
Un cuarteto de jazz alcanzó su crescendo entre vítores y aplausos en una sala abarrotada del barrio de las Letras, en pleno centro de Madrid. El 14 de abril no fue un día cualquiera en este emblemático club de jazz con 44 años de historia. Al Café Central le quedaban 24 horas para cerrar sus puertas definitivamente.
Los propietarios del edificio se negaron a renovar el contrato de alquiler, pese a que los dueños del recinto, Jorge González-Iglesias y Guillermo Ramos, ofrecieron pagar más.
“No había ninguna forma de llegar a un acuerdo con los propietarios”, dice Juantxu Bohigues, gerente del local, hablando en nombre de los propietarios, quienes rechazaron múltiples solicitudes de entrevistas. “El Café Central es una institución de Madrid, es un sentimiento que vamos a llevar todos aquí dentro, allá donde vayamos”.

Tras meses de campaña y protestas, el club encontró ya un nuevo espacio donde abrir sus puertas. Pero es uno más de una serie de locales, cafés y pequeños negocios emblemáticos que han sido noticia por enfrentarse a cierres a medida que la ciudad —un majestuoso escenario para la cultura y la vida nocturna— se convierte en un destino turístico de lujo que algunos han bautizado como el “nuevo Miami”.
Tras la pandemia del coronavirus, turistas internacionales y migrantes acaudalados que huyen de la inestabilidad social y económica, principalmente en América Latina, han traído consigo una nueva ola de hoteles cinco estrellas, restaurantes respaldados por celebridades y megaeventos.
La próspera industria turística está creando empleos, pero también está impulsando los altos precios inmobiliarios y, por ende, expulsando a algunos negocios y residentes locales. Miles de pequeños comercios han cerrado en Madrid en los últimos años debido al aumento de los alquileres, los cambios en los patrones del gasto y el apoyo insuficiente de las autoridades, según la asociación de pequeñas empresas COCEM. Eso podría dejar a Madrid en un aprieto: los mismos encantos que han atraído a los visitantes a la ciudad se ven amenazados por un auge turístico.

Alrededor del 70% de los visitantes extranjeros afirman que la cultura es el principal atractivo de la ciudad, según Marta Rivera, responsable de cultura y turismo del Ayuntamiento. Eso diferencia a Madrid de otras partes de España, comenta.
“La esencia de la ciudad es su pequeño comercio y más en una ciudad como Madrid”, dice Rivera.
La capital española le está apostando a los grandes eventos. Una remodelación de € 1,300 millones (US$ 1,500 millones) convirtió el estadio Santiago Bernabéu del Real Madrid en un recinto para megaconciertos, con artistas como Taylor Swift y Karol G que atrajeron a miles de fans el año pasado. Pero los conciertos se han pausado debido a una impugnación legal por parte de los vecinos.

El nuevo circuito de la F1 en Madrid acogerá su primera carrera de Grand Prix en septiembre y una laguna de surf artificial en el sur de la ciudad se convertirá en la más grande de Europa cuando finalice su construcción. La región añadirá unos 200.000 metros cuadrados en centros comerciales este año, según la COCEM.
“Es una visión muy paleta de la ciudad, aunque muy rentable para según quien intereses, supongo”, dice Luis Arroyo, quien ayudó a conseguir una nueva ubicación para el renovado Café Central. “Madrid tiene que apoyar a los los artesanos, al pequeño comercio, a la pequeña literatura y a la pequeña música. Con un poquito de apoyo, la vida de barrio sigue”.
Rivera afirma que el estilo de vida madrileño no está desapareciendo. El ayuntamiento está promoviendo y proporcionando ayudas fiscales a negocios centenarios, además de ayudar a financiar la restauración de tiendas, bares y restaurantes tradicionales. Una nueva oficina ayuda a las pequeñas empresas a lidiar con los permisos y la burocracia. Pero el gobierno local no puede ni debe intervenir en las decisiones individuales, dice.

Así como Café Central pudo permanecer en la ciudad al encontrar una nueva ubicación, otros negocios han evitado el cierre gracias al reciente apoyo del gobierno y a una fuerte voluntad de adaptarse.
“A veces cierran por razones tan sencillas como la jubilación o que las nuevas generaciones no cogen el relevo”, dice Rivera. “Hay una demanda de consumo de una serie de productos, y una ciudad que quiera estar en la primera línea de la modernidad no se entendería que no tuviera un gran Zara o una gran tienda Apple”.
Cuando Arroyo se enteró de que el club de jazz Café Central estaba a punto de cerrar, se puso en contacto con ellos. Este sociólogo de 56 años fue en su día consultor del Banco Mundial y asesor del ex presidente de Gobierno José Luis Rodríguez Zapatero, y ahora dirige Ateneo de Madrid, una institución cultural privada fundada en 1820 para promover las artes y la cultura en la ciudad.

