
La crisis generada hace unas semanas por la deflagración del ducto del gas de Camisea debe dejarnos algunas reflexiones.
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La primera, es sobre la capacidad que tiene el país de implementar medidas de contingencia. Nadie puede negar los esfuerzos que todos hacemos desde todos los sectores para enfrentar los momentos difíciles que vienen con situaciones imprevistas, pero tampoco podemos pasar por alto que el Perú ha demostrado que no siempre está preparado para lo peor. Es recién cuando esto ocurre que tomamos nota de los puntos débiles y buscamos soluciones. Camisea tenía un plan de contingencia a través de la construcción de varios loops que se dejaron de lado cuando se impulsó el gaseoducto del sur, que sería además la contingencia del sistema. Ambos quedaron en nada y el Perú se quedó sin plan de contingencia ante una crisis como la ocurrida.

El corte de gas, en efecto, ha afectado a muchísimas familias y negocios. Experiencias como esta deben servir como aprendizaje sobre qué puede fallar, cómo prevenirlo y qué medidas se deben tomar para mitigar el efecto en las personas si es que el escenario se repite.
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La segunda reflexión quizás es un poco obvia a la luz de lo ocurrido y es el carácter transformacional de Camisea para nuestro país. Proyectos como estos deben ser prioridad para el Perú y debieran tener el apoyo de todo el espectro político.
Camisea es un proyecto que sin la iniciativa privada hubiese sido casi imposible sacar adelante. Una iniciativa que tomo 20 años. Qué pena que, en cambio, salgan más rápido proyectos tan malos como el de la refinería de Talara, un capricho del más puro populismo que viene costando miles de millones, que bien pudieron ser usados en salud y educación.
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El impacto de Camisea ha sido enorme y vale la pena repasar algunos números. El gas natural pasó de ser marginal a explicar aproximadamente el 40% de la producción de energía eléctrica del país. Esto redujo la dependencia de diésel y combustibles líquidos, generando costos de generación de energía más bajos y estables, además de energía mucho más limpia. Contribuyó en gran medida a que el Perú se ubique entre los países con tarifas eléctricas industriales más competitivas de la región, lo que impulsó a muchas industrias y permitió menores costos para los consumidores de esos productos, como por ejemplo el vidrio, el fierro o el cemento, entre muchos otros. La tarifa de energía industrial en el Perú es casi 60% la de Chile y 50% la de Brasil, lo que representa una ventaja significativa para el país.
El impacto económico ha sido enorme. A nivel macro, con exportaciones por más de 195 mil millones de dólares, así como impuestos, regalías y otros por más de 100 mil millones de soles. Asimismo, a nivel micro, mediante la reducción de los costos de transporte y energía para millones de hogares, impactando de manera relevante la calidad de vida de los peruanos.
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Hubo muchas críticas en su momento, llamando a una mayor participación del Estado y sin duda las fallas al sistema deben corregirse. Pero el rol del Estado debe centrarse en sentar las bases y el marco que permita a los agentes privados, bajo supervisión, desarrollar estos proyectos. Necesitamos un Estado promotor, que impulse que salgan adelante iniciativas como Camisea, y no como pasa en el caso de Chavimochic, Majes Sihuas y un sinnúmero de proyectos de infraestructura y mineros que tendrían un impacto enorme en el desarrollo del país y que están atracados hace años.
Tenemos una oportunidad inmejorable por el superciclo de los minerales, nuestra solidez macroeconómica y el desarrollo de la agroindustria. No podemos desaprovecharla, ni dejar que el populismo nos lleve a desaprovecharla.
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Estas elecciones debemos buscar autoridades que generen las condiciones (reglas claras, estabilidad y predictibilidad) para que inversiones como Camisea, capaces –literalmente– de cambiar el país, se sigan dando.
Diego Cavero es CEO del BCP







