
Cada vez llegamos más angustiados al día de las elecciones, rezándole en la última semana a las once mil vírgenes, en medio de un torrente de encuestas y de versiones de estas; y asustados porque se vienen a todo galope, ya no uno como en el 2021, sino dos o tres, “jinetes del apocalipsis” que ponen los pelos de punta, después de que muchos confiados tenían la “fija”.
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Nunca mejor usada la frase de que “cualquier cosa puede pasar”, y cuando decimos cualquier cosa, es porque realmente puede pasar cualquier cosa. Nunca ha sido más visible la incertidumbre, que se oye y se siente en cada encuentro, conversación, reunión, evento o pregunta.

Esa incertidumbre, y hasta la angustia de muchos, hoy es plenamente justificada. Lo que no se justifica es la sorpresa. Y no nos referimos a la sorpresa por los rostros, sino a la sorpresa por la situación que se ha generado a estas alturas del proceso electoral.
¿Por qué genera sorpresa que muchos electores muestren su inclinación a votar por candidatos que no forman parte de los grupos políticos que han gobernado desde el Congreso y desde el Ejecutivo –en ese orden–, cuando la desaprobación a todo lo que ellos han hecho y dicho ha sido casi unánime durante los últimos años?
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Las encuestas lo venían señalando desde hace varios meses: el electorado estaba buscando un rostro nuevo, alguien que no hubiera formado parte de los ministerios, las bancadas congresales, las decisiones parlamentarias, los acuerdos entre el Ejecutivo y el Congreso y los escándalos de los congresistas, que siempre han generado el rechazo de la población.
Muchos grupos políticos no lo quisieron escuchar, y han preferido encabezar sus planchas presidenciales con congresistas en ejercicio, o gente ligada a los partidos que forman parte de todo eso.
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Esta vez la población esperaba con ansias al famoso outsider, porque quería un rostro nuevo, quería a cualquiera que le ayudara a tener esperanza de que algo realmente iba a cambiar. No importaba el color del gato, lo importante era que comiera ratones y ratas.
Por eso miraron a Carlos Espá, hasta que él decidió defender a capa y espada a su candidato-congresista. Vieron a Wolfgang Grozzo, hasta que su “amigo” puso al descubierto sus mentiras y sus contradicciones. Se fijaron en Jorge Nieto antes del debate, hasta que su irresponsabilidad lo hizo llegar tarde al debate. Y luego de los debates, se entusiasmaron con Marisol Pérez Tello, y en menor medida con Mesías Guevara.
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Fue sido una búsqueda constante, y nadie de la “élite” política se quiso dar cuenta, a pesar de tener las encuestas y las cifras en sus narices. No era un tema ideológico, no era étnico ni de clase, solo se buscaba a alguien distinto.
¿Por qué genera sorpresa la reacción del centro y del sur, y su adhesión a cualquier propuesta –es un decir–, cuando todos sabían desde hace años de los sentimientos y de la amargura que la población de esas zonas ha exteriorizado de diferentes formas tan explícitas?
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En los últimos meses, incluso, las referencias al sur solo se hacían para retar a alguien a ir a esa región y salir “ileso”, o para tratar de demostrar “arrojo” y “valentía” por aterrizar en Puno y no ser atacado o insultado en público. En los debates, y en las propuestas y declaraciones, no hubo referencias a ese “sur” como una parte importante del país que grita, dese hace años, por atención.
Todos le han tenido miedo al sur, todos han hablado de la rebeldía y de los sentimientos de la población del sur, todos sabían que el sur estaba en contra de la “clase política” que nos viene gobernando, todos sabían que Pedro Castillo tenía un bolsón electoral. ¿Y ahora se sorprenden de que el sur se incline por alguien que es de los “nuestros”?
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¿Por qué genera sorpresa que los candidatos de izquierda, “caviares”, radicales o hasta oportunistas, repunten y posterguen a varios de la llamada derecha, cuando se gritó hasta el cansancio que el protagonismo, el “figuretismo”, y la miopía política, iba a generar una fragmentación y una dispersión de votos que solo iba a beneficiar a las otras tendencias?
La llamada derecha nunca asimiló la experiencia del 2021. En realidad, no ha asimilado ninguna experiencia de las últimas décadas. Las quejas sobre el fenómeno Pedro Castillo solo se quedaron en eso, y no fueron capaces de articular o promover alianzas y/o acuerdos. Creyeron que la llamada “ola” derechista del continente era suficiente para provocar aquí un tsunami, y se dejaron estar. Hoy los invade la angustia, y aprietan los dientes.
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¿Por qué genera sorpresa que rostros y frases de cómicos y comunicadores muevan la intención de voto hasta llevarnos a la incertidumbre? Simplemente porque todos los demás no han sido capaces de elaborar una propuesta que conecte con la población.
El bajo porcentaje de intención de voto de todos, hasta de los punteros, nos mostraron desde hace meses que nadie tenía una propuesta, una visión, un mensaje, o hasta una frase, que hiciera “click” con el electorado, por eso nadie convencía. Hasta que los debates mostraron el peor rostro de los políticos, y el mejor de los comunicadores. Y estos sí hicieron “click”.
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No sabemos qué pasará el domingo, ni quienes pasarán a la segunda vuelta, pero lo que sí sabemos es que si no somos capaces de sacar buenas conclusiones esta vez y corregir todo lo malo que se ha hecho o se ha dejado de hacer, el 2031 estaremos en esta misma situación, rezándole a las once mil vírgenes.
Enrique Castillo es periodista.








