
Durante las vacaciones del Festival de Primavera, que este año se extendieron del 15 al 23 de febrero, China se reagrupa y se reencuentra. Las personas cruzan el país en trenes de alta velocidad para reunirse con sus familias, ver robots danzantes en la televisión y entregar sobres rojos con billetes nuevos a los parientes más jóvenes. Pero, sobre todo, se reúnen para comer.
En un café de Fuzhou, ciudad del sur, locales y turistas comían cheesecake y bebían kombucha. Un cliente pidió wontons envueltos en láminas de “piel de golondrina”, hechas con una mezcla de almidón de batata y cerdo machacado. “Me gusta mucho comer”, dijo Yu Huan, otra clienta que trabaja en moda en Shanghái. “Es una de las formas en que obtengo felicidad”.

Este año la Oficina Nacional de Estadísticas (NBS) se sumó al espíritu festivo revelando, por primera vez, cuánto gastan exactamente los consumidores chinos en alimentos. La cifra surgió de una revisión del índice de precios al consumidor. Las nuevas ponderaciones indican que los alimentos (excluyendo comidas fuera del hogar, alcohol y tabaco, con los que a menudo se agrupan) representaron el 17,2% del consumo de los hogares el año pasado. La cifra equivalente en Estados Unidos fue inferior al 8%.
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Estos porcentajes confirman la pasión china por la comida. Pero también tienen una implicancia menos tranquilizadora.
China puede estar muy por delante de Estados Unidos en robots danzantes y trenes de alta velocidad, pero sigue rezagada en una de las medidas más antiguas del desarrollo económico: la ley de Engel. Esta sostiene que, a medida que aumentan los ingresos, las personas destinan una menor proporción de ellos a la alimentación.
Esta regularidad, descubierta hace casi 170 años por el economista alemán Ernst Engel, es una de las “relaciones más duraderas de la economía”, según Richard Anker, de la Universidad de Massachusetts en Amherst. Puede utilizarse para predecir el gasto en alimentos, pero también a la inversa, para inferir ingresos. En igualdad de condiciones, sostenía Engel, la proporción del gasto destinada a alimentos es “la mejor medida del nivel material de vida de una población”.
Engel descubrió su indicador a partir de datos recopilados meticulosamente por otros. Edouard Ducpétiaux, jurista belga, tabuló los presupuestos de 199 hogares en las nueve provincias de su país en la década de 1850. Frédéric Le Play, sociólogo pionero, recopiló cifras similares de 36 familias en Europa, ganándose su confianza con elogios, pequeños obsequios y “conversaciones interesantes”.
Ducpétiaux y Le Play habían “entregado las perlas”, admitió Engel, “pero no el hilo”. Lo que unía los datos era la relación constante entre dinero y comida que él detectó. Al revisar la ley 150 años después, Anker comprobó que el vínculo seguía siendo evidente en más de 200 países. Incluso la NBS china la toma en serio: el “coeficiente de Engel”, afirmó el año pasado, es un “indicador importante para medir el nivel de vida de los residentes”.

Varios economistas confían más en esta medida que en las cifras oficiales de ingresos de China. En 2014, Emi Nakamura y Jón Steinsson, de la Universidad de California en Berkeley, y Miao Liu, de Boston College, utilizaron el hallazgo de Engel para cuestionar las estadísticas de crecimiento e inflación del país. Compararon hogares en 2006 con otros que alcanzaron ingresos similares dos años después. Descubrieron que estos últimos seguían destinando una proporción sustancialmente mayor de su presupuesto a alimentos. Tal vez no eran tan prósperos como indicaban las cifras oficiales.
La ley de Engel también preocupa a Adam Wolfe, de Absolute Strategy Research. Señala que el coeficiente oficial (que incluye cigarrillos, alcohol y comidas fuera del hogar, además de alimentos) ha dejado misteriosamente de caer pese al crecimiento reportado. Estos rubros representaron el 29,3% del consumo en 2025, el mismo nivel que ocho años antes. Esta “violación” de la ley de Engel, argumenta Wolfe, sugiere que China ha sufrido un “grave retroceso en su desarrollo”.
Pero la ley de Engel tiene un matiz: comer fuera. Cuando las personas comen en un restaurante o café no solo compran comida; también pagan por la preparación, el lavado y el ambiente. Anker realizó trabajo de campo para cuantificar este punto. Compró fideos y bollos al vapor en mercados callejeros de Xi’an y también visitó McDonald’s y Outback Steakhouse en Massachusetts. En lugar de comer los platos, pesó sus ingredientes y estimó su costo. Calculó que la comida callejera china costaba hasta 30% más que una comida similar preparada en casa; McDonald’s, 150% más; el bistec, 233% adicional.
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La ley de Yu
Si las comidas fuera del hogar se incluyen en el cálculo de la ley de Engel, el peso del gasto en alimentos puede sobreestimarse. Pero excluirlas implica el riesgo contrario. La NBS no reveló cuánto gastan los chinos en restaurantes, ni proporcionó una medida histórica que excluya ese componente antes de 2025. Ello dificulta saber si salir a comer ha estado sosteniendo el coeficiente de Engel.
Datos de la plataforma financiera Wind ofrecen una pista: el gasto en restaurantes y servicios de catering pasó del 5% del consumo en 2017 al 7,4% en 2024. Si se restan estas cifras del coeficiente oficial, el peso de los alimentos habría sido de 20,7% en 2017, muy por encima del 17,2% de 2025. Es decir, al excluir las comidas fuera del hogar, la proporción destinada a alimentos ha seguido cayendo. China, después de todo, no ha infringido la ley de Engel.
En Fuzhou, Yu aporta evidencia anecdótica. Viajó para visitar restaurantes, no a su familia. Ha probado hotpot de mariscos, sopa de maní y albóndigas de pescado locales. “La comida representa la mayor parte de mi presupuesto”, confiesa. Pero no se trata de un retroceso económico. Su límite no es el dinero, sino el estómago. “Como una sola persona, no puedo comer tanto”, dice. “Por eso me quedé cinco días.”

The Economist, con sede en Londres, publica sobre la economía desde un marco global.









