
El daño causado por los aranceles estadounidenses hasta ahora ha sido moderado, pero eso no durará. El 2025 fue un año en el que todo cambió y, sin embargo, en cierto modo, nada cambió. Estados Unidos elevó los aranceles a su nivel más alto en casi un siglo, China tomó represalias y la incertidumbre de las políticas mundiales se intensificó. Y, aun así, se prevé que el crecimiento mundial sea del 3.2%, exactamente lo que anticipaban los analistas un año antes, cuando ninguna de estas turbulencias se vislumbraba en el horizonte. Sin embargo, sería un error pensar que la economía mundial no ha sido afectada por las disputas arancelarias y por el caos político.
Ya hemos visto esta película antes. Cuando se aprobó el referéndum sobre el Brexit, a pesar del pronunciado aumento de la incertidumbre, el impacto económico inicialmente fue mínimo. Pero una década después, se estima que el Reino Unido ha perdido entre el 6% y el 8% de su producto bruto interno (PBI) en relación con su trayectoria anterior al Brexit. La lección es sencilla: el daño estructural se manifiesta lentamente y siempre demasiado tarde para revertirlo.
Entonces, ¿por qué el mundo aún no ha sentido el impacto de los aranceles? La respuesta radica, en parte, en que los aranceles reales son aproximadamente la mitad de lo que anunció EE.UU., gracias a numerosas exenciones. Sin embargo, en un 14%, sigue siendo un aumento considerable, cuyas consecuencias tuvieron dos compensaciones.
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En primer lugar, el gasto en inteligencia artificial (IA) y el auge del mercado bursátil impulsado por el optimismo en torno a la IA han sostenido el crecimiento estadounidense y han beneficiado a economías como las de Taiwán y Corea del Sur que exportan productos relacionados con la IA. En segundo lugar, la política fiscal ha sido más expansiva, no sólo en EE.UU., sino aún más en Alemania y China. Estas fuerzas han enmascarado el lastre de los aranceles estadounidenses y las represalias chinas. Esas fuerzas también han hecho que 2025 pareciera mucho más estable de lo que realmente fue.
La economía mundial es más frágil de lo que sugieren las cifras principales, empezando por la fragilidad del sector de la IA. Los inversionistas por fin han empezado a cuestionar la brecha entre las astronómicas valoraciones de la IA y sus rendimientos reales. Compañías como Meta, que han anunciado aumentos masivos en el gasto en IA sin los correspondientes flujos de ingresos, han sido castigadas. Y no son las únicas.
Las compañías de IA pronto tendrán que enfrentarse a un duro reto: los “prompts” (preguntas o mensajes de un usuario para generar una respuesta), cuestan dinero, lo que significa que las suscripciones tendrán que aumentar. Un pago de US$ 20 al mes no cubrirá los costos de esos “prompts” ni sostendrán la carrera armamentista de infraestructura contra los nuevos competidores.

Esto no es una declaración sobre el potencial de la IA que, con toda probabilidad, será transformador. Se trata de una afirmación sobre la rentabilidad. Con la presión competitiva, tanto visible como invisible, el riesgo de una corrección al estilo de las puntocom es real.
Mientras tanto, la tan celebrada “resiliencia” ante los aranceles es profundamente engañosa. Los aranceles han sido costosos, especialmente para los estadounidenses. Aproximadamente el 95% de los costos arancelarios han sido absorbidos por las empresas estadounidenses, y sólo una parte ha sido transferida a los consumidores. Esa “parte” es importante: los aranceles, por sí solos, han añadido 0.7 puntos porcentuales a la inflación. Sin ellos, la inflación podría haber sido del 2% este año, exactamente el objetivo de la Reserva Federal de EE.UU. En cambio, los aranceles han empobrecido a los hogares estadounidenses promedio en el equivalente a US$ 600.
El daño causado por los aranceles se hará más visible en 2026 a medida que desaparezca la resiliencia que proporcionan las importaciones anticipadas y las compañías pasen una mayor parte de los costos a los consumidores.
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China también tiene que afrontar algunas incómodas verdades. La continuada dependencia del crecimiento impulsado por las exportaciones es insostenible, y el nuevo plan quinquenal de Beijing — el cual prioriza la asignación de recursos a los sectores tecnológicos en lugar de reforzar las redes de seguridad social e impulsar el consumo — corre el riesgo de agravar los desequilibrios estructurales.
Europa, por su parte, ha actuado con madurez defendiendo un sistema global basado en normas, pero aún debe llevar a cabo reformas internas por su cuenta. La Unión Europea (UE) debe profundizar su mercado único, aumentar la productividad y posicionarse como un destino atractivo para el capital global que busca diversificación.
Y EE.UU. no está ayudando. Romper la relación con la UE — su mayor socio económico — es una mala estrategia económica. Aunque nada catastrófico ocurre de la noche a la mañana, los europeos están tratando de desacoplarse discreta y gradualmente de la infraestructura financiera estadounidense, al tiempo que cuestionan su dependencia de Visa y Mastercard; hace apenas un año, esto habría sido impensable.
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La realidad es que 2025 fue un año en el que todo cambió. La pregunta ahora es si 2026 será el año en el que corrijamos el rumbo. Existe una oportunidad: EE.UU. ostenta la presidencia del G20 y Francia la del G7. Juntos, los dos países pueden impulsar medidas para restaurar la estabilidad de un sistema global incierto y cada vez más fragmentado.
Si no actuamos, el estándar de vida en todas partes disminuirá y las políticas proteccionistas que hoy cuentan con el apoyo popular se volverán impopulares. Pero, para entonces, puede que sea demasiado tarde.
Escrito por Gita Gopinath
Nota: La autora es profesora de Economía de la cátedra Gregory y Ania Coffey en la Universidad de Harvard y anteriormente fue primera subdirectora gerente y economista jefe del Fondo Monetario Internacional (FMI).









