
Hay países que viven tranquilos porque saben que algo puede fallar y aun así seguir funcionando. Y hay otros –como el nuestro– donde todo parece estable, solo mientras nada falle.
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En el día a día no pensamos en eso. La luz prende, el gas llega, el precio del pasaje se mantiene. Esa rutina da una sensación de seguridad que no nace de un sistema fuerte, sino de uno que todavía no ha sido puesto a prueba. Sin embargo, el problema aparece cuando algo se interrumpe. No desaparece el recurso. No se acaba el petróleo ni el gas. Lo que falla es el camino.

Eso es lo que hoy se ve en el estrecho de Ormuz. El crudo sigue ahí, pero por ese paso circula cerca de una quinta parte del petróleo que consume el mundo. Cuando cruzarlo se vuelve más caro o incierto, los precios reaccionan de inmediato. No esperan escasez: se anticipan.
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Camisea es la versión local del mismo problema. El gas no falta, pero depende de una sola vía. Cuando ese ducto se rompe, el impacto es inmediato: racionamiento, plantas detenidas, electricidad más cara. Más del 40% de la energía eléctrica del país depende de ese gas. Sin alternativa, el margen desaparece.
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En Perú, todo esto se siente más rápido. La energía más cara afuera y los problemas adentro empujan mucho más los costos. Ya se habla nuevamente de una inflación acercándose al 3%, de recibos más altos, de un tipo de cambio más nervioso. Al comienzo parece controlable. Luego se va filtrando. Y cuando llega al bolsillo, ya no importa de dónde vino el problema.
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Por eso la pregunta no es qué va a pasar después, ni cuándo se normalizará todo. La pregunta es más incómoda: qué tan expuestos estamos cuando algo no sale como estaba previsto.
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Prepararse no es adivinar el próximo shock. Es asumir que el gasoducto puede volver a fallar, que el precio internacional de la energía puede saltar en días y que la economía no debería paralizarse cada vez que eso ocurre. Significa tener más de una ruta para el gas, mayor respaldo en el sistema eléctrico y una matriz menos concentrada, de modo que un problema en Camisea no se convierta automáticamente en un problema para todo el país.
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Porque el verdadero riesgo no es el evento, sino el diseño. Un país puede absorber shocks cuando tiene margen, alternativas y flexibilidad. Cuando no las tiene, cualquier interrupción –por lejana o técnica que parezca– termina traduciéndose en precios más altos y en un ajuste silencioso que siempre paga el mismo: el ciudadano de a pie.
Carlo León es gerente de Renta Fija en Prima AFP.







