
Innovar es apenas el primer paso que se necesita para construir un proyecto. El verdadero desafío aparece cuando se debe demostrar su funcionalidad, validar que responda a una necesidad real, identificar a los posibles clientes y conseguir los recursos para llevar un proyecto innovador a gran escala.
Según Patricia Larios-Francia, docente e investigadora de la Universidad del Pacífico, una innovación social no debe confundirse necesariamente con una iniciativa sin fines de lucro. Si se busca que un proyecto sea sostenible en el tiempo, debe existir un modelo de negocio que permita generar ingresos, recuperar inversión y continuar desarrollándose de manera autónoma.

Del prototipo a la evidencia
Un prototipo representa un primer acercamiento a la realidad del producto, pero no demuestra por sí solo que la innovación esté lista para llegar al mercado. De acuerdo con Patricia Larios-Francia, antes del escalamiento se necesitan procesos de validación, testing y, dependiendo del sector, certificaciones y exigencias regulatorias.
En esa línea, sostuvo que en el caso de innovaciones relacionadas con la salud, la rigurosidad es mayor, ya que la tecnología debe demostrar su exactitud mediante pruebas y evidencia clínica suficiente.
Agregó que una herramienta de este tipo, por ejemplo, podría generar consecuencias si entrega un resultado incorrecto o poco preciso, por lo que no basta con que técnicamente funcione.
Por ello, la docente indicó que una innovación debía contar con evidencia que respalde su potencial de escalamiento. Al respecto, identificó estos frentes clave: evidencia tecnológica, que demuestra que la solución funciona; evidencia clínica, cuando se trata de un producto de salud; evidencia de mercado, sustentada en pruebas, datos reales y validación de la demanda; y evidencia regulatoria, necesaria para cumplir con las exigencias del sector.
Con esta información, los emprendedores pueden construir un sustento para presentar sus proyectos ante potenciales inversionistas o fondos.

