, han tenido la tentación, y hasta la decisión expresa hecha pública, de quebrar esa independencia e institucionalidad para echar mano de lo que a su manera todos ellos entendían como reservas internacionales, o para utilizar al BCR como un banco estatal cualquiera para objetivos clientelistas o poco santos. Pero, esas intenciones y las formas que se buscaban para hacerle hueco a esa independencia y autonomía se estrellaron con la autoridad y liderazgo de Julio Velarde, y la sólida institucionalidad del ente monetario.
Lamentablemente, la gran mayoría de las instituciones, tanto las que tienen autonomía como las que tuvieron una gran influencia y fueron en el pasado férreas defensoras de su institucionalidad y capacidad técnica y profesional, han caído en manos del manejo y del manoseo político, de la repartija y de las cuotas de poder, del amiguismo y la subordinación al poder de turno, y, con ello, han perdido esa influencia y capacidad que las hacía garantes del buen funcionamiento del Estado en sus diversos sectores.
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Lo más curioso es que muchos de los que han reclamado a viva voz por la continuidad de Julio Velarde, y que han aplaudido su disposición a quedarse 5 años más, son los que han participado activamente, desde diversos espacios y en diferentes épocas, de la captura o debilitamiento de muchas instituciones que en el pasado fueron muy sólidas y solventes.
Ahí tenemos el caso del MEF, que no ha sabido hacer frente a los embates de un Congreso agresivo que ha hecho lo que ha querido con los presupuestos, los créditos suplementarios, y las leyes que hacen tremendos huecos presentes y futuros al fisco. Y como ese caso, hay decenas, en los que no se ha respetado ni la autonomía, la meritocracia, ni la institucionalidad; pero también en los que las mismas instituciones se han entregado al poder de turno.
Las grandes transformaciones, reformas de segunda generación, y el destrabe de los grandes proyectos que muchos reclaman, solo serán posibles y sostenibles con instituciones y organismos estatales sólidos, profesional y técnicamente, en las que se elimine el clientelismo y la intromisión política, la improvisación, y, sobre todo la corrupción.
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Este es uno de los retos más importantes del Gobierno de Keiko Fujimori y del fujimorismo, a quienes se les ha acusado permanentemente de controlar y copar las instituciones del Estado, desde la época de Alberto Fujimori hasta el manejo congresal de los últimos años.
Respetar la autonomía y la independencia de las instituciones, establecer y fortalecer la meritocracia, y restituir el principio de autoridad a todo nivel y en todas las organizaciones con pleno respeto de la ley, será la mejor receta para realizar un buen Gobierno.
Todo Gobierno corre el riesgo de sentir la tentación del control parcial o absoluto de las instituciones. Conforme avanza una gestión gubernamental, las circunstancias pueden hacer que surjan voces que vayan en ese sentido, y es en ese momento en el que las convicciones democráticas se ponen a prueba.
Por todo esto, no se trata solo de mantener la figura de Julio Velarde como una estampita o como una bandera que se busca ondear para lucirla en los mercados internacionales. Se trata de buscar que todos los funcionarios responsables de las instituciones del Estado sigan su ejemplo, y de tratar de que muchas recuperen su profesionalismo y compitan con este BCR.







