La brecha no es solo conceptual, es práctica. Universidades, programas de formación y muchas organizaciones siguen estructurando el desarrollo del talento en torno a control y predictibilidad. (Foto: iStock)
La brecha no es solo conceptual, es práctica. Universidades, programas de formación y muchas organizaciones siguen estructurando el desarrollo del talento en torno a control y predictibilidad. (Foto: iStock)

Durante décadas, el camino profesional era relativamente claro. Las grandes eran el destino natural del talento: ofrecían estabilidad, y aprendizaje estructurado. Hoy, ese paradigma está quedando obsoleto. No porque las hayan dejado de ser relevantes, sino porque el tipo de empresas que lideran los mercados ha cambiado.

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Hace 20 o 30 años, muchas de las compañías más valiosas del mundo simplemente no existían. Hoy, nombres como Amazon en logística, Netflix en entretenimiento o Tesla en la industria automotriz no solo dominan sus sectores, sino que han redefinido las reglas del juego. Todas tienen algo en común: nacieron como startups.

El mercado ha cambiado más rápido que los sistemas que forman talento. Y eso nos obliga a hacernos una pregunta incómoda: ¿las habilidades que hoy desarrollamos están pensadas para trabajar en empresas tradicionales? ¿O están pensadas en startups? (Foto: iStock)
El mercado ha cambiado más rápido que los sistemas que forman talento. Y eso nos obliga a hacernos una pregunta incómoda: ¿las habilidades que hoy desarrollamos están pensadas para trabajar en empresas tradicionales? ¿O están pensadas en startups? (Foto: iStock)

Incluso las propias startups –que simbolizan este nuevo modelo– enfrentan tensiones en su crecimiento. El caso reciente de Block, Inc. es particularmente ilustrativo. Jack Dorsey decidió reducir a la mitad la base de empleados de la compañía –alrededor de 4,000 personas– como parte de un proceso de ajuste radical. Más allá de la magnitud del recorte, el mensaje es claro: incluso las empresas más emblemáticas del modelo startup están siendo forzadas a redefinir su estructura con rapidez. Y, como el propio Dorsey sugiere, este no es un caso aislado.

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Esto evidencia algo más profundo: el mercado es dinámico, exige eficiencia y reconfiguración constante. Y eso refuerza la necesidad de habilidades adaptativas.

A esto se suma una nueva capa de aceleración: la inteligencia artificial. La caída en los costos de acceso a tecnología, la velocidad de adopción y la aparición de modelos de negocio basados en uso y valor están permitiendo que nuevas empresas escalen más rápido que nunca. Lo que antes tomaba años, hoy puede suceder en meses. Esto no solo incrementa la competencia; sino que refuerza un entorno donde experimentar, iterar y ejecutar con rapidez deja de ser una ventaja y pasa a ser una condición mínima para competir.

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Este cambio no es solo empresarial. Es cultural. Y, sobre todo, está impactando en cómo las nuevas generaciones desarrollan sus capacidades.

Sin embargo, el mercado ha cambiado más rápido que los sistemas que forman talento. Y eso nos obliga a hacernos una pregunta incómoda: ¿las habilidades que hoy desarrollamos están pensadas para trabajar en empresas tradicionales? ¿O están pensadas en startups?

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La brecha no es solo conceptual, es práctica. Universidades, programas de formación y muchas organizaciones siguen estructurando el desarrollo del talento en torno a control y predictibilidad. Sin embargo, el entorno actual premia exactamente lo contrario: flexibilidad para moverse entre disciplinas, tomar decisiones bajo incertidumbre y aprender en ciclos cortos. El riesgo no es menor. Si no corregimos este desalineamiento, seguiremos formando profesionales altamente competentes, pero para un tipo de organización que cada vez representa menos oportunidades reales de crecimiento.

En la práctica, se trata de dos formas distintas de operar. Como he señalado anteriormente, la cultura startup no es una estética, sino una forma de operar basada en foco, agilidad, horizontalidad y confianza. Pero más allá de la cultura, lo que realmente importa son las capacidades que esa forma de operar exige.

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La primera –y más relevante– es el emprendimiento. No entendido como la obligación de fundar una empresa, sino como la capacidad de identificar oportunidades, construir soluciones desde cero y asumir responsabilidad sobre los resultados. Es, en esencia, aprender a crear valor en condiciones de incertidumbre.

A partir de ahí, se desprenden otras habilidades críticas:

Aprendizaje continuo: la capacidad de adquirir nuevas habilidades de forma acelerada y autónoma.

Ejecución con velocidad y criterio: avanzar sin esperar certezas absolutas, pero manteniendo dirección.

Adaptabilidad: cambiar de contexto, rol o problema sin perder efectividad.

Comprensión tecnológica: no necesariamente técnica profunda, pero sí suficiente para entender cómo la tecnología redefine industrias.

Comunicación efectiva: alinear equipos, influir sin jerarquía y movilizar recursos.

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Estas capacidades no son exclusivas de las startups. Pero sí son indispensables en un mundo donde las startups –o empresas que operan como tales– son las que están marcando el ritmo.

Por eso, el debate no debería centrarse en si debemos trabajar en startups o en corporaciones. Ese es un falso dilema. El verdadero punto es otro: independientemente de dónde trabajemos, las habilidades que desarrollemos deben responder a la lógica del entorno que está generando valor. Y hoy, esa lógica se parece mucho más a la de una startup que a la de una empresa tradicional.

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Las organizaciones que entiendan esto tendrán una ventaja clara: podrán atraer y retener talento que no solo ejecuta, sino que construye. Las personas que lo entiendan también tomarán mejores decisiones de desarrollo profesional. En ese sentido, desarrollar habilidades tipo startup deja de ser una opción para quienes quieren crecer; y se convierte en una condición base para mantenerse relevante en el mercado laboral.

José Deustua es especialista en innovación y startups.

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