
Escribe: Patricio Valderrama, experto en fenómenos naturales
Febrero suele ser el mes en que el Perú se juega, en pocos días, buena parte de su factura climática anual. Este 2026, el mensaje no es de pánico, sino de advertencia estratégica: la Comisión Multisectorial Encargada del Estudio Nacional del Fenómeno El Niño mantiene el estado de “Vigilancia de El Niño Costero” y señala que condiciones cálidas débiles serían más probables a partir de marzo. Para el trimestre febrero–abril se proyectan lluvias entre normales y sobre lo normal en la costa norte, especialmente en marzo y abril.
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“Vigilancia” no significa que el evento ya está instalado; significa que hay señales suficientes para actuar sin esperar confirmaciones tardías. El mismo análisis añade una lectura clave para este año: mientras el Pacífico central mantendría condiciones neutras hasta mayo, desde junio podrían predominar condiciones cálidas débiles. Dicho en simple: el verano se gestiona con estacionalidad, pero el presupuesto y la planificación del año deben contemplar un riesgo creciente hacia la segunda mitad. Y el contexto global acompaña esa prudencia: la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica describe la salida de La Niña hacia condiciones neutras, con probabilidades crecientes de El Niño en horizontes más largos.
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Y aquí aparece el punto neurálgico para la economía: el país puede frenarse no solo por grandes desbordes en el norte, sino por un solo “cuello” logístico en el centro. El aumento de caudales y la erosión de márgenes en la cuenca del río Rímac han vuelto a poner bajo presión un tramo sensible de la Carretera Central en Lurigancho–Chosica. No es una amenaza abstracta: es el corredor que articula Lima con la sierra central, por donde se mueven alimentos, combustibles, insumos industriales y carga minera. Cuando esa vía se interrumpe, la cadena se encarece: horas perdidas, despachos postergados, penalidades contractuales y, en el extremo, presión sobre precios.
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El problema se agrava porque el sistema ya opera exigido. La Superintendencia de Transporte Terrestre de Personas, Carga y Mercancías ha dispuesto restricciones para camiones de más de 3.5 toneladas en tramos de la Carretera Central en determinados horarios. En una vía al límite, un episodio hidrológico que obligue a cierres o desvíos no se suma: se amplifica. Por eso, la gestión del riesgo no es un tema “ambiental”; es productividad, competitividad y continuidad del negocio.
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¿Qué hacer en febrero? Primero, proteger el activo: intervención rápida en puntos de erosión, encauzamiento y defensas ribereñas donde corresponda, y mantenimiento permanente de quebradas y drenajes en zonas que colapsan cada verano. Segundo, gestionar información: usar los avisos hidrológicos y meteorológicos oficiales –que ya clasifican el riesgo por umbrales– para activar protocolos por niveles, no por improvisación. Tercero, coordinar: municipio, transportistas, concesionarias y empresas deben tener un plan de tránsito y abastecimiento por escenarios, con horarios de despacho, puntos de acopio temporales y comunicación clara para evitar decisiones a ciegas.
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Febrero todavía permite adelantarse. Si entendemos que “vigilancia” es una ventana para actuar –no una etiqueta para esperar–, el costo de este verano baja y la preparación para un posible escenario cálido posterior mejora. En clima, como en finanzas, la diferencia entre perder y ganar está en lo que se hace antes de que la tendencia se confirme.







