
Durante años, invertir en bonos soberanos de mercados emergentes implicaba asumir riesgos ligados a fragilidad fiscal, inflación elevada e instituciones menos desarrolladas. Hoy el panorama es distinto. Mientras varias economías desarrolladas enfrentan crecientes desafíos fiscales, muchos mercados emergentes exhiben fundamentos macroeconómicos más sólidos que en décadas anteriores, ¿a qué se debe esto?
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La primera explicación es el crecimiento. El comercio internacional vuelve a ser un motor relevante, impulsado por la reorganización de las cadenas de suministro pospandemia y una demanda mundial resiliente, especialmente en Asia y América Latina. Por ello, el diferencial de crecimiento frente a Estados Unidos ha mejorado desde el 2022 y las perspectivas siguen siendo favorables. Asimismo, el impulso ya no proviene solo de las exportaciones: el consumo y la inversión doméstica ganan importancia.
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A ello se suma el proceso de transformación institucional evidenciado en algunas economías. Algunos de los principales bancos centrales emergentes han ganado credibilidad y disposición para actuar ante presiones inflacionarias. En un entorno de inflación global persistente, diversos países respondieron oportunamente, manteniendo tasas reales atractivas y reforzando la confianza en sus monedas y mercados de deuda.
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La evolución fiscal también es un viento de cola relativo. La pandemia deterioró más las cuentas públicas de las economías desarrolladas que las del emergente promedio. Análisis recientes señalan que el mercado emergente mediano presenta hoy una dinámica de sostenibilidad fiscal más favorable que la economía desarrollada mediana. El envejecimiento poblacional y las mayores necesidades de gasto en defensa, infraestructura y programas sociales elevan la presión de gasto en el mundo desarrollado cuando la deuda ya es alta.
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Finalmente, el desarrollo de los mercados financieros locales ha sido un aliciente adicional para esta mejora. Cada vez más países emergentes cuentan con mercados de deuda en moneda local profundos y una base inversionista doméstica amplia. Esto reduce la dependencia del financiamiento externo y mejora la capacidad de absorber episodios de volatilidad global. A la vez, la disciplina del mercado incentiva políticas fiscales responsables.
Los inversionistas ya parecen reconocer esta evolución. En los últimos meses, las tasas de largo plazo emergentes en moneda local mostraron mayor resiliencia que las de economías desarrolladas, incluso ante el aumento de rendimientos en Estados Unidos. Su reacción fue menor que la sugerida históricamente por su sensibilidad a las tasas norteamericanas, reflejando una visión más favorable de sus fundamentos.
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Hay que tener en cuenta que esto no significa que todos los países emergentes sean iguales ni que los riesgos puedan ser soslayados. Las diferencias entre países dentro de esta clasificación siguen siendo importantes y la selectividad es clave. Sin embargo, asociar necesariamente la condición de “emergente” con mayor fragilidad resulta hoy menos consistente con la realidad. En un mundo con crecientes dudas sobre la sostenibilidad fiscal de varias economías desarrolladas, los bonos soberanos emergentes ofrecen algo que hace una generación parecía improbable: crecimiento relativamente sólido, mayor disciplina macroeconómica, mercados financieros más profundos y una capacidad creciente para actuar como refugio relativo dentro de la renta fija global.
Jorge Beingolea es director de Soluciones de Portafolio en Credicorp Capital Asset Management.







