
En el silencio de una cava, donde el tiempo no corre sino que se destila, reside la memoria viva de la humanidad. El vino no es una mercancía; es un testigo líquido que ha escoltado a los líderes desde los inicios de la civilización. Para quien dirige un país, la botella que descansa sobre su mesa no es solo un acompañante gastronómico, sino un ejercicio de paciencia, visión y legado.
El vino nació cuando el ser humano dejó el nomadismo para echar raíces. La vid se convirtió en uno de los primeros motores económicos y culturales, catalizador del pensamiento democrático e hilo conductor de su diplomacias.

La gastronomía como escenario del éxito
En la alta gastronomía mundial, el vino actúa como director de orquesta. No solo realza sabores; aporta una arquitectura sensorial que eleva el acto de comer a una experiencia trascendente. Para el empresario moderno, comprender el paisaje cultural del viñedo equivale a entender cómo el trabajo de siglos se traduce en prestigio nacional.
El vino es, en esencia, la marca país más honesta que existe: una botella de vino peruano en una mesa internacional es un embajador silencioso que habla de nuestro clima, nuestro esfuerzo y nuestra evolución enológica. Indudablemente.
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La diplomacia del descorche
No existe acuerdo ni tratado que defina el rumbo de una nación que no haya sido sellado bajo la presencia de un gran vino. En la mesa del poder, el descorche es un ritual de apertura, un gesto de respeto que precede a la palabra. El vino es el único interlocutor capaz de suavizar las aristas de una negociación, transformando la frialdad de los números en la calidez de un proyecto compartido.
Para el empresario, el vino es una herramienta de inteligencia emocional. Elegir la etiqueta correcta es un ejercicio de reconocimiento hacia el interlocutor: es decirle, sin palabras, que conocemos su historia y valoramos su tiempo. La selección de una añada específica actúa como un puente cultural. No se sirve solo una bebida; se sirve la geografía, el clima y la resiliencia de un pueblo.
El vino enseña al líder que los resultados más nobles, al igual que los grandes reservas, requieren de la gestión del silencio y de la espera. En un mundo que exige inmediatez, el vino impone su propio ritmo, recordándonos que la excelencia no se apresura, se cultiva.
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El vino es sostenibilidad hecha paisaje

Para el Perú, el desarrollo de nuestra industria enológica no es solo una apuesta comercial, es la consolidación de nuestra soberanía gastronómica. Cada hectárea de vid recuperada es un compromiso con el territorio y una promesa de valor para las generaciones futuras.
El respeto que sentimos por esta bebida nace de su capacidad de trascendencia. Mientras que otros productos se consumen y desaparecen, el vino evoluciona, gana sabiduría en la oscuridad de la bodega y nos sobrevive. Es, en última instancia, el más sofisticado de los legados.
Un embajador silencioso y activo estratégico
La Marca País no es solo un logotipo; es la suma de la percepción global sobre nuestra cultura, nuestra historia, nuestros productos y nuestra gente. Chile y Argentina han demostrado con maestría cómo el vino puede ser el embajador más potente de su identidad, convirtiendo cepas como el Carmenere o el Malbec en sinónimos de su origen.
Para el Perú, que ostenta el honor de haber elaborado el primer vino de Sudamérica en 1551, la viticultura es un legado que estamos revalorando.
El vino peruano, con su diversidad de terroirs que van desde la costa desértica de Ica hasta los valles de altura, ofrece una propuesta de valor única en el mercado global, una frontera apasionante aún por descubrir. La inversión en este sector no es un gasto: cada botella exportada, más allá de su valor monetario, lleva consigo la supervivencia y pasión de un pueblo, actuando como un sello de garantía y calidad que añade valor a toda nuestra oferta exportable.
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De la anécdota a la categoría mundial
El desafío es transformar nuestra rica historia vitivinícola de una “anomalía” cultural a una “cotidianidad” de consumo global. El pisco ha abierto el camino, pero el vino es la mesa completa. Al destacar nuestros vinos en nichos como los productos biológicos o de origen sostenible, conectamos con las tendencias de un consumidor global que valora la autenticidad y el relato detrás del producto.
Para los empresarios que nos leen, la lección es clara: el vino es un vehículo de identidad nacional. Promover nuestra viticultura es fortalecer la “Marca Perú” en sus tres dimensiones: turístico, exportador y activo que atrae inversión extranjera directa. Es la materialización líquida del orgullo nacional.
Estamos en un momento muy interesante del vino en el país, cuando comencé en 1998 era muy difícil acercarme a una mesa y contarle historias a los comensales sobre este bello elixir. Hoy el público sí escucha, quiere aprender más, desea experimentar nuevas cepas, nuevas regiones. Y eso bebeficia al futuro del vino peruano. Abre la posibilidad de que hay mucho más por descubrir.
Hace un año probé el Wayocari Tannat Reserva, uno de los vinos producidos a mayor altura del mundo: en el corazón del Valle Sagrado, en Cusco, a cargo de la bodega Viñedos del Inca, un proyecto liderado por Carlos del Campo. La uva Tannat se adapta excepcionalmente bien a la intensa radiación solar y al clima extremo de los andes cusqueños. Por la altura, es un vino con una gran intensidad de color, taninos marcados y una acidez natural vibrante que refleja el terroir andino. Si el Perú quería sorprenderme, con este vino lo logró.
El vino es la civilización en una copa, un recordatorio de que los grandes logros requieren de tiempo, cuidado y un profundo respeto por la tierra que nos sostiene. Es el testimonio de nuestro paso por el mundo, una huella dactilar de nuestra cultura.
Carpe vinum. “Aprovecha el vino”.










