La IA llegó para quedarse y su capacidad de complementar nuestro trabajo es innegable. Sin embargo, la pregunta que debemos hacernos no es si debemos usarla, sino cómo debemos hacerlo. (Foto: Composición Gestión/ Gemini)
La IA llegó para quedarse y su capacidad de complementar nuestro trabajo es innegable. Sin embargo, la pregunta que debemos hacernos no es si debemos usarla, sino cómo debemos hacerlo. (Foto: Composición Gestión/ Gemini)

Hace poco más de dos años, la (IA) era un término reservado casi exclusivamente para quienes habitaban en el . Hoy, en un parpadeo histórico, se ha convertido en una herramienta de uso cotidiano, casi natural, que se extiende prácticamente a todos los ámbitos profesionales. El no ha sido la excepción. La IA llegó para quedarse y su nuestro trabajo es innegable. Sin embargo, la pregunta que debemos hacernos no es si debemos usarla, sino cómo debemos hacerlo.

Noticias recientes en varios países han puesto en evidencia el uso indiscriminado o al menos insuficientemente supervisado de herramientas de IA en distintos ámbitos e incluso en firmas de alcance global: se conocieron errores por adopción acelerada sin gobernanza previa y aplicada sobre procesos desordenados. Estas situaciones no son anecdóticas: son señales de alerta que nos obligan a someter a escrutinio riguroso lo que las distintas plataformas tecnológicas pueden realmente aportarnos y, sobre todo, dónde se encuentran sus límites.

Si delegamos todas las etapas formativas a una máquina en nombre de la eficiencia, ¿qué clase de formación profesional generaría?.(Foto referencial: generada con IA/Gemini)
Si delegamos todas las etapas formativas a una máquina en nombre de la eficiencia, ¿qué clase de formación profesional generaría?.(Foto referencial: generada con IA/Gemini)

La IA y los abogados jóvenes

Pero hay una arista que merece especial atención y que pocas veces se discute con la profundidad necesaria: ¿cómo impactará la IA en la formación de los abogados jóvenes? En el litigio, por ejemplo, el conocimiento no se adquiere únicamente en las aulas ni en los manuales. Se forja en la experiencia directa: en la lectura atenta de un expediente, en la construcción paciente de una estrategia, en el error que enseña más que cualquier algoritmo. Si delegamos todas las etapas formativas a una máquina en nombre de la eficiencia, ¿qué clase de formación profesional generaría?

El Foro Económico Mundial al abordar el impacto de la IA en las primeras etapas de la carrera profesional, describe a una generación que ahora se incorpora al mundo laboral en la que las tareas estructuradas y repetitivas que antes fomentaban la confianza, la experiencia y la competencia ahora están siendo automatizadas. Vivimos en un mundo obsesionado con acortar tiempos y automatizar procesos. Esa lógica funciona bien en ciertos sectores o procesos productivos, pero el litigio es, por naturaleza, un ejercicio profundamente humano. Requiere empatía para entender al cliente, intuición para leer el contexto, y juicio crítico para tomar decisiones en escenarios de incertidumbre. En la actualidad, difícilmente estas competencias pueden ser suplantadas por un modelo de lenguaje, por sofisticado que éste sea.

Por eso, esta reflexión no se basa en cierto grado de tecnofobia sino todo lo contrario: necesitamos humanizar la inteligencia artificial. Humanizar no en términos técnicos sino en términos pragmáticos, buscando al pensamiento crítico, sin abdicar de la supervisión profesional y sin sacrificar el proceso formativo de quienes vienen detrás. Entendiendo que la IA es un medio, nunca un fin.

¿Cómo lograrlo en la práctica? Eso depende mucho del enfoque de cada organización. Sin embargo, algunas alternativas podrían ser, por ejemplo: a) preservar las etapas formativas críticas: que los abogados junior sigan redactando escritos, analizando expedientes y construyendo estrategias de manera directa o mixta, utilizando la IA solo como herramienta de verificación posterior, no como atajo inicial; b) implementar programas de mentoría estructurada donde el abogado senior supervise no solo el producto final, sino el proceso de razonamiento del abogado en formación, asegurando que la tecnología no reemplace el diálogo formativo; c) fomentar la exposición temprana a audiencias y diligencias presenciales, espacios donde la oralidad, la capacidad de reacción y la lectura del entorno no pueden ser delegadas a ningún algoritmo; d) participación en reuniones con clientes y apoyo en las estrategias que tienen (clientes) como parte de su negocio.

El ser humano vive en constante contradicción. Queremos velocidad, pero también profundidad. Queremos eficiencia, pero también calidad. El verdadero desafío no reside en adoptar la tecnología, pues eso ya está ocurriendo, sino en hacerlo sin perder aquello que nos define como profesionales: nuestro criterio, nuestra experiencia y nuestra humanidad. La IA es necesaria. Humanizarla en términos prácticos imprescindible.

Eduardo Mercado Villarán es socio de Vinatea & Toyama

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