
La palabra bóveda evoca puerta blindada y oro a buen recaudo, porque, bien lo describió Francisco de Quevedo, “poderoso caballero es don Dinero”, “que da y quita decoro y quebranta cualquier fuero”. Sin embargo, aquella que habita en el Banco Central de Reserva del Perú (BCRP) propone otra lectura del tesoro: piezas de valor histórico que permiten revisar las creencias y las decisiones económicas de otras épocas.

- LEA TAMBIÉN: Julio Velarde: “No cualquiera puede sustituirme (en el BCRP)”, ¿cuáles son sus razones?
Dimensión de la riqueza peruana
Desde 1929, en la intersección de los jirones Lampa y Ucayali, funcionaba la sede operativa del BCRP, donde se almacenaban las reservas del país en forma de oro, monedas de plata, billetes y bonos; o, al menos, lo que quedaba de esta lista, porque el vínculo entre el dinero nacional y el “metal amarillo” tuvo fecha de quiebre: el 19 de abril de 1931. Mediante el decreto ley N° 7126, el país abandonó oficialmente el patrón oro a propósito de la turbulencia internacional tras la Gran Depresión.
Diego Winkelried, jefe del Departamento Académico de Finanzas de la Universidad del Pacífico (UP), lo explica: “Bajo el patrón oro, el valor de la moneda estaba vinculado a una cantidad fija de oro y existía el compromiso de convertir los billetes en ese metal. [...] Luego, el sistema de Bretton Woods estableció un vínculo indirecto: las monedas mantenían paridades respecto del dólar y este era convertible en oro. Por tanto, ya no era necesario que cada banco central mantuviera físicamente el metal en sus propias bóvedas. Desde los años setenta, con el abandono de la convertibilidad del dólar en oro, el dinero es fiduciario: su valor no depende de un respaldo metálico, sino de su aceptación generalizada y de la confianza en las instituciones monetarias”.
En efecto, en este marco, en 1979, debido al crecimiento institucional y operativo del ahora considerado el corazón de la estabilidad monetaria del país, las funciones se trasladaron a la avenida Santa Rosa, repasa María del Pilar Riofrío, directora de la red de museos de la institución. Como la antigua bóveda dejó de acopiar reservas financieras, el directorio aprobó transformar el edificio en un espacio cultural que, bajo la dirección del curador de arte Carlos Rodríguez y del estudio de arquitectura Cooper, Graña y Nicolini (CGN), abrió sus puertas al público en 1982: el Museo Central del BCRP.
En la etapa inicial, cuenta la experta, se dispuso el sótano para la exhibición de cerámica precolombina, con una colección Vicús que Domingo Seminario donó; el primer piso para la exhibición de la colección numismática; y el segundo piso para la formación de la pinacoteca mediante un proyecto de adquisición de obras que documentaran la historia desde la Independencia.
“Fue un momento muy valioso. [....] El BCRP estaba cumpliendo con una parte importante: desde que se crea el banco, en sus estatutos incluye un aspecto cultural que tiene que ver con promover, preservar y difundir el patrimonio cultural de la nación”, menciona.
Coincide Winkelried: “El banco ha incorporado esta labor en su reglamento institucional como una contribución a la sociedad. Este aporte va mucho más allá de la custodia de piezas históricas en una bóveda. [...] Se trata de una contribución valiosa a la preservación y difusión del patrimonio cultural. No obstante, conviene distinguir claramente ambas funciones; por más positivo que sea este aporte, no forma parte del mandato monetario del BCRP ni tiene una incidencia directa sobre la calidad de la política monetaria”.
La incidencia se traslada, más bien, al pensamiento colectivo, asegura Fernando Solís, docente de Investigación de Mercados Aplicada de la UPC. Frente a la exigencia moderna de inmediatez, productividad y eficiencia económica, el patrimonio histórico pone en primer plano aquello que ninguna cifra alcanza a explicar: las personas, la cultura y la memoria.
“La historia que está en la bóveda es muy importante porque nos ilustra sobre lo que ha pasado, cómo lo hemos resuelto y cómo tenemos que seguir enfrentándolo en el futuro, porque hay países que vuelven a repetir los errores que otros han cometido”, complementa.


Herencia material
El contenido de la “cámara acorazada”, detalla Riofrío, comprende la colección de orfebrería y metalurgia precolombina de Hugo Cohen, la cual ingresó inicialmente en comodato y fue integrada luego como legado testamentario. Entre sus piezas más icónicas destacan los tumis de la cultura Lambayeque —uno elaborado íntegramente en oro y otro bimetálico en oro y plata, por ejemplo—, que representan al personaje mitológico Naylamp: él luce un tocado con una gran corona, pendientes con forma de aves e incrustaciones de turquesas en las pupilas. La figura de Naylamp se aprecia también en las máscaras funerarias de oro, trabajadas con un 75% a 80% de pureza en aleaciones maleables, las cuales poseen sus característicos ojos alados.
Asimismo, la orfebrería mochica se manifiesta en orejeras de oro con turquesas incrustadas, empleadas como muestras de poder por los líderes político-religiosos.
La exhibición reúne también insignias de estatus e instrumentos rituales de diversas culturas andinas. En la mesa central destacan tres coronas de la cultura Vicús, con cuentas suspendidas que producían un sonido metálico al caminar, lo que asociaría al gobernante con lo místico y los sonidos de la naturaleza.
“Una pieza de colección histórica tiene una naturaleza completamente distinta. Su valor no depende únicamente del contenido de oro, sino de su relevancia histórica y cultural. Sería impensable, por ejemplo, fundir o vender las joyas del Señor de Sipán para obtener recursos con los cuales intervenir en el mercado cambiario. Que estas piezas sean de oro es, desde esta perspectiva, circunstancial: objetos elaborados con materiales menos valiosos pueden tener una importancia patrimonial igualmente extraordinaria. Su función es preservar nuestra historia, no servir como reserva monetaria”, enfatiza al respecto Winkelried.



Pero no es lo único. La finalidad de este espacio destinado a museo también era aprovechar una estructura que, en sí misma, ya era una obra maestra de ingeniería: el británico Alfred Charles Bossom había combinado concreto y armazón de hierro, un entramado que permitía levantar techos dobles de más de siete metros de altura.
A ello se suma que la emblemática puerta de acero de la “caja fuerte” del BCRP fuera fabricada por la firma estadounidense Diebold Safe & Lock Co. Cuenta con una reja interior, un sistema de múltiples cerrojos, combinaciones y esquemas secretos de seguridad. Hoy en día es considerada la “superestrella” visual de la bóveda. Aunque ya no se cierra con clave cada noche, mantiene intacto todo su sistema mecánico y recibe mantenimiento especializado.
“Con las humanidades, lo que hay detrás de elementos que pertenecen a la historia, se busca que los hombres y las mujeres sean mejores. Eso representa la bóveda del BCRP”, concluye Solís.


El dato:
- El oro físico representa apenas entre el 5% y 7% del total de las reservas del Perú. La mayor parte está distribuida en otros activos, como bonos internacionales de alta calidad y depósitos en monedas extranjeras.

Redactora de Economía en Gestión. Periodista nacida en Piura, con ocho años de trayectoria profesional y experiencia en edición y corrección de textos.







