
Trabajo en una industria que vive de encontrar las palabras correctas. Y hay una que aparece con una frecuencia sospechosa: confianza.
Las marcas quieren inspirarla. Las empresas aseguran cultivarla. Los líderes prometen construirla. Todos hablamos de confianza como si bastara con mencionarla para que existiera.
Cada vez sospecho más que, muchas veces, cuando hablamos de confianza, solo estamos haciendo un saludo a la bandera.
Hace unos días, Ricardo Gareca me dijo una frase que no he podido sacarme de la cabeza:
“La confianza se construye en la dificultad.”
No dijo que la confianza ayuda a atravesarla.
Dijo que se construye ahí.

Y esa diferencia cambia por completo la manera de entenderla.
Nos enseñaron que primero debemos confiar para enfrentar los problemas. Como si la confianza fuera el punto de partida. Pero quizá funciona exactamente al revés: primero atravesamos la dificultad y solo después descubrimos que confiamos.
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La confianza no se declara. Se acumula.
No aparece porque alguien nos diga que todo saldrá bien. Surge cuando miramos hacia atrás y descubrimos que ya sobrevivimos a algo que parecía imposible.
Por eso se parece menos a una emoción y más a una cicatriz.
Es la evidencia de que algo dolió, pero también de que seguimos adelante.
Aquí solemos confundir confianza con optimismo.
El optimismo mira hacia adelante y espera que las cosas salgan bien.
La confianza mira hacia atrás y recuerda que ya salió de momentos peores.
El optimismo puede existir sin pruebas.
La confianza, no.
Por eso tampoco estoy segura de que los peruanos seamos un país optimista. Esa sería una conclusión demasiado simple. Tenemos demasiadas razones para sentir frustración y convivimos con una incertidumbre que parece formar parte del paisaje.
Y, sin embargo, seguimos.
Seguimos emprendiendo, contratando, estudiando, invirtiendo y empezando otra vez.
No porque estemos convencidos de que todo saldrá bien.
Seguimos porque ya hemos atravesado suficientes crisis como para saber que también podremos atravesar la siguiente.
Eso no es positivismo.
Es memoria.
Hemos sobrevivido al terrorismo, la hiperinflación, desastres naturales, una pandemia y una crisis política que parece no terminar nunca.
Cada etapa dejó pérdidas.
Pero también dejó evidencia.
La evidencia de que, aunque parezca inverosímil, seguimos aquí.
Tal vez por eso confiamos en un país del que, al mismo tiempo, desconfiamos.
La contradicción parece absurda, pero explica buena parte de lo que somos. Podemos desconfiar de las instituciones y, aun así, levantarnos cada mañana para sacar adelante un negocio, una familia o un proyecto.
Las contradicciones suelen incomodarnos, pero también obligan a mirar dos veces. Y pocas describen mejor al Perú que esta.
Esta reflexión también alcanza a quienes construimos empresas, marcas, equipos e incluso discursos políticos. Durante años hemos intentado comunicar confianza como si fuera un atributo que pudiera instalarse con una campaña o un buen mensaje.
Pero la confianza no se instala.
Se gana.
No confiamos en alguien por lo que dice, sino porque ya lo vimos actuar cuando las cosas se complicaron. Porque sostuvo una decisión cuando era más fácil retroceder. Porque respondió cuando otros desaparecieron.
Las personas, los equipos, las empresas y también los gobiernos construyen confianza exactamente igual: actuando con coherencia cuando llegan los momentos difíciles.
Por eso la frase de Gareca me parece mucho más poderosa que cualquier invitación al pensamiento positivo.
La confianza no consiste en creer que todo saldrá bien.
Consiste en saber que, si sale mal, tendremos la capacidad de volver a empezar.
Quizá ese sea nuestro error más frecuente: creer que la confianza nace de las palabras, cuando en realidad nace de la evidencia.
En estas Fiestas Patrias vale la pena recordarlo. La confianza no se construye cuando ganamos, sino cuando perdemos y, aun así, decidimos no abandonar el partido.

CEO de Boost y directora de Women CEO. Una de los 100 líderes con mayor reputación del país, según Merco. Autora de cinco libros de marketing.








