
En un edificio del Huairou Science City (Beijing), los pasillos huelen a soldadura, gel de silicona y otros materiales. Tras los ventanales, científicos ajustan tarjetas electrónicas mientras programadores corren pruebas de gestos en pantallas llenas de parámetros. En un laboratorio del denominado “Silicon Valley” chino, la actividad no para: placas, sensores y líneas de software dan vida a una cabeza robótica que sonríe, duda y mira fijo. No habla quechua, todavía. Pero en estas mesas de investigación ya se preguntan si algún día guiará turistas en Machu Picchu o acompañará a una familia peruana.










