
En época de elecciones es normal ver las cosas peor de lo que están. Y eso no necesariamente es malo: votamos esperando que el país mejore, y los políticos hacen campaña ofreciendo cambios. Nadie llega al poder prometiendo dejar todo igual.
Pero una cosa es mirar la realidad con sentido crítico y otra muy distinta es negarse a ver sus avances. Hay una gran diferencia entre decir que un vaso está medio vacío y afirmar que está completamente seco. Pensaba en ello a propósito del último reporte del INEI sobre pobreza, que mostró que más de medio millón de peruanos dejó esa condición en el 2025, aunque todavía tenemos 2.3 millones de pobres más que antes de la pandemia.
A raíz de estas cifras, algunos han vuelto a cuestionar el modelo económico implementado en el Perú en los años 90, basado en la estabilidad macroeconómica, la apertura comercial y la promoción de la inversión privada. Pero una cosa es reconocer que llevamos varios años estancados y otra muy distinta es sostener que las reformas de las últimas décadas no funcionaron.
Vale la pena recordar cómo era el Perú a inicios de los noventa: un país cuyo nivel de pobreza afectaba a casi el 60% de los peruanos; sin reservas internacionales, con una de las hiperinflaciones más altas del mundo, incapaz de pagar sus deudas y atravesando una crisis tan profunda que el Fondo Monetario Internacional (FMI) llegó a calificarnos como “inviables”.
Frente a esa crisis, economistas, empresarios, políticos y miembros de la sociedad civil participaron en el diseño e implementación de un nuevo modelo económico que terminó generando el cambio más positivo de la historia reciente del Perú. Tomó tiempo ordenar el país, pero los resultados comenzaron a llegar. Además, coincidimos con un contexto internacional muy favorable: el boom de las materias primas, especialmente del cobre, que impulsó aún más el crecimiento a partir del 2004.
La combinación entre estabilidad económica, inversión privada y un entorno global favorable permitió que el Perú creciera a tasas superiores al 5% anual durante más de una década. La pobreza cayó de 59% a 20%, acumulamos más de US$68 mil millones en reservas internacionales y millones de familias accedieron por primera vez a mejores oportunidades, educación, salud y vivienda. No por casualidad, en el extranjero se hablaba del “milagro económico peruano”.
Pero reducir la pobreza no es solo una cuestión de ingresos. También mejoraron indicadores como la esperanza de vida, la mortalidad infantil, el acceso a servicios de salud y la alfabetización. Asimismo, el Estado pudo recaudar más recursos para financiar programas sociales y obras públicas. Nada de eso ocurrió por accidente.
Sin embargo, desde hace casi una década el Perú crece muy poco. La inversión privada se frenó, la incertidumbre política se volvió permanente y hemos perdido capacidad para impulsar reformas importantes. El resultado ha sido menos empleo, menos oportunidades y mayores dificultades para seguir reduciendo la pobreza.
Hoy el contexto internacional vuelve a jugar a nuestro favor. El mundo sigue demandando cobre, minerales y alimentos que el Perú puede producir competitivamente. Tenemos nuevamente la posibilidad de retomar una etapa de crecimiento extraordinario. No deberíamos perder esa oportunidad.
Para lograrlo, necesitamos reforzar las bases que permiten que una economía crezca de manera sostenida: recuperar la confianza, reactivar la inversión privada, destrabar proyectos de infraestructura y volver a apostar por generar empleo y productividad. Pero también debemos fortalecer nuestra democracia, recuperar instituciones y construir un Estado mucho más capaz de proveer servicios públicos de calidad.
El crecimiento económico no ocurre por sí solo. Requiere liderazgo, consensos y una sociedad que vuelva a involucrarse activamente en la construcción de un mejor país. No escuchemos los cuentos de quienes dicen que nada funcionó. El Perú tiene una historia real de éxito en la reducción de pobreza. Ya demostramos que podemos transformar el país cuando trabajamos juntos y pensamos en grande. Y precisamente porque ya lo hicimos una vez, podemos volver a hacerlo.

Es CEO de Yape desde el 2022 y miembro del Comité de Gestión del BCP. Anteriormente fue Socio de McKinsey & Company Perú durante 13 años, donde lideró proyectos y acompañó iniciativas de transformación digital y lanzamiento de negocios digitales en bancos de Perú, Chile, Colombia, Ecuador, Jamaica y Argentina.








