
A casi cinco años del impacto de la pandemia, el turismo receptivo en el país continúa sin recuperar los niveles alcanzados en el 2019. Mientras el turismo internacional ya volvió prácticamente a la normalidad y países vecinos como Colombia y Chile no solo se recuperaron, sino que superaron sus cifras prepandemia, el Perú no logra reponerse al ritmo del mundo, evidenciando problemas estructurales, fallas de gestión y una política de promoción que no se ha adaptado a los nuevos retos de la industria.
En el 2019, el Perú recibió alrededor de 4.4 millones de turistas internacionales, cifra que se convirtió en el punto de referencia para medir la recuperación. Sin embargo, entre enero y noviembre del 2025 arribaron 3.81 millones de visitantes internacionales, una cifra insuficiente para afirmar que el país ha regresado plenamente al volumen anual prepandemia.
El contraste regional es elocuente. Colombia pasó de 4.5 millones de visitantes internacionales en el 2019 a aproximadamente 6.7 millones en el 2024, marcando un récord histórico. Chile, por su parte, recibió más de 5.2 millones de turistas internacionales en el 2024, superando en alrededor de 16% sus cifras prepandemia. Y para el 2025 las estimaciones y datos parciales disponibles muestran que ambos países han tenido un fuerte crecimiento el año pasado. Es decir, mientras otros destinos de la región ya capitalizaron la recuperación global del turismo, el Perú sigue rezagado.
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Esta realidad resulta aún más preocupante si se considera que, a nivel mundial, el turismo internacional ya alcanzó cerca del 99% de los niveles del 2019. La demanda existe, pero el Perú no logra captar su cuota de manera competitiva. Parte de la explicación está en la debilidad de la infraestructura y la conectividad turística. El país sigue dependiendo de pocos puntos de entrada y de circuitos altamente concentrados, con proyectos estratégicos -como el aeropuerto de Chinchero en Cusco- acumulando retrasos significativos para su culminación, ahora prevista para el 2028. A ello se suman problemas de accesibilidad, informalidad y falta de articulación del transporte, que deterioran la experiencia del visitante.
Sin embargo, uno de los factores más críticos es menos visible: una política de promoción turística estática y desfasada. Desde hace más de 20 años, el Perú repite esencialmente las mismas acciones promocionales: grandes campañas internacionales, presencia en ferias tradicionales y mensajes genéricos centrados en los mismos íconos. Estas campañas implican inversiones millonarias de recursos públicos, pero no han demostrado con claridad resultados concretos, especialmente en el escenario postpandemia.
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La crisis sanitaria exigía un cambio profundo de enfoque: promoción basada en inteligencia de mercados, segmentación de audiencias, reputación digital, gestión de riesgos, sostenibilidad y recuperación de la confianza del viajero. No obstante, desde el 2022, año en que terminó la pandemia y comenzó la reactivación, no se ha explicado con suficiente claridad cómo se miden los resultados de estas campañas, qué indicadores justifican el gasto público ni de qué manera contribuyen efectivamente a cerrar la brecha con los niveles del 2019.

Esta desconexión entre promoción y realidad se refleja con crudeza en el manejo de Machu Picchu, el principal atractivo turístico del país. En lugar de consolidarse como un ejemplo de gestión moderna y sostenible, el destino ha sido escenario recurrente de conflictos: problemas en la venta de entradas, protestas, bloqueos de accesos y turistas varados. Resulta contradictorio invertir millones en promoción mientras el principal ícono turístico proyecta una imagen de desorden y falta de un manejo adecuado.
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Finalmente, el contexto de violencia e inestabilidad social ha tenido un impacto directo en el turismo receptivo. Para el viajero internacional, la estabilidad y la previsibilidad son factores clave, y ninguna campaña publicitaria puede compensar una percepción de riesgo.
El Perú mantiene un potencial extraordinario: patrimonio cultural único, biodiversidad y una gastronomía reconocida. Pero cinco años después de la pandemia, la evidencia es clara: el potencial no se traduce automáticamente en resultados. Recuperar y superar los niveles prepandemia exige más que repetir fórmulas del pasado. Requiere infraestructura funcional, gestión profesional de los destinos, estabilidad interna y una promoción turística moderna, evaluable y alineada con la demanda mundial. Sin ese giro estratégico, el turismo receptivo seguirá por debajo de lo que el Perú podría y debería alcanzar.









