
La orientación vocacional suele aparecer en la vida de muchos estudiantes cuando la secundaria está por terminar y la presión por elegir una carrera ya es inminente. Sin embargo, especialistas consultados por Gestión coinciden en que ese enfoque llega tarde. Las consecuencias no solo se reflejan en cambios de carrera, deserción universitaria o frustración personal, sino también en costos económicos para las familias y en una creciente desconexión entre la formación profesional y las necesidades del mercado laboral.
La discusión cobra relevancia en un contexto en el que miles de jóvenes deben decidir qué estudiar sin haber desarrollado previamente un proceso de autoconocimiento ni haber recibido información suficiente sobre las oportunidades laborales existentes.
El costo oculto de elegir mal
Para María Mor, directora senior de desarrollo de mercado de College Board LATAM, uno de los principales problemas es que muchos estudiantes llegan a la universidad sin haber identificado con claridad sus intereses, motivaciones y fortalezas académicas.
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La especialista señala que, según datos de Unesco, en América Latina más del 50% de los jóvenes desertan durante el primer año universitario o cambian de carrera. Detrás de estas decisiones existen costos que recaen directamente sobre las familias, que deben asumir nuevos pagos por matrículas, ciclos académicos, procesos de admisión o incluso años adicionales de estudio.
“Vemos a muchos padres de familia y a jóvenes con frustraciones porque están cambiando de carrera. Deciden que eso no era para ellos o sienten que no estaban preparados”, explicó.
Desde una perspectiva económica, el impacto va mucho más allá de cada caso individual. Rosa Luz Durán, profesora de Economía de la Universidad de Lima, advierte que cuando la formación de los jóvenes no coincide con las necesidades del sector productivo se genera una pérdida de eficiencia en el capital humano.
“Cuando la elección de una carrera no está alineada con las demandas reales del sector productivo, se genera un fenómeno conocido como sobreeducación o subempleo profesional, en el que los egresados terminan en puestos informales o de baja productividad que no corresponden con sus años de inversión educativa”, señaló.
De acuerdo con la experta, esta situación implica que familias, Estado e instituciones privadas destinan recursos a formar profesionales que luego el mercado no logra absorber adecuadamente.
Según recuerda, cifras del Ministerio de Trabajo y Promoción del Empleo (MTPE) muestran que siete de cada diez jóvenes con estudios superiores enfrentan dificultades para acceder a empleos vinculados directamente con la carrera que estudiaron, una situación que refleja la persistente desconexión entre la oferta educativa y la demanda laboral.
¿Estamos empezando demasiado tarde?
Uno de los puntos de mayor coincidencia entre los especialistas consultados es que la orientación vocacional debería comenzar mucho antes de lo que ocurre actualmente.
Mor considera que en muchos países de la región, incluido Perú, la orientación suele iniciarse recién en cuarto o quinto de secundaria, cuando los estudiantes están a uno o dos años de egresar del colegio.
Desde la experiencia de College Board, la recomendación es empezar el proceso en primero o segundo de secundaria para identificar intereses y motivaciones, y reforzarlo en tercero o cuarto año para vincular esas preferencias con posibles rutas académicas y profesionales.
No obstante, Beatriz Canessa Lohmann, jefa del Departamento de Orientación Psicopedagógica de la Universidad de Lima, plantea que el trabajo debería comenzar incluso antes.
“La orientación vocacional no debería limitarse a los últimos años de secundaria. Un proceso realmente efectivo debe iniciarse desde los últimos grados de primaria, con actividades que fomenten el autoconocimiento y la identificación de talentos”, sostuvo.
La especialista explica que la orientación no debe reducirse a la elección de una carrera, sino entenderse como un proceso continuo que permita construir un proyecto de vida coherente con las capacidades, intereses, valores y realidad económica de cada estudiante.

Cuando la presión pesa más que la vocación
Los expertos también advierten sobre los riesgos de tomar decisiones influenciadas por factores externos.
Canessa señala que entre los errores más frecuentes figuran la falta de autoconocimiento, la presión familiar, la influencia de los amigos o la elección de carreras por prestigio o moda.
