
“No quiero correr riesgos con mi dinero”. Es una frase que escucho con frecuencia y que parece razonable. El problema es que casi siempre usamos la palabra riesgo para referirnos a una sola cosa: que nuestra inversión baje de precio.
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Si una inversión cae 5%, sentimos que es riesgosa. Si el saldo de una cuenta prácticamente no se mueve, sentimos que estamos seguros. Pero en finanzas personales esa definición puede llevarnos a tomar decisiones equivocadas.

Imagina que tienes S/100,000 que no vas a necesitar durante los próximos veinte años. Decides mantenerlos en una alternativa que prácticamente no fluctúa porque quieres “proteger tu capital”. Supongamos también que ese dinero apenas logra mantener su valor nominal mientras la inflación promedio es de 3% anual. Dentro de veinte años seguirás viendo aproximadamente los mismos S/100,000 en tu estado de cuenta. No perdiste dinero, al menos a simple vista.
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Pero esos S/100,000 tendrían el poder de compra de unos S/55,000 de hoy. ¿Fue realmente una inversión sin riesgo?
Este es uno de los conceptos más importantes y menos intuitivos de las finanzas personales: volatilidad y riesgo no son exactamente lo mismo.
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La volatilidad mide cuánto puede subir y bajar el precio de una inversión en el camino. El riesgo que realmente debería preocuparnos es otro: la posibilidad de que nuestro dinero no alcance para cumplir el objetivo para el cual estamos invirtiendo.
Si estás ahorrando para la cuota inicial de un departamento que comprarás dentro de seis meses, una fuerte caída del mercado puede ser un problema serio. Tu horizonte es corto y necesitas el dinero en una fecha determinada. En ese caso, proteger el capital tiene mucho sentido.
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Pero si tienes 35 años y estás invirtiendo para tu jubilación dentro de treinta años, intentar eliminar cualquier fluctuación también puede ser riesgoso. Una cartera excesivamente conservadora puede darte mucha tranquilidad hoy y muy poco dinero mañana.
Por eso, antes de decidir si una inversión es “muy riesgosa”, vale la pena hacerse tres preguntas bastante más útiles.
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La primera: ¿cuándo voy a necesitar este dinero? El plazo cambia completamente lo que significa asumir riesgo.
La segunda: ¿cuánto necesito que crezca? No todos nuestros objetivos requieren la misma rentabilidad.
Y la tercera: ¿qué podría impedirme alcanzar mi objetivo? A veces será una caída del mercado. Pero otras veces será la inflación, una rentabilidad demasiado baja, retirar el dinero antes de tiempo o simplemente haber ahorrado poco.
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Esto también explica por qué no existe una inversión universalmente “segura”. Una alternativa puede ser perfectamente adecuada para un objetivo de corto plazo y completamente inadecuada para uno de largo plazo. Queremos buenos retornos sin caídas, crecimiento sin incertidumbre y seguridad sin renunciar a rentabilidad. Lamentablemente, ese producto no existe.
No te digo que debas invertir de una determinada manera ni cuánto riesgo deberías tomar; eso depende de tu situación, tus necesidades y tu tolerancia personal, y conviene evaluarlo con asesoría profesional.
Pero la próxima vez que alguien te diga que una inversión es segura simplemente porque su precio casi no se mueve, hazte una pregunta adicional: ¿segura para qué?
Porque en finanzas personales el mayor riesgo no siempre es ver cómo tu inversión cae durante algunos meses. A veces es llegar veinte años después y descubrir que, por intentar no perder nunca, tu dinero no creció lo necesario.
Antonio Cevallos es gerente general de BBVA Asset Management







