
Hay conocimientos que aprendemos en el colegio y utilizamos durante toda la vida. Aprendemos a leer, escribir, sumar, restar y muchas más cosas. Sin embargo, en la escuela no nos preparan para llegar a la adultez para tomar buenas decisiones financieras. La educación financiera sigue ocupando un espacio secundario en la formación escolar, cuando debería ser una herramienta básica para la vida.
Personalmente, pienso que es muy importante entender desde niño qué significa ahorrar, invertir, endeudarse, pagar intereses, planificar y tomar decisiones pensando también en el futuro. La necesidad es aún mayor en un contexto en el que el sistema financiero se vuelve cada vez más accesible y aparecen nuevas alternativas.
Uno de los problemas es que muchas personas tienen su primer contacto real con las finanzas cuando ya deben tomar decisiones importantes. Llegan a la mayoría de edad, reciben su primer sueldo o solicitan una tarjeta de crédito y recién entonces comienzan a descubrir conceptos básicos. La primera clase de educación financiera no debería llegar después de la primera deuda.
El colegio puede cumplir un papel fundamental porque permite construir esos conocimientos antes de que las decisiones tengan consecuencias económicas importantes. Entender la inflación, por ejemplo, permite comprender que el dinero pierde poder adquisitivo con el tiempo. Entender la inversión permite conocer que existen diferentes alternativas y niveles de riesgo. Y entender el crédito permite reconocer que el dinero prestado tiene un costo y que una decisión tomada hoy puede comprometer ingresos futuros.
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Esto resulta especialmente relevante en el caso de las tarjetas de crédito. Muchos jóvenes optan por utilizar tarjetas de débito porque son más sencillas de entender y manejar, mientras que no siempre conocen cómo funciona el crédito ni las responsabilidades que implica. Una tarjeta de crédito puede ofrecer beneficios, descuentos y otras ventajas, pero su uso exige disciplina: conocer las condiciones, pagar a tiempo y entender el costo de financiar una compra. Sin esa información, es fácil terminar utilizando el crédito sin comprender sus consecuencias y asumir deudas que podrían haberse evitado.
Ahora bien, enseñar educación financiera no debería limitarse a memorizar conceptos. Tiene que ser práctica y conectarse con situaciones que los jóvenes puedan reconocer. Un pequeño emprendimiento escolar puede convertirse en una clase de economía. Por eso, enseñar finanzas en el colegio también significa enseñar autonomía. Una persona financieramente educada no es necesariamente aquella que tiene más dinero, sino aquella que entiende las consecuencias de sus decisiones y puede tomar decisiones informadas con los recursos que tiene.

Cabe resaltar que incorporar educación financiera a los colegios tampoco significa necesariamente crear una asignatura más que recargue una currícula ya exigente. Puede enseñarse de manera transversal: matemáticas puede incorporar ejercicios de interés y presupuesto; cívica puede abordar derechos y responsabilidades financieras; negocios puede enseñar costos y rentabilidad. Lo importante es que el estudiante entienda que las decisiones económicas forman parte de su vida cotidiana.
La pregunta que deberíamos hacernos es por qué esperamos a que una persona cometa errores financieros para enseñar cosas que pudo haber aprendido antes. Esperamos que aprenda a manejar una tarjeta después de endeudarse. Que entienda la importancia del ahorro después de enfrentar una emergencia. Que descubra el costo de un préstamo después de asumir una deuda. Que piense en su futuro financiero cuando ya tiene responsabilidades que limitan sus opciones. Lo ideal es anticiparse porque la educación financiera no debería ser una consecuencia de los errores de la adultez.









