
Ahora la anchoveta alimenta al mundo, pero en algún punto también educó al Perú. La lección se escribió en los años 70, sobre redes llenas de juveniles y miles de empleos en riesgo. Desde entonces, la cuota de pesca dejó de ser un límite arbitrario y se volvió una herramienta de supervivencia industrial.
¿Qué parteaguas en la historia del Pacífico fue capaz de convertir una actividad en un modelo económico con reglas?
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Número sin ciencia
A mediados del siglo XX, la anchoveta se posicionó en el país como una promesa casi inagotable, relata Héctor Soldi, presidente del consejo directivo del Instituto Humboldt de Investigación Marina y Acuícola (IHMA):
“El concepto de las cuotas empezó en la década de los 50, con la pesquería de la anchoveta. En ese entonces había cuotas globales que se daban en periodos a veces anuales, a veces semianuales, pero no había una información científica suficientemente importante como para la regulación. No se conocían muy bien las temporadas de desove de la anchoveta, las migraciones y todo el impacto de la variabilidad climática del mar”.
Por tanto, el sector pesquero peruano operaba sin orden estructural y bajo una bandera roja para la sostenibilidad del recurso hidrobiológico.
“Eran frecuentes las disputas por capturas, los enfrentamientos entre armadores y plantas por el pesaje del pescado y las acusaciones cruzadas sobre pérdidas, mermas o manipulación en las tolvas. A ello se sumaba la falta de un censo real de la flota, la existencia de embarcaciones duplicadas o con identidades fácilmente alterables y bodegas con capacidades superiores a las autorizadas”, explica Jennifer Vilches, abogada especialista en pesca, ambiental y marítimo.
Así surgió lo que conocería como la carrera olímpica: un esquema en el que más de 1,200 embarcaciones competían por capturar lo máximo en el menor tiempo posible.
“Las empresas se veían forzadas a mantener flotas sobredimensionadas, grandes inventarios de repuestos y equipos de respaldo para no perder un solo día de pesca. Esto implicaba capital inmovilizado, altos costos operativos y una industria estructuralmente ineficiente”, complementa la especialista.
De pronto, la naturaleza hizo lo suyo, recuerda Soldi. “Fue una pesca indiscriminada. Y cuando ocurrió el Fenómeno El Niño del 73, la sobrepesca causó un colapso de la anchoveta. [...] Ahí se le empezó a poner énfasis al Instituto del Mar del Perú (Imarpe), a la investigación científica, y apareció la necesidad de una cuota mucho más regulada”.

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Perú, una referencial mundial
El Imarpe ingresó, entonces, como la institución que reveló los ritmos propios y los límites biológicos del océano; y, como consecuencia de su trabajo, la pesquería de anchoveta peruana es hoy un referente global:
“En el caso del Perú, la pesquería de la anchoveta tiene una cantidad de investigación científica muy avanzada, así como control y vigilancia, lo que hace que las empresas hayan entendido que es un negocio a largo plazo. [...] Es un caso de estudio en todas partes del mundo. La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) y muchas universidades dicen que es una de las especies mejor reguladas”, expresa Soldi.
Coincide Antonio Olortegui, gerente Legal y de Asuntos Corporativos de TASA: “La pesquería nacional de anchoveta se ha consolidado como un referente mundial gracias a la aplicación de cuotas y a un manejo basado en ciencia que ha permitido mantener niveles saludables de biomasa, estimados en un promedio superior a 9 millones de toneladas durante los últimos 15 años”.
Y brinda especificaciones: “La FAO destacó que la anchoveta peruana se mantiene dentro de los niveles biológicamente sostenibles, reconociendo además las mejoras implementadas en la gestión y el rol científico de Imarpe para determinar oportunamente cuotas y temporadas. Del mismo modo, las universidades de Yale y Columbia, a través del Environmental Performance Index (EPI) 2024, calificaron al Perú como el país con el mejor desempeño pesquero de Sudamérica y uno de los más destacados del mundo”.
Este próspero paisaje costero se fortaleció en 2009, con la Ley de Cuotas; es decir, el acceso al recurso se configuró como un derecho regulado. El resultado fue una explotación más predecible, con monitoreo y transparencia que hoy funcionan como un engranaje.

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El pendiente “debajo del mar”
Soldi, sin embargo, advierte que no todas las pesquerías han alcanzado el mismo grado de madurez. La pota, por ejemplo, a pesar de su protagonismo económico, avanza con prudencia en la definición de su cuota.
Vilches aclara por qué: “La pota, la segunda pesquería más importante del Perú después de la anchoveta, es manejada exclusivamente por la pesca artesanal, que mantiene una actividad continua, con limitadas capacidades de fiscalización. Esta situación genera desorden y dificulta un manejo sostenible del recurso, no por falta de normas, sino por la imposibilidad material de hacerlas cumplir de forma homogénea”.
En consecuencia, el problema no radica en la inexistencia de regulación, sino en el mayor nivel de informalidad.
El jurel y la caballa, por su parte, viven entre dos sistemas. En la flota industrial cada tonelada posee permisos y controles de plantas. En la pesca artesanal, en cambio, la supervisión se fragmenta. Surge así una “marejada” gris en la que es difícil saber cuánto se pesca y en qué condiciones.
Además, el jurel y la caballa son especies cotidianas en la mesa de los peruanos, lo cual lleva a exigir orden y trazabilidad en sus capturas.
“El consumo humano directo involucra una gran cantidad de actores de pequeña escala, embarcaciones artesanales, puntos de desembarque, mercados locales y circuitos de comercialización menos trazables. La diversidad de artes de pesca, especies objetivo, zonas de operación y canales de venta hace mucho más complejo establecer controles homogéneos y efectivos. Los sistemas de registro, pesaje y declaración en este segmento son más limitados, y la fiscalización enfrenta restricciones logísticas, presupuestales y territoriales”, concluye la vocera.

- El dato:
César Quispe, a la cabeza del Ministerio de la Producción (Produce), confirmó que este año se inicia la construcción del Haydee Santander, el nuevo busque de investigación. La nave, que zarpará en 2027, reducirá los costos de operación de los cruceros científicos y permitirá mayor tiempo efectivo de investigación en el mar, subraya Soldi.

Redactora de Economía en diario Gestión. Periodista piurana con seis años de experiencia profesional en el rubro.