“Estábamos en pleno proceso de renovación del restaurante y la cafetería, y les ofrecimos el espacio”, dice Arroyo. “Lo vieron, les gustó mucho y ahí empezamos a hablar”.
Unos nueve meses después, a principios de abril, Café Central anunció que se trasladaría al Ateneo de Madrid, a solo unos 300 metros de distancia, y pasaría a llamarse Café Central Ateneo. Cuando se firmó el nuevo contrato de alquiler, Arroyo, que también vive en el barrio, sintió un gran alivio.
“Miremos a Barcelona, Nueva York o la propia Miami”, dice Arroyo. “Se convirtieron en parques temáticos al servicio de turistas riquísimos y de inversores que tienen las casas cerradas y que vienen dos meses al año. A Madrid también le puede pasar eso”.

Entre las franquicias y los minoristas tradicionales en apuros, una nueva generación de pequeños empresarios se está afianzando en el centro de la ciudad. Se hacen cargo de viejas tiendas y cafés, y los convierten en algo nuevo.
María Antonia Escapa, empresaria, inversionista y coleccionista de arte, compró la ferretería más antigua de España, Ferretería García, que data de 1888, y la convirtió en un restaurante que ha obtenido recomendaciones en guías de referencia como la de Michelin y la de Repsol. Pasó años restaurando muchos elementos originales, entre ellos docenas de pequeños compartimentos que recubren las paredes y que aún contienen útiles centenarios. Su equipo tuvo que lidiar con techos que se derrumbaban y pilares podridos.
“La gente me decía que estaba loca y yo digo que sí, que hace falta tener un punto de locura, y también mucha ilusión, para hacer algo así”, dice Escapa. “Pero también necesitas ser realista y saber qué va a suponer económicamente”.

Incluso los negocios exitosos se sienten cada vez más aislados, dice Ramón Senra Riesgo, copropietario de Droguería Riesgo en el barrio de Chueca. Cuando cerró la última cafetería “normal”, Riesgo cuenta que se vio obligado a elegir entre cafés de especialidad a precios exorbitantes o un restaurante de alitas de pollo.
Fundada en 1866, la empresa había sido vendida por la familia a un tercero que la cerró en julio de 2024. Senra Riesgo, quien había sido el gerente comercial de la empresa durante casi una década, convenció a dos primos, un tío y un amigo abogado para que recompraran el negocio y lo reabrieron cuatro meses después.
La empresa ha pasado de tres a siete empleados en poco menos de dos años, y de vender 100 productos diferentes a unos 2.000, que van desde artículos de limpieza hasta componentes químicos para pintura, artesanías y cocina. Entre sus clientes figuran personas con talento para restaurar muebles, escuelas de arte, museos y restaurantes de alta gama que ofrecen cocina molecular.
“Nos arriesgamos y nos ha salido bien”, dice Senra Riesgo. “En parte porque seguimos siendo de los pocos que hacemos esto”.

Tiendas de productos químicos similares en toda España están cerrando, lo que lleva a los clientes a Riesgo, que también está aumentando sus ventas en línea. La ciudad, que cuatro generaciones del apellido Riesgo observaron desde detrás del mostrador de madera de la tienda, está cambiando rápidamente. El barrio céntrico de Chueca se ha vuelto más limpio y seguro, dice el copropietario Santiago Riesgo, quien recuerda las drogas y la prostitución que hacían que las calles fueran inseguras en los años 70 y 80. Pero también hay desventajas.
“El hay comercio”, dice Senra Riesgo. “No hay tiendas, ni gente que las lleve que sepa de qué trata lo que venden”.
Alrededor de mil personas se reunieron a las puertas del antiguo local de Café Central el 16 de abril para ver a los músicos tocar por última vez. Los propietarios habían pedido a los madrileños que trajeran sus instrumentos para “el funeral y la resurrección” de la institución.
Juantxu Bohigues, el gerente, se dirigió a la gente desde un balcón con un megáfono. Escritor y autor de varios libros y novelas, Bohigues llegó a Madrid hace 35 años, atraído por la cultura de los cafés de la ciudad y los debates literarios que se llevaban a cabo allí. Desde entonces, ha trabajado en los cafés históricos de Madrid.

“Somos igual que el músico de jazz, que acaba aquí un bolo y se tiene que coger todos sus trastos y toda su música y se tiene que ir para otro lado”, dice. “Nos vamos con toda nuestra música y toda nuestra energía”.
Luego, encabezados por una banda de una docena de músicos, la multitud comenzó a caminar hacia la nueva ubicación en el Ateneo de Madrid. Tarareaban las melodías y se ponían a bailar espontáneamente, mientras los niños tocaban pequeñas trompetas de plástico. La multitud pronto abrumó a los turistas sentados en la cercana plaza de Santa Ana, y uno de ellos le gritó a un mesero: “¿Qué es esto? ¡Haga algo!”.
Beatriz Grimaldos observaba con sentimientos encontrados. La actriz de 42 años nació en Cuenca, una pequeña ciudad de la España rural, y lleva más de dos décadas viviendo en Madrid.
“Madrid era una ciudad auténtica que te hacía sentir parte de ella”, dice. “La ciudad que abrazaba a sus habitantes, no a los que vienen aquí tres días a tomarse un vermut y una paella, esa ciudad ha perdido el alma”.