“Muchos estudiantes deciden sin haber identificado sus intereses, habilidades y valores personales”, afirmó.
Las consecuencias pueden ser significativas. Según la especialista, una elección vocacional realizada bajo presión puede derivar en desmotivación académica, frustración personal, ansiedad, abandono de estudios o cambios posteriores de carrera.
Estudios e informes citados por la académica indican que entre el 20% y el 30% de los estudiantes universitarios peruanos abandona o cambia de carrera durante el primer año, siendo una de las principales causas una elección inadecuada.
La brecha entre educación y empleo
El problema también tiene implicancias para la competitividad del país. Durán advierte que Perú enfrenta un desajuste entre las carreras que estudian muchos jóvenes y las habilidades que demandan las empresas. Mientras existe escasez de profesionales en áreas como tecnología de la información, ciberseguridad e ingenierías especializadas, otros campos muestran señales de saturación.
Esta brecha, sostiene, limita la capacidad de las empresas para innovar, adoptar nuevas tecnologías y expandirse.
“Las organizaciones terminan incurriendo en mayores costos de reentrenamiento o incluso recurriendo a talento extranjero para cubrir posiciones especializadas”, indicó.
Frente a ello, plantea que el Estado, los colegios y las universidades deben actuar de manera coordinada. Entre las medidas necesarias menciona fortalecer la información sobre empleabilidad, modernizar los programas de orientación vocacional y acercar a los estudiantes a las necesidades reales del mercado laboral.
Un debate pendiente
En medio de las discusiones sobre empleabilidad y formación profesional, algunas organizaciones del sector educativo han comenzado a plantear medidas para fortalecer la orientación vocacional desde la etapa escolar. La Asociación de Institutos y Escuelas de Educación Superior (ASIEES) y el Centro para el Análisis de Políticas Públicas de Educación Superior (CAPPES) propusieron la creación de un Servicio Nacional de Orientación Vocacional como una de las acciones que debería impulsarse en los primeros meses del próximo gobierno.
La propuesta surge en un contexto donde muchas decisiones académicas siguen tomándose con información limitada. A ello se suma que, mientras el mercado laboral muestra una mayor demanda de perfiles técnicos que universitarios, una amplia mayoría de jóvenes continúa optando por estudios universitarios.
Para Javier Rubio, presidente de ASIEES, el principal desafío no radica en la falta de talento, sino en la escasez de información para tomar decisiones adecuadas. En ese sentido, sostuvo que una orientación vocacional más sólida podría contribuir a reducir la deserción educativa y mejorar la correspondencia entre la formación de los estudiantes y las necesidades del mercado laboral.
“En un contexto donde el país tendrá menos jóvenes en el futuro, optimizar las decisiones educativas de cada estudiante se vuelve una prioridad nacional. Además, contribuiría a construir un sistema más eficiente, donde las decisiones vocacionales están basadas en evidencia y no en prejuicios o desinformación”, sostuvo por su parte Jorge Mori Valenzuela, director ejecutivo de CAPPES.
Un proceso que no termina al elegir una carrera
Canessa recuerda que, en un mercado laboral cada vez más dinámico, los jóvenes probablemente enfrentarán múltiples cambios de empleo e incluso profesiones que hoy todavía no existen.
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Por ello, considera que el elemento central debe ser el autoconocimiento, una herramienta que permita adaptarse a nuevos escenarios académicos y laborales a lo largo de la vida.
“Elegir una carrera no es un punto final, sino el inicio de un camino flexible y en constante evolución”, afirmó.
En esa línea, los expertos coinciden en que una orientación temprana y sostenida no solo ayudaría a reducir la deserción universitaria y mejorar la empleabilidad, sino también a formar profesionales más preparados para responder a los desafíos de una economía que cambia cada vez más rápido.

Licenciado en Ciencias de la Comunicación, con especialidad en Periodismo, por la Universidad Tecnológica del Perú, con más de 12 años de experiencia en medios de comunicación. Actualmente escribo sobre política, economía y actualidad.