Por otro lado, la ingeniera Margarita Mondragón, directora de la dirección de Innovación y Transferencia Tecnológica (DITT) de la Universidad Nacional de Ingeniería (UNI), señaló que primero debe identificarse los problemas o necesidades.
“Conoce a tu cliente, conoce a tus potenciales clientes, conoce qué problemas tienen”, señaló a Gestión. Desde su perspectiva, no se trata solo de desarrollar un prototipo, sino de partir de un problema tecnológico concreto y conocer directamente las necesidades de quienes podrían utilizar la solución.
Para Mondragón, una innovación debe partir de un problema real para tener mayores posibilidades de convertirse en una solución útil en un largo plazo.
La innovación necesita un modelo de negocio
Incluso cuando una solución demuestra que funciona, aparece otro desafío: determinar cómo financiar su desarrollo y convertirla en un negocio sostenible.
La docente de la UP precisa que para que un proyecto sea rentable se requiere definir cuánto capital requiere el proyecto, cómo se comercializará, quiénes serán sus clientes y cómo se recuperará la inversión inicial.
También supone tener claridad sobre el flujo de caja y considerar que quien recibe el beneficio no siempre es quien paga por la solución.
Partamos de un ejemplo planteado por Larios-Francia. Una innovación tecnológica para la agroindustria cuyo costo podría llegar a US$ 15,000, al respecto una cooperativa podría ser la beneficiaria, pero no necesariamente tendría capacidad para pagar ese monto. En este caso, el comprador podría ser una empresa grande, una minera o una compañía interesada en financiar proyectos de impacto social.
No obstante, la ingeniera Mondragón advirtió que no necesariamente todas las innovaciones sociales tienen que medirse únicamente por su rentabilidad económica. En esa línea, indicó que una tecnología dirigida por ejemplo, a una población vulnerable puede tener un mercado con poca capacidad de pago y, aun así, generar un enorme valor social.
En esos casos, consideró que el Estado y las políticas públicas pueden ayudar a que estas soluciones lleguen a quienes las necesitan. El reto, entonces, no siempre será encontrar un comprador tradicional, sino identificar el mecanismo que permita financiar y sostener la solución sin perder su objetivo social.
Para Mondragón, el respaldo institucional también puede marcar una diferencia frente a los inversionistas. No basta con afirmar que una idea es buena: el emprendedor debe demostrar quién la ha validado y qué instituciones han acompañado su desarrollo.
Los errores que frenan el salto al mercado
En su calidad como jurado en competencias de startups y emprendimientos, la investigadora Larios-Francia, identificó como uno de los principales errores de los jóvenes el “enamorarse” de su solución y dejar de escuchar las observaciones de especialistas o del propio mercado.
Añadió que el entusiasmo por sacar adelante una idea puede impedirles reconocer que existen otras alternativas o incluso mejores soluciones.
Otro problema es que no identifican con claridad quién es el cliente real. Una innovación podría estar dirigida a un grupo que necesitaba la solución, sin embargo, no necesariamente cuenta con la capacidad para pagarla.
Por ello, se debe analizar desde el inicio quién puede comprar el producto o servicio y dónde existe realmente un mercado dispuesto a pagarlo.
Un tercer error esta relacionado con la búsqueda de financiamiento. En ese contexto, cuestionó que algunos fondos o programas exigieran entregables como papers, prototipos, patentes o tesis, lo que podía hacer que los emprendedores dedicaran tiempo a cumplir requerimientos administrativos en lugar de avanzar con las pruebas, el trabajo de laboratorio o campo y el contacto con sus clientes.
Proteger la idea es clave
Otro obstáculo puede aparecer incluso antes de conseguir financiamiento: proteger la propiedad intelectual.
Patricia Larios-Francia advirtió que algunos emprendedores exponen públicamente sus proyectos mientras buscan fondos o reconocimiento, sin haber revisado previamente si su innovación podía ser protegida.
Esta práctica puede poner en riesgo una futura patente, por lo que recomendó evaluar la propiedad intelectual desde las primeras etapas y evitar la divulgación de detalles sensibles antes de iniciar los procedimientos correspondientes.
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Más allá de proteger la idea, el desafío está en conseguir que una innovación pueda trascender el prototipo y convertirse en una solución sostenible y replicable.
Y es que, el éxito de una innovación social no radica únicamente en desarrollar un prototipo, sino en “conseguir que la solución resuelva efectivamente el problema que busca atender, pueda replicarse, sea accesible y resulte económicamente sostenible en el tiempo”.
Jóvenes universitarios impulsan la innovación
Los jóvenes desde las distintas casas de estudio desarrollan iniciativas para atender una problemática.
Por ejemplo, un grupo de jóvenes de la Universidad Antonio Ruiz de Montoya (UARM) creó un bastón inteligente que detecta peligros en el entorno y alerta al usuario de manera inmediata.
Con una inversión cercana a los 120 soles, los estudiantes de la carrera de Ingeniería Industrial de la UARM, diseñaron un bastón inteligente orientado a mejorar la seguridad y la independencia de personas con discapacidad visual, baja visión y adultos mayores.
El dispositivo utiliza sensores que detectan situaciones de riesgo y emiten alertas en tiempo real, ofreciendo una alternativa tecnológica accesible para facilitar la movilidad.
Los estudiantes, explicaron que el prototipo reúne tres tecnologías de asistencia que emiten alertas sonoras, táctiles mediante vibración y otras señales preventivas para advertir al usuario sobre posibles situaciones de riesgo durante su desplazamiento.
“Estos dispositivos trabajan de manera integrada para brindar información oportuna del entorno, favorecer una orientación más segura y contribuir a una mayor autonomía de las personas con discapacidad visual”, indicó uno de los estudiantes, Elías Ramos.
Un grupo de estudiantes de Tecsup desarrolló HidroSmart, un sistema de riego inteligente que busca optimizar el uso del recurso hídrico y fortalecer la capacidad de respuesta de los cultivos frente a eventos climáticos extremos. La solución integra sensores de humedad, electroválvulas y una plataforma digital que permite monitorear en tiempo real las condiciones del suelo para determinar cuándo y cuánto regar. A diferencia de los métodos tradicionales, el sistema divide el terreno en sectores independientes y activa el riego únicamente en las áreas que realmente lo necesitan, evitando el desperdicio de agua y favoreciendo un uso más eficiente del recurso. “Identificamos que uno de los principales problemas en la agricultura es que aún se utilizan métodos de riego que desperdician grandes cantidades de agua. Con HidroSmart buscamos que el agricultor tenga información en tiempo real para tomar mejores decisiones y regar únicamente donde el cultivo lo necesita, optimizando el uso del recurso hídrico”, señaló Carlos Ormeño, estudiante de la carrera de gestión y mantenimiento de maquinaria pesada de Tecsup.

Hem.IA, también es un proyecto de innovación tecnológica desarrollado por jóvenes universitarios de distintas especialidades que combina inteligencia artificial con un dispositivo óptico de bajo costo conectado a un smartphone.
José Carlos Manchego, CEO del proyecto y ganador de Protagonistas del Cambio UPC comentó que la herramienta busca apoyar la detección de anemia, malaria y Chagas, aunque la mayor parte de los datos con los que trabaja corresponde a anemia.
El proyecto comenzó con 200 muestras y actualmente amplia su validación clínica, mientras apunta a obtener el registro sanitario ante Digemid.
A la fecha, los creadores de Hem.IA han invertido alrededor de US$ 4,000 entre capital propio, pequeñas rondas de financiamiento y reconocimientos obtenidos en competencias. Para continuar con la validación clínica y avanzar en su escalamiento, buscan levantar una ronda pre-seed de US$ 300,000.








