Tras una década de evolución, el vino peruano entra en una fase decisiva. Entre criollas, blends y cepas globales, las bodegas exploran caminos distintos para definir su lugar en el mercado.
Tras una década de evolución, el vino peruano entra en una fase decisiva. Entre criollas, blends y cepas globales, las bodegas exploran caminos distintos para definir su lugar en el mercado.

Hace una década, el potencial del vino peruano aún no era evidente. Aunque el trabajo ya estaba en marcha, la industria empezaba recién a preguntarse cómo podía diferenciarse y posicionarse en un mercado cada vez más competitivo. ¿Qué podía ofrecer Perú que lo hiciera destacar? La creciente reputación gastronómica del país terminó por empujar esa reflexión: si la cocina peruana se convertía en referente, el vino debía acompañar ese estándar.

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