
Hay una forma de charlatanería especialmente peligrosa: la que se disfraza de intelectualidad para ocultar la ignorancia. Observar al presidente José María Balcázar es asistir al espectáculo de un prestidigitador de la palabra que, mientras recita a Platón o Kant con una suficiencia impostada, está prendiéndole fuego a la caja fiscal. Al ningunear a Julio Velarde tratándolo de “simple sociólogo con matemáticas”, Balcázar no solo exhibe una soberbia infinita, sino una desconexión patológica con la realidad.
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La semana pasada, el presidente interino alcanzó un nuevo nivel de audacia retórica. Al ser consultado por las advertencias de Julio Velarde, presidente del BCR, sobre la inviabilidad de las leyes populistas aprobadas por el Congreso, el jefe de Estado respondió con una displicencia que ya quisieran los aristócratas de la Ilustración: “Un economista es un simple sociólogo que conoce un poco de matemáticas, nada más”. Y remató con una frase que es un monumento a la soberbia: “Los hombres inteligentes tienen que darse cuenta”.

Siguiendo la lógica presidencial, Velarde –el banquero central más respetado de la región– es apenas un contador con ínfulas. Lo curioso es que esa “inteligencia” a la que apela Balcázar parece consistir en cerrar los ojos ante un tsunami de gasto público que no tiene respaldo en la realidad.
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Entremos en los datos que el presidente considera “simples matemáticas”. Solo en marzo, el Congreso –con la complicidad o el silencio de Palacio– ha aprobado leyes que costarán S/ 11,400 millones anuales. El Consejo Fiscal ha levantado la mano desesperadamente: otorgar gratificaciones y CTS a los trabajadores CAS y nivelar las pensiones de los maestros suena a justicia social, pero sin financiamiento es solo un pagaré sin fondos.
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Pero el festín no termina ahí. Petroperú, que ya nos ha costado más de S/ 17,800 millones de soles entre el 2022 y 2025 para “mantenerse a flote”, está por recibir un nuevo salvavidas. Según trascendidos, Balcázar ya habría prometido a la federación petrolera otros 2,000 millones de dólares adicionales. Es una adicción al rescate estatal que haría palidecer a cualquier filósofo estoico. El FMI ya lo dijo con la elegancia diplomática que los caracteriza: “resístanse a las iniciativas sin financiación”.
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La advertencia de Velarde es clara y dolorosa: estamos entrando con “peor pie” al tramo final del mandato, debilitando las acciones de quien asuma el próximo Gobierno. Se está dejando una bomba de tiempo con la mecha muy corta y el tanque de gas muy cerca.
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Gobernar no es un seminario de filosofía. Si el presidente quiere seguir conversando con Kant o Hegel, está en su derecho, pero sería saludable que, de vez en cuando, baje del Olimpo y reciba a los técnicos que sí saben sumar y restar. Porque, al final del día, las deudas no se pagan con silogismos ni con la “República” de Platón; se pagan con la plata de todos los peruanos, esa que hoy se está despilfarrando.
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El próximo Gobierno no recibirá una posta, recibirá un campo minado. Y mientras la economía se precariza, el presidente seguirá ahí, perdido en su laberinto de citas célebres, convencido de que la realidad es solo una sombra en la pared de la caverna. Qué pena que el hambre y la inflación no se solucionen con una lectura de Schopenhauer. Alguien debería avisarle que, en el mundo real, la “razón pura” no paga la planilla.
Omar Mariluz Laguna es periodista.






