
Una emergencia puede durar meses y cambiar la economía de una familia durante años. El agua baja, pero quedan las deudas, el negocio sin capital o el empleo perdido. Por eso, saber que El Niño es temporal ofrece una perspectiva necesaria, aunque insuficiente: la recuperación dependerá de cuánto futuro debamos sacrificar para atravesarlo.
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Esa es la dificultad de decidir bajo presión. Una familia que pierde ingresos puede verse obligada a consumir sus ahorros; una empresa, a cancelar un proyecto para pagar sueldos. Son respuestas comprensibles. Sin embargo, cuando esas decisiones se multiplican, el costo del fenómeno climático se prolonga más allá de las lluvias. Sobrevivir al golpe no siempre equivale a quedar en condiciones de levantarse.

Cuidar la liquidez cobra sentido desde esa mirada. Permite conservar opciones y evitar que una urgencia termine en una venta precipitada, una deuda difícil de pagar o el cierre de una actividad viable. Pero guardar cada sol también tiene un costo si obliga a perder clientes, productividad o talento. La prudencia exige distinguir qué puede esperar y qué inversión sostiene la capacidad de seguir creciendo.
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En la mesa empresarial que moderé en Perspectivas Económicas 2027 de Gestión, la preocupación por el clima convivía con la disposición a invertir. Las conversaciones sobre conectividad, energía y logística expresaban esa doble necesidad: responder a la emergencia y mantener proyectos que miran varios años adelante. Ajustar su ritmo puede ser razonable; abandonarlos por temor también puede debilitar la recuperación.
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La tensión alcanza al conjunto de la economía. Si todos recortan al mismo tiempo, caen las ventas y se estrecha el margen para sostener empleos. Pero impulsar el consumo cuando la producción y el transporte están restringidos puede presionar los precios. En Lima Metropolitana, la inflación a doce meses pasó de 4.55% en septiembre a 5.25% en octubre. La ayuda del Gobierno debe tener en cuenta ambos riesgos.
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El Banco Central de Reserva, autónomo frente al Ejecutivo, evaluará la respuesta monetaria para preservar la estabilidad de precios. Una eventual subida de tasas podría encarecer el crédito e influir en el consumo y la inversión. No cabe darla por decidida. Al Ejecutivo le corresponde orientar su apoyo hacia quienes pierden ingresos y capacidad productiva, además de restablecer los servicios y las conexiones que permiten trabajar.
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Los anuncios de bonos tampoco convierten una ayuda esperada en dinero disponible. Gastar contando con ella puede dejar a una familia más expuesta. El apoyo debe permitir atravesar la emergencia sin agotar las posibilidades de salir adelante. Hay razones para la esperanza: el fenómeno climático tendrá un final. Lo importante es que las familias y las empresas puedan recuperarse cuando pase la emergencia.
Víctor Melgarejo es director periodístico (e) de Gestión.







