El piso es la estabilidad macroeconómica, la seguridad jurídica y la confianza mínima para invertir y contratar. (Foto: Andina)
El piso es la estabilidad macroeconómica, la seguridad jurídica y la confianza mínima para invertir y contratar. (Foto: Andina)

Mi hijo termina la universidad a finales de año. Piensa en su vida laboral, su independencia y su futuro. Se pregunta si comenzará su carrera profesional en una economía en expansión o en una paralizada, con menos vacantes, movilidad y opciones. Esa preocupación no es solo suya. La vi también hace unas semanas conversando con jóvenes peruanos en una universidad extranjera, quienes se preguntaban si volver al Perú significaría oportunidades o frustración. Y la escuché en jóvenes de regiones, frustrados por los recortes a las becas para estudios universitarios.

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El Perú no tiene hoy una casa ordenada, sino una casa averiada. Tiene paredes dañadas y cañerías rotas: instituciones debilitadas, inseguridad, corrupción, escuelas deterioradas, hospitales sin citas y obras inconclusas. Y esto se siente con más fuerza fuera de Lima, donde la falta de seguridad, infraestructura, conectividad y servicios públicos limita oportunidades que deberían estar al alcance de todos.

Lo que debemos cuidar es la capacidad de generar oportunidades. (Fotos: Joel alonzo/ @photo.gec)
Lo que debemos cuidar es la capacidad de generar oportunidades. (Fotos: Joel alonzo/ @photo.gec)

Sin embargo, incluso en una casa averiada, el piso es lo que sostiene todo lo demás: si se quiebra, la casa se viene abajo. Ese piso es la estabilidad macroeconómica, la seguridad jurídica y la confianza mínima para invertir y contratar.

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Al menos la economía ha funcionado. Para millones de familias, la principal fuente de bienestar ha sido su esfuerzo en una economía que funcionaba: trabajo, negocio, emprendimiento e ingresos. No fue un Estado eficiente el que las sacó adelante. Lo que debemos cuidar, entonces, es esa capacidad de generar oportunidades; y lo que debemos corregir es la incapacidad del Estado para convertir crecimiento y recursos públicos en servicios de calidad. La discusión económica no es un lujo tecnocrático, es bienestar cotidiano. Cuando la economía crece, las familias pueden consumir, pagar servicios, invertir en educación y, muchas veces, salir de la pobreza.

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Con ese criterio, la pregunta electoral no es quién promete la casa perfecta, sino quién tiene más probabilidad de mantener el piso, mientras exigimos reparar las paredes. No estamos frente a una opción ideal. Una de las candidaturas arrastra un alto rechazo y una historia que divide; deberá ser vigilada con firmeza. Aun así, ofrece mayor probabilidad de preservar la economía de mercado, la autonomía del Banco Central, la inversión privada y el dinamismo del empleo.

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La otra opción intenta proyectar moderación con un nuevo plan y nuevos integrantes en su equipo. Sin embargo, hasta hace unos días sostenía propuestas como una Asamblea Constituyente, revisión de contratos y mayor participación del Estado en la economía. Además, conserva cerca a Antauro Humala, de quien tuvo la oportunidad de marcar distancia en el debate y no lo hizo.

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No se trata de una preocupación abstracta. En la región, las promesas refundacionales han terminado debilitando instituciones, espantando inversión y deteriorando la vida de sus ciudadanos. Venezuela y Bolivia son advertencias cercanas. Durante el Gobierno de Pedro Castillo, los peruanos estuvimos cerca de ese camino. Entre julio del 2021 y mayo del 2022, siendo presidenta de IPAE, emitimos comunicados mes a mes para alertar sobre nombramientos sin idoneidad, restricciones a la prensa, opacidad de la agenda presidencial, amenazas a la inversión, ataques a la meritocracia y debilitamiento de instituciones. Lo dije entonces, teníamos un “agresor en casa”. Roberto Sánchez fue su ministro durante esos meses y hoy hace campaña como su heredero.

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Cuidar el piso no es defender el statu quo ni entregar un cheque en blanco. Es evitar que se rompa lo que todavía permite empleo, inversión y oportunidades, mientras exigimos cambios profundos en seguridad, salud, educación e institucionalidad. Votar blanco o nulo puede expresar malestar, pero no evita que alguien gobierne. En segunda vuelta, la decisión no es quién merece entusiasmo, sino qué escenario deja más espacio para defender libertades, empleo y futuro.

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El 7 de junio, cuidemos el piso. Se lo debemos a los jóvenes que comienzan su vida laboral –mi hijo entre ellos– y a millones de familias que sostienen su bienestar con esfuerzo propio. Desde el día siguiente, exijamos reconstruir las paredes: mejores servicios públicos, más institucionalidad y un Estado que sirva al ciudadano.

Elena Conterno es especialista en políticas públicas.

Las opiniones vertidas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor.

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