
Aunque en el pasado fue propensa a los shocks externos, América Latina ha capeado las turbulencias geopolíticas de este año prácticamente indemne.
El crecimiento estará en línea con las expectativas de comienzos de 2026, las exportaciones están alcanzando récords en varios países y las calles de las principales capitales de la región han registrado escasas protestas pese al shock petrolero provocado por el cierre del estrecho de Ormuz.
De hecho, este mundo cada vez más impredecible en el que los flujos comerciales se están reconfigurando y las grandes potencias compiten por asegurarse recursos naturales estratégicos, juega a favor de las fortalezas de la región. América Latina es rica en materias primas, carece de conflictos entre Estados y se inclina cada vez más por políticas promercado. Los expertos de Citigroup Inc. expusieron acertadamente las razones detrás de esta oportunidad en un informe publicado en septiembre: América Latina, señalaron, está “lista para despegar”.
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Y, sin embargo, pese a un entorno favorable, incluido un mayor acercamiento con Washington, el auge esperado sigue siendo apenas una promesa. América Latina tiene todo lo necesario para vivir otro superciclo, pero ese auge no llegará pronto. A lo sumo, se prevé que la región crezca alrededor de un 2.5% el próximo año y en 2028.
Llamémoslo el milagro que no llega.
La razón de la brecha entre las expectativas y la realidad se encuentra del otro lado del manual de economía: la microeconomía. En macroeconomía —la rama de la disciplina que se ocupa de variables generales como el PBI, la inflación, las tasas de interés y los balances fiscales— América Latina logró enormes avances.
Las metas de inflación, los tipos de cambio flexibles y las medidas prudentes han dado buenos resultados en la región, lo que ha permitido que los principales gobiernos de la región se financien sobre todo en los mercados locales. En muchos aspectos, su marco macroeconómico se parece cada vez más al de las economías más ricas.
Pero cuando se trata de las reglas y los incentivos que determinan cómo se comportan consumidores, trabajadores y empresas, la región sigue dolorosamente rezagada. Lo que realmente frena las perspectivas de largo plazo de América Latina es la combinación de políticas que desalientan la competencia y la producción en buena parte de la región: desde industrias protegidas y monopolios creados por el Estado hasta un exceso de regulaciones, impuestos en cascada y barreras burocráticas que dificultan que las compañías inviertan, innoven y compitan.

Las empresas y los emprendedores pagan un costo adicional en forma de marcos jurídicos débiles, corrupción, extorsión e inseguridad. El interés de los mercados internacionales por América Latina prácticamente se ha evaporado, con la desaparición de fondos de renta variable y un número mínimo de salidas a bolsa.
Los ejemplos abundan. En Brasil, los titulares de notarías encabezan la lista de mayor patrimonio neto promedio declarado entre los profesionales en el país, un testimonio de su legendaria burocracia. En México, la anunciada salida de AT&T Inc. es un recordatorio de las dificultades del país para crear un entorno empresarial verdaderamente competitivo. Y en Argentina, todavía existen alrededor de 150 impuestos diferentes en todos los niveles de gobierno, una receta segura para entorpecer la actividad empresarial, incluso después de que el presidente anarco-libertario Javier Milei lograra eliminar cinco tributos nacionales.
La consecuencia de estas distorsiones puede resumirse en una cifra reveladora: 0.1%.
Ese es el crecimiento promedio anual de la productividad de América Latina desde 1960. Yo enmarcaría esa cifra o se la daría impresa en una tarjeta a cada responsable de política económica, funcionario y político de la región, porque mejorarla es clave para el futuro de América Latina.
Básicamente, después de más de seis décadas, América Latina no se ha vuelto significativamente más eficiente a la hora de producir. Es como intentar acelerar en un auto atascado en primera marcha. Si la región pudiera elevar de manera sostenida el crecimiento de la productividad por encima de 1% o, mejor aún, de 2% anual, el efecto acumulativo transformaría los niveles de vida y la acercaría mucho más al nivel de desarrollo que merece, como ocurrió en partes de Asia en las últimas décadas.
Pero si la productividad sigue estancada en torno a su promedio histórico, por más favorables que sean las condiciones externas, no serán suficientes.
Por eso la región necesita una revolución microeconómica y por eso quienes defienden una economía más competitiva, desregulada y dinámica deben convertirse en los guerreros de esa causa. Deben defender los beneficios de un marco que favorezca a la mayoría de los ciudadanos y no a los grupos de interés. Hace tres décadas, los gobiernos se convencieron de las ventajas de adoptar un marco macroeconómico que garantizara estabilidad y estuvieron dispuestos a pagar el costo político para conseguirlo. Ahora hay que aprovechar el giro de la región hacia políticas más favorables a los negocios para impulsar con la misma fuerza las reformas microeconómicas.
La buena noticia es que existen casos exitosos que pueden servir como modelo. La creación de sistemas privados de pensiones permitió que varios países latinoamericanos aumentaran el ahorro, y México ahora tiene activos equivalentes a más del 25% del PBI en las Afores, en comparación con solo el 4.6% en 2008. El sistema de pagos Pix de Brasil ha ayudado a millones de personas a acceder a su primer producto bancario, y permite a las fintech competir con los bancos tradicionales. Más recientemente, el duro enfoque de Milei contra la burocracia ayudó a que la estata Aerolíneas Argentinas SA, tras pérdidas crónicas, obtuviera ganancias durante dos años consecutivos, y la compañía pagó impuestos a las ganancias por primera vez.
Estas reformas son intrínsecamente complejas. Por lo general, implican enfrentarse a quienes se benefician del funcionamiento del propio sistema que necesita ser reformado: empresas protegidas, sindicatos poderosos, burocracias e intereses con conexiones políticas. Precisamente por eso es tan difícil reformarlos. Pero si América Latina quiere finalmente escapar de su trampa de bajo crecimiento, esa es la batalla que debe librar.
Escrito por Juan Pablo Spinetto






