
En 2007, Vanessa Siragusa y su esposo, Gustavo Michelsen, luchaban por abrir el primer local de Danica, que finalmente vio la luz en San Isidro. “Mi esposo iba en las noches y, con un encendedor, se sentaba a dibujar cómo imaginaba el lugar: cómo se vería, qué tendría”, recuerda Vanessa. “Éramos jóvenes, no teníamos capital para invertir, pero igual nos arriesgamos”.
El alquiler del local era inicialmente de US$ 1,000, pero al momento de firmar el contrato el propietario elevó el monto a US$ 1,300. “Entramos en pánico”, recuerda Siragusa. Por suerte, consiguieron un socio dispuesto a apoyarlos y confiar en el proyecto. “Aunque primero tenía que probar mi sazón”, dice Vanessa. Un domingo lo invitó a su casa y le preparó el risotto de lomo que entonces era su plato bandera. Convenció su paladar y obtuvo el capital que necesitaban. “Con lo que generó el primer local abrimos el segundo, y así seguimos avanzando”, relata.
Desde entonces, y a lo largo de 18 años, el grupo ha atravesado dificultades, retos y oportunidades que transformaron el negocio familiar con la incorporación de La Caffetteria di Lonato en 2017, Croissant & Café en 2020 y, más recientemente, La Grotta, inaugurado a fines de 2025 como su proyecto más ambicioso.

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Aprendiendo del pasado
Durante más de diez años, Danica mantuvo cuatro locales en operación y crecimiento. Pero la pandemia cambió el rumbo del negocio. En 2020 cerraron tres sedes —hoy solo conservan la de El Polo, en Surco—, aunque lograron sostener La Caffetteria di Lonato y Croissant & Café, que había abierto apenas semanas antes de la emergencia sanitaria.
Hoy, Vanessa mira hacia atrás y aterriza las posibilidades del grupo. “Creo que ya no vamos a expandir más La Caffetteria. Es un concepto muy demandante: la carta es enorme y requiere mucho personal”, reflexiona.
“El viaje con Danica ha sido un aprendizaje enorme. Hemos pasado de todo. Nos han robado, he pintado paredes, he vendido mis joyas y el carro de mi esposo. Mis padres me decían que estaba loca”, recuerda al pensar en los momentos que los obligaron a decidir entre seguir o rendirse. “Mi esposo es un arquitecto frustrado; ama el diseño. Se involucró al 100% y me motivó muchísimo. Sola no lo hubiera logrado”, admite.
Durante la pandemia, además del cierre de locales, enfrentaron incrementos en los alquileres. La respuesta fue adaptarse rápido. En La Caffetteria abrieron una pequeña ventana para vender café y pan, mientras incorporaban parte de la carta de Danica. “Eso nos ayudó muchísimo”, dice. En El Polo, añade, el negocio logró mantenerse estable porque el alquiler estaba atado al nivel de ventas.
Siragusa atribuye parte de su resistencia a una personalidad arriesgada y optimista. “A veces somos muy impulsivos, muy de corazón. Nadie frena a nadie”, menciona.

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La Caffetteria, el acierto
La Caffetteria nació inspirada en uno de los grandes hobbies de Gustavo Michelsen: el karting. “Lonato es un circuito muy famoso en Italia”, cuenta Vanessa. Desde que abrieron el local, ubicado en una esquina de Santa Cruz, en San Isidro, el crecimiento ha sido sostenido.
Vanessa asegura que la apuesta siempre ha sido mantener insumos de calidad, incluso si eso implica sacrificar margen. “Trabajamos con productos de Adrimpex y Premium Brands. Todo es real: el aceite de oliva, la pasta con buen parmesano. La idea es comer rico a buen precio”, sostiene.

El café es Illy, la reconocida marca italiana, pese a que el kilo cuesta hasta tres veces más que uno peruano. “Nos gusta por su calidad constante y su baja acidez”, explica. Entre los platos imperdibles menciona el risotto de lomo y los escalopines: lomo fino paraguayo con salsa al romero, palta y arroz. “Es una cocina bien casera y sana”, afirma. También destacan los bowls de pollo con quinua y los helados artesanales, todos elaborados en casa.
“En La Caffetteria tenemos público todo el día”, comenta. Y reconoce que parte de la inspiración vino de Gianfranco Café, del que era clienta frecuente por sus sánguches y opciones de almuerzo.
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La Grotta, ristorante e salumeria
El miembro más reciente del grupo nació a fines de 2025, aunque —dice Vanessa— llevaba cerca de cuatro años cocinándose lentamente.
“Había que encontrar el local ideal y reunir la inversión, porque queríamos un espacio elegante, pero relajado; con buena comida y buenos vinos. Creo que logramos un lugar de buen gusto que no intimida”, reflexiona. En este proyecto comparte sociedad con José López, fundador de Carnal.
La propuesta es totalmente italiana. “La carta mezcla recetas mías y de Tito Salini, el chef de cocina. Compartimos ideas y las desarrollamos juntos”, explica. Entre sus recomendaciones están la milanesa de cerdo coronada con trufa y huevo, y los tortellini rellenos de prosciutto.
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Sicilia en las venas

Vanessa visita Sicilia todos los años para ver a su familia. Su padre llegó al Perú trabajando para el Banco de Crédito Italiano y ella creció rodeada de cocina casera. “Desde chiquita me daban masa de pasta para entretenerme y me encantaba”, recuerda.
Esa conexión terminó marcando su camino. Primero estudió Administración de Servicios y luego cocina en Asti, en la región italiana de Piemonte. Uno de sus pendientes, admite, es retomar el mundo del vino, otra de sus pasiones.
Sobre el negocio, Vanessa asegura que el grupo cerró 2025 con ventas superiores a las de 2024. Este año, en cambio, el desempeño ha sido más variable: algunos meses crecen y otros no. Aun así, mantienen una mirada conservadora y esperan cerrar el año al alza. Sobre una posible expansión, tiene clara la prioridad: enfocarse y perfeccionar lo construido. “No pensamos expandirnos más. Queremos mejorar, crear nuevos platos y no matar al cliente con los precios”, concluye.

Blend de orígenes entre Perú, Uruguay y Venezuela. Es periodista y sommelier. Estudió en Bordeaux, una de las cunas del vino, y trabajó en Italia con la familia Zonin; hasta que se instaló en Lima en 2013. Ha incursionado en diferentes áreas de la industria vitivinícola.








