
La asunción de José Antonio Kast como presidente de Chile marca uno de los giros políticos más notorios de ese país desde el retorno a la democracia (en 1990). El líder ultraconservador llega al poder con un discurso centrado en orden, seguridad y reactivación económica, en un contexto en el que buena parte de la ciudadanía ha elevado sus expectativas frente a un cambio de rumbo. Precisamente allí radica uno de sus principales desafíos: gestionar esas expectativas sociales, muchas veces alimentadas por promesas de soluciones rápidas a problemas estructurales como la delincuencia, el bienestar económico o la migración.
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Desde el lado económico, el punto de partida de la nueva administración tiene claroscuros. Según el análisis publicado por El País, Kast heredará una economía que ha logrado controlar la inflación, pero que enfrenta un crecimiento moderado (entre 2% y 3%), un desempleo que se mantiene por encima del 8% y un margen fiscal estrecho. Es decir, estabilidad macroeconómica, pero con limitaciones para impulsar un nuevo ciclo de expansión.
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Aun así, el contraste con las expectativas es evidente. Bank of America ha elevado recientemente sus proyecciones de crecimiento para Chile, apoyado en el alza del precio del cobre y en la percepción de que el nuevo Gobierno impulsará políticas favorables a la inversión.
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Sin embargo, los efectos de este cambio político no se limitan a Chile. Como advertimos en esta misma página en diciembre, la agenda del nuevo Gobierno también puede generar tensiones en la región, particularmente si se traduce en medidas de presión económica o diplomática frente a temas sensibles como la migración. Para el Perú, ese escenario no es menor. La relación económica bilateral es profunda: el comercio entre ambos países superó los US$ 3,500 millones el año pasado y, según ProChile, la inversión chilena en el Perú acumula más de US$ 20,000 millones a través de unas 400 empresas.
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Al mismo tiempo, la integración económica es cada vez más bidireccional. Importantes grupos empresariales peruanos ya operan en Chile y, en los últimos años, han incrementado su presencia. Conglomerados como Breca, Gloria, Alicorp, InRetail o Credicorp han realizado adquisiciones y expandido operaciones en diversos sectores.
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Por ello, sería un despropósito que el nuevo Gobierno chileno opte por una retórica hostil frente a sus vecinos. El ultraconservadurismo que caracteriza a Kast y su discurso duro en temas migratorios podrían alimentar tensiones innecesarias si se trasladan al terreno de la política exterior. La relación entre Chile y Perú exige prudencia y visión estratégica, no gestos de confrontación.
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El peor escenario sería derivar hacia disputas comerciales o represalias económicas como las que hoy enfrentan Ecuador y Colombia. Evitar ese camino será una tarea clave del Gobierno que los peruanos elegiremos en abril. Lo que está en juego no es solo el tono del debate político regional, sino la estabilidad de una de las relaciones económicas más importantes del Pacífico sur.







