
Muchas tradiciones de fin de año en Perú están llenas de supersticiones. Algunas personas se ponen ropa interior amarilla, el color de la suerte, para dar la bienvenida al año nuevo. Otras esconden lentejas en sus carteras para atraer la riqueza. Y muchas se despiden de forma catártica del año viejo quemando efigies de figuras públicas odiadas, sobre todo políticos.
“La gente quiere quemarlos en la vida real, pero como no pueden hacerlo, queman efigies en su lugar”, comentó Yacco Vásquez, quien durante los últimos 13 años ha fabricado y vendido muñecos de fin de año. Reunirse alrededor de una hoguera con los seres queridos para ver cómo se queman las efigies de los funcionarios puede ser uno de los aspectos más amables de la política peruana.
A finales de diciembre, las efigies de funcionarios y exfuncionarios cuelgan de los puestos del mercado cerca del Parlamento y del Palacio Presidencial en Lima, la capital. Las consignas en los muñecos de José Jerí, el presidente interino, son particularmente groseras. Otra efigie es un collage de todos los legisladores del Congreso, una muestra de desprecio hacia el órgano legislativo.
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“Los odio a todos, pero a estos los odio más”, aseguró un cliente mientras compraba muñecos que representaban a Jerí, a Dina Boluarte, la última expresidenta, y a Rafael López Aliaga, uno de los principales candidatos a la presidencia: tres de las figuras más odiadas de este año.
Cuatro de los expresidentes de Perú están tras las rejas. Las elecciones presidenciales de abril han presentado hasta ahora una serie de candidatos impopulares, por lo que hay mucho combustible para avivar el fuego.
Los peruanos se han visto afectados por una ola de delitos violentos, mientras que las reformas tan necesarias no se han materializado. “Existe la sensación de que todo el mundo es corrupto, de que nada cambia nunca. Eso crea un espacio para la venganza, aunque sea simbólica”, afirmó Alex Huerta-Mercado, de la Pontificia Universidad Católica del Perú.
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Algunos dicen que la tradición proviene de los ritos paganos europeos de renovación que trajeron a Sudamérica los colonos españoles; otros sostienen que las costumbres andinas nativas fueron una influencia. Sea cual sea la chispa inicial, los políticos peruanos parecen empeñados en mantener viva la llama.
Las efigies que compra la gente son una muestra de la mentalidad de los votantes, afirmó Vásquez. Las ventas de la efigie de Keiko Fujimori, una habitual candidata presidencial (que siempre ha fracasado), las cuales solían venderse como pan caliente, han bajado este año. Lo mismo ocurrió con las de Martín Vizcarra, un expresidente recientemente condenado (que ha apelado su sentencia), cuyo hermano se presenta con la promesa de indultarlo.
Sin embargo, en una reñida carrera electoral, eso podría no tener ninguna relevancia. Quienquiera que gane, seguramente aparecerá en las hogueras del próximo año, una tradición que los peruanos parecen amar más que a sus líderes.









