Piensa primero, IA después. Empezar con una idea propia –aunque sea incompleta– y luego usar la IA para expandirla o mejorarla. (Foto: Kenneth Cheung/iStock)
Piensa primero, IA después. Empezar con una idea propia –aunque sea incompleta– y luego usar la IA para expandirla o mejorarla. (Foto: Kenneth Cheung/iStock)

Hace poco leí un artículo de John Koetsier, donde comentaba que en un estudio reciente de la profesora Saeema Ahmed-Kristensen, de la Universidad de Exeter, se compararon 600 ideas generadas por personas, frente a 12,000 creadas por modelos de lenguaje. El resultado fue revelador: los humanos no necesariamente producen más ideas, pero sí generan más ideas diversas entre sí.

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En otras palabras, la inteligencia artificial –especialmente la generativa– es eficiente produciendo volumen. Pero la creatividad, entendida como la capacidad de proponer algo realmente diferente, sigue siendo profundamente humana. Esto no significa que la IA no sea útil en procesos creativos. De hecho, puede serlo –y mucho–. Pero obliga a entender mejor qué tipo de pensamiento aporta cada uno.

Pensamiento convergente vs. pensamiento divergente

La IA funciona principalmente desde la convergencia: toma lo que ya existe, lo combina, lo reorganiza y lo optimiza. Es excelente refinando, sintetizando y proponiendo variaciones.

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El ser humano, en cambio, destaca en la divergencia: imaginar lo que no existe, romper patrones y conectar ideas que no eran evidentes.

El ser humano destaca en la divergencia: imaginar lo que no existe, romper patrones y conectar ideas que no eran evidentes. (Foto: tondone/iStock)
El ser humano destaca en la divergencia: imaginar lo que no existe, romper patrones y conectar ideas que no eran evidentes. (Foto: tondone/iStock)

Riesgo en el uso de IA

Muchas empresas se preocupan del uso de IA en sus organizaciones por una fuga de información. Yo más bien creería que se deberían preocupar por la “fuga de talento”. No porque las personas se vayan de la organización, sino porque sus ideas se pueden ver disminuidas o con menor calidad. Y es que el riesgo poco discutido en las organizaciones, es que mientras más delegamos en la IA la generación de ideas, contenido o soluciones, más probable es que el resultado colectivo se vuelva homogéneo. Correcto, eficiente… pero poco diferenciado. No porque la tecnología falle, sino porque todos empezamos a pensar desde el mismo punto de partida.

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Por eso, el verdadero desafío no es adoptar inteligencia artificial, sino hacerlo sin perder el criterio. En el entorno empresarial esto es especialmente relevante. La IA no entiende del todo el contexto de un negocio: sus procesos, sus restricciones ni sus interdependencias. Tampoco reemplaza la experiencia acumulada de quienes toman decisiones todos los días. Pero sí puede amplificarla. Y aquí el rol del liderazgo se vuelve crítico. Adoptar IA no es solo habilitar herramientas, sino construir una narrativa clara: no se trata de reemplazar el pensamiento humano, sino de potenciarlo. No es una varita mágica que resuelve por sí sola, sino una herramienta que, bien utilizada, puede acelerar ideas, abrir caminos y “encender” nuevas formas de trabajar.

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En ese sentido, la adopción es una co-construcción. La tecnología aporta capacidad, pero el valor sigue dependiendo del criterio, la experiencia y la intención de las personas. Cuando ese mensaje no es claro, el riesgo es doble: colaboradores que delegan demasiado en la herramienta, o que no la usan porque no entienden su valor.

Es por ello que es tan importante que la adopción de IA no solo venga de proyectos de arriba hacia abajo, sino también desde abajo hacia arriba. Los grandes proyectos pueden habilitar capacidades, pero son las personas en el día a día quienes descubren dónde la tecnología realmente agrega valor. Son ellas quienes entienden las fricciones, los atajos y los problemas no documentados. Si la adopción se queda únicamente en iniciativas del C-level o en equipos especializados, se corre el riesgo de tener soluciones sofisticadas, pero poco utilizadas. En cambio, cuando se empodera a los colaboradores para experimentar, cuestionar y mejorar su trabajo con tecnología, lo que se desarrolla no es solo eficiencia, sino criterio. Y es justamente ese criterio –no la herramienta– lo que termina definiendo el éxito de cualquier transformación.

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Algunas prácticas simples ayudan a mantener el equilibrio y que se debería integrar a la cultura de la empresa y la forma en cómo se usa tecnología:

1. Piensa primero, IA después. Empezar con una idea propia –aunque sea incompleta– y luego usar la IA para expandirla o mejorarla.

2. Úsala para refinar, no para reemplazar. Es especialmente útil para mejorar claridad, estructura o tono, pero no necesariamente para generar el punto de partida.

3. Úsala como evaluador. Más que pedir respuestas, usarla para cuestionar, contrastar o enriquecer ideas propias.

4. No siempre dependas de ella. La creatividad también funciona como un músculo: si no se usa, se debilita.

La inteligencia artificial no elimina la creatividad humana. Pero sí puede diluirla si se usa sin intención.

En un entorno donde cada vez más personas tendrán acceso a las mismas herramientas, la diferencia no estará en quién usa IA. Estará en quién sigue pensando, cuestionando y creando mejor con ella.

Claudia Alfaro es cofundadora de Kaudal.

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