
El debate suele plantearse de manera equivocada: ¿el modelo no funciona o son las fallas de quienes gobiernan las que terminan arruinándolo?
Es como tener los mejores ingredientes para preparar un gran plato, contar incluso con la receta y los utensilios adecuados, pero dejar la cocina en manos de alguien que no sabe cómo hacerlo. El resultado es un desastre: un plato incomible frente a personas que tienen hambre.
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Eso, en términos simples, es lo que ocurre en el Perú.
Existe evidencia suficiente de que el progreso llega con inversión privada, apertura de mercados y capacidad para venderle al mundo. Exportar más y a mejores precios genera crecimiento, empleo y oportunidades. El problema aparece cuando el Estado no acompaña ese proceso con eficiencia.

Y ahí está una de las grandes fallas del país, la ausencia de meritocracia en buena parte del aparato público, salvo honrosas excepciones.
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Persisten el amiguismo, el compadrazgo y la lógica de repartir cargos entre miembros del partido de turno. El resultado, miles de millones sin ejecutar, funcionarios que aprenden sobre la marcha cómo desarrollar proyectos, obras paralizadas y programas sociales que no logran cumplir sus objetivos.
Las cifras reflejan el tamaño del problema. La pobreza en el Perú se mantiene alrededor del 25%, similar a las cifras del 2021 y regiones como Cajamarca como las más golpeada. A ello se suma un dato todavía más preocupante, el Perú registra uno de sus peores niveles en el Índice Global del Hambre, con millones de personas enfrentando inseguridad alimentaria.
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Hace algunos años, Pedro Castillo repetía una frase: “No más pobres en un paí de rico”. El mensaje impactó porque reflejaba una realidad dolorosa. Sin embargo, después de años de discursos y expansión de programas sociales, los resultados siguen siendo pobres.
Y aunque Castillo ya no está en el poder, cabe recordar algo que muchas veces se intenta separar políticamente, Dina Boluarte fue parte de esa misma fórmula presidencial. El actual escenario político es también consecuencia de ese deterioro institucional y de una precariedad que el país sigue arrastrando.
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Hoy el Perú mantiene prácticamente los mismos niveles de pobreza, atrapado en la informalidad y la falta de oportunidades reales. Mientras tanto, el debate político sigue concentrado en culpar al modelo económico, pero pocas veces se habla de la enorme incapacidad del Estado para ejecutar políticas públicas eficientes.
Porque la pobreza no se reduce solo repartiendo bonos o creando más programas sociales. Se combate con crecimiento económico, inversión, empleo formal, educación de calidad y un Estado capaz de gestionar correctamente los recursos públicos.
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Entonces aparece el discurso de siempre: “el modelo es el problema”. Pero quizá el verdadero problema sea otro, un Estado débil e improvisado, incapaz de transformar crecimiento en bienestar sostenible.
Víctor Melgarejo es director periodístico (e) del diario Gestión.
Las opiniones vertidas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor








