Al final de tu día, con mucha probabilidad, alguien te pregunta: “¿qué tal tu ?”. Antes de contestar, te propongo que te tomes un momento para pensar la respuesta con cuidado.

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, desde enfermedades cardiovasculares hasta trastornos mentales. No son accidentes visibles, sino el resultado acumulado de largas jornadas, inseguridad laboral, acoso y hasta violencia en el lugar de trabajo, entre otros factores.

Según el Instituto Nacional de Salud Mental, siete de cada diez trabajadores experimentan estrés crónico y uno de cada seis enfrenta el síndrome de burnout. (Foto: Istock)
Según el Instituto Nacional de Salud Mental, siete de cada diez trabajadores experimentan estrés crónico y uno de cada seis enfrenta el síndrome de burnout. (Foto: Istock)

En el Perú, este problema forma parte de la experiencia laboral de miles de personas. Según el , siete de cada diez trabajadores experimentan estrés crónico y uno de cada seis enfrenta el síndrome de burnout. A la par, según el Minsa, más de 1.7 millones de personas recibieron atención en salud mental en 2025, sobre todo por trastornos de ansiedad, episodios depresivos y reacciones graves al estrés. El malestar psicosocial y los problemas de salud mental han dejado de ser una situación excepcional y se han instalado como una condición extendida en los centros de trabajo.

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No estamos ante un problema nuevo, sino ante uno que está siendo más visible y está cambiando de escala, de manera preocupante. La digitalización y la inteligencia artificial están redefiniendo cómo se coordina, supervisa y evalúa el trabajo; el auge del trabajo remoto e híbrido ha desdibujado las fronteras entre la vida laboral y personal; y nuevas formas de empleo introducen mayor incertidumbre sobre ingresos, derechos y condiciones laborales. A ello se suman factores externos, como las tensiones políticas o la incertidumbre social, que también se filtran en los lugares de trabajo.

En ese contexto, los riesgos no desaparecen: se reconfiguran. Se expresan en cargas de trabajo persistentes, menor control sobre las tareas, aislamiento o entornos donde la violencia y el acoso siguen presentes. Hoy, el 23 % de los trabajadores en el mundo lo ha experimentado de alguna forma a lo largo de su vida laboral, mientras que el 35 % trabaja más de 48 horas semanales.

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Estas condiciones no solo afectan la salud de las personas, también reducen el desempeño, incrementan el ausentismo, erosionan la productividad y terminan impactando en la sostenibilidad de las organizaciones y el crecimiento económico. Según la OIT, los riesgos psicosociales explican la pérdida de cerca de 45 millones de años de vida saludable cada año y generan un costo equivalente al 1.37 % del PBI mundial. La forma en que se organiza el trabajo no solo define cómo viven las personas, sino también cómo funcionan las economías.

No se trata de trasladar la responsabilidad a las personas, sino de intervenir en las condiciones que generan el problema. (Foto: composición/istock)
No se trata de trasladar la responsabilidad a las personas, sino de intervenir en las condiciones que generan el problema. (Foto: composición/istock)

La OIT plantea que los riesgos psicosociales deben abordarse desde su origen, es decir, desde cómo se definen las funciones que debe desarrollar cada persona, cómo se organiza el trabajo y cómo funcionan las políticas y prácticas que lo rigen. Para ello, propone mirar el entorno laboral en tres niveles interrelacionados: la naturaleza del propio trabajo (sus exigencias, responsabilidades, sentido y uso de habilidades); la forma en que este se gestiona (claridad de roles, autonomía, carga y ritmo de trabajo, calidad de la supervisión); y, finalmente, los marcos más amplios que lo regulan (condiciones de empleo, tiempos de trabajo, sistemas de evaluación, gestión del cambio o mecanismos de participación).

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En términos más concretos, esto se traduce en prioridades reconocibles. Revisar cargas y ritmos de trabajo para evitar la sobreexigencia sostenida. Asegurarse que las funciones estén claramente definidas y que las expectativas sean previsibles y razonables. Fortalecer liderazgos que no solo gestionen tareas, sino que generen entornos de confianza y apoyo, pero, además, que existan sistemas de control y evaluación que permitan asegurar que se avanza en el sentido que se espera para lo que resulta muy útil incorporar de manera efectiva la prevención de la violencia y el acoso en los sistemas de gestión. Y, de forma transversal, garantizar que trabajadores y empleadores participen en la identificación y solución de los riesgos. No es un enfoque abstracto: es una agenda concreta de cómo organizar mejor el trabajo para proteger la salud y sostener la productividad.

Este enfoque parte de una premisa fundamental: no se trata de trasladar la responsabilidad a las personas, sino de intervenir en las condiciones que generan el problema. La evidencia muestra que las respuestas centradas exclusivamente en el individuo, como los programas aislados de manejo del estrés, son insuficientes si no se acompañan de cambios en la organización del trabajo. Estas últimas han demostrado ser las más efectivas para proteger la salud y, al mismo tiempo, mejorar el desempeño.

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En el caso peruano, este enfoque adquiere especial relevancia. La alta tasa de informalidad, así como la diversidad de sus manifestaciones, la heterogeneidad de condiciones laborales y las brechas en acceso a protección social hacen aún más necesario un abordaje preventivo y sistémico. Integrar los riesgos psicosociales en las políticas de seguridad y salud en el trabajo, fortalecer las capacidades de las empresas —especialmente de las mipymes— y promover el diálogo social son pasos clave para avanzar.

Cada 28 de abril, en el Día Mundial de la Seguridad y Salud en el Trabajo, la OIT invita a trabajadores, empleadores y gobiernos a poner el foco en el derecho fundamental de todas las personas a contar con espacios de trabajo seguros. Este año, ese foco se desplaza hacia un terreno menos visible, pero cada vez más determinante: el entorno psicosocial y la salud mental en el trabajo. Por eso, cuando alguien pregunte “¿qué tal el trabajo?”, detengámonos a escuchar. En esa respuesta —más de lo que parece— se juegan tanto el bienestar de las personas como la sostenibilidad de las empresas.

Ítalo Cardona es director de la Oficina de la OIT para los Países Andinos.

Las opiniones vertidas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor.

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