
Este 2026 promete aún más agitación, pero no desespere: es año de Copa del Mundo, el mejor placebo posible para los dolores de la vida cotidiana.
El regreso del mayor evento deportivo del mundo al hemisferio occidental después de 12 años tiene a la región en vilo. El fútbol vuelve a ofrecer un escenario para los sueños, la rivalidad y el drama, en un momento en el que América Latina se enfrenta a algunos de sus mayores retos geopolíticos en generaciones. México, que coorganiza el evento junto con Estados Unidos y Canadá, intentará romper su maldición y llegar a las fases decisivas. La actual campeona, Argentina, buscará revalidar el título. Colombia (13.ª en la clasificación mundial de la FIFA) y Ecuador (23.ª) llegan con sus equipos más fuertes en décadas. Incluso Paraguay (39.ª) podría dar la sorpresa.
Pero si tuviera que elegir un ganador ahora, a menos de seis meses del inicio del torneo el 11 de junio, me decantaría por Brasil, cinco veces campeón y la selección más exitosa en la historia de la Copa del Mundo. Tras una larga racha de decepciones desde su último título en 2002, incluida la traumática derrota en la Copa del Mundo celebrada en su país en 2014, Brasil parece finalmente listo para perseguir su ansiado hexa, como los brasileños llaman a esa esquiva sexta estrella. No se enfaden, fanáticos del fútbol no brasileños; solo escúchenme.
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Brasil se encamina hacia lo que será la Copa del Mundo más grande —y más ávida de dinero— de la historia, con 104 partidos en 16 estadios de tres países y precios de entradas exorbitantes, respaldada por su habitual derroche de talento. Si buscamos entre casi cualquier club europeo de primer nivel, encontraremos a un brasileño destacado: Gabriel Magalhães en el Arsenal, Raphinha en el Barcelona, Estêvão en el Chelsea y muchos otros.
El talento en casa también ha aumentado, con equipos locales ganando las últimas siete ediciones de la Copa Libertadores. A esto hay que añadir el intenso calor del verano del hemisferio norte, condiciones a las que los jugadores brasileños están mucho más acostumbrados, y la celebración del torneo en el mismo país donde ya fueron campeones del mundo de 1994. Por no mencionar su otro triunfo norteamericano, la emblemática edición de México 1970. Todo ello juega claramente a favor de Brasil.
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Sin embargo, el mayor impulso es la llegada en mayo de Carlo Ancelotti como director técnico, el primer extranjero en dirigir la Seleção. Tras un periodo turbulento marcado por tres entrenadores en poco más de dos años y escándalos recurrentes en la federación de fútbol, Ancelotti ha aportado calma, autoridad y experiencia. El italiano es uno de los más laureados en la historia del fútbol de clubes y sabe cómo jugar partidos eliminatorios mejor que casi nadie, ya que ha ganado cinco veces la Liga de Campeones como entrenador. Ese tipo de liderazgo estable y sin dramas es exactamente lo que le ha faltado a Brasil. También tiene un largo historial de sacar lo mejor de las estrellas brasileñas, desde Kaká hasta Vinícius Jr.
Y hay más. Brasil ha quedado en un grupo favorable, en el que se enfrentará a Marruecos, Escocia y Haití, una configuración que debería permitirle superar con comodidad la primera ronda. Si Neymar, el máximo goleador de la historia de Brasil y todavía su mayor estrella en activo, logra recuperarse de sus recurrentes lesiones y problemas físicos, podría ser un activo crucial incluso a sus 34 años. Y para los supersticiosos, existe esa extraña numerología que sugiere que 2026 está “destinado” a ser el año de Brasil.

En conjunto, las posibilidades de Brasil parecen mucho más sólidas que el 9% que sugieren los mercados de apuestas o el modesto 5.6% que arrojan las simulaciones de la supercomputadora de Opta. No ser el favorito absoluto podría ayudar a un equipo que ya soporta la presión de las expectativas de más de 200 millones de aficionados. Por descabellado que parezca, tras 24 años sin ganar un título, alrededor de un tercio de la población brasileña nunca ha visto a su selección, antaño invencible, levantar una Copa del Mundo. Ya es hora.
Como argentino, no me es nada fácil admitir esto. Daría lo que no tengo por ver a Lionel Messi, el mejor de la historia en este deporte, levantar su segunda Copa del Mundo después de aquella inolvidable final en Catar en 2022. Pero, estadísticamente, es casi imposible. Ningún país ha ganado dos títulos consecutivos en más de 60 años; el último fue la Brasil de Pelé en 1962, cuando solo 16 selecciones participaron en el torneo.
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Argentina también puede pagar un precio por no haber completado la transición desde su triunfante equipo de 2022. Y la ampliación a 48 equipos solo dificulta las cosas para cualquier contendiente. Los Mundiales son, ante todo, eventos arriesgados, que se deciden por márgenes mínimos: un disparo que roza el poste y entra en lugar de salir; una atajada milagrosa del arquero; una mala decisión arbitral amplificada por un sistema VAR desigual. Quien levante el trofeo en 2026 habrá sobrevivido a cinco partidos eliminatorios consecutivos, una hazaña extraordinaria en el fútbol moderno.
Aun así, la esperanza es lo último que se pierde. Mi cabeza dice Brasil, pero mi corazón sigue sabiendo a quién pertenece. Dejémoslo en manos de los dioses de la Copa del Mundo.
Escrito por Juan Pablo Spinetto








