
Cerca del 23% del amoníaco utilizado en el mundo transita por el estratégico estrecho de Ormuz. El bloqueo ininterrumpido de esta ruta vital por casi tres meses ha reducido la oferta global de fertilizantes esenciales –como urea, fosfato y azufre– en un alarmante 30%. Este severo estrangulamiento ha provocado que el 40% de las tierras agrícolas globales se siembren en la actual campaña con 25% menos de fertilizantes respecto a los requerimientos técnicos óptimos. Esta peligrosa subfertilización forzada permite prever una grave reducción de entre el 15% y el 20% en la oferta mundial de cereales básicos como trigo, maíz y arroz para fin de año. Consecuentemente, este déficit productivo desatará una fuerte e inevitable presión inflacionaria sobre la canasta alimentaria a escala global.
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Para dimensionar la magnitud de este choque inflacionario, resulta indispensable establecer una comparación cuantitativa con el impacto provocado por el estallido de la guerra en Ucrania en el 2022. Al contrastar las cifras, es evidente que el escenario actual derivado del conflicto en Irán es significativamente peor. Mientras la crisis europea afectó al 15% del suministro mundial de fertilizantes y causó una contracción en los rendimientos globales de apenas 5%, el bloqueo actual restringe exactamente el doble del volumen.
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Toda esta crisis expone la profunda dependencia estructural que la agricultura contemporánea mantiene hacia los agroquímicos sintéticos. Hoy en día, la mitad de la población mundial –alrededor de 4,100 millones de personas– subsiste exclusivamente gracias a alimentos sostenidos por nutrientes nitrogenados industriales.
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Lamentablemente, esta subordinación alimentaria está muy lejos de corregirse a corto plazo. Las tecnologías alternativas de cultivo que prescinden de fertilizantes tradicionales, como la hidroponía, aeroponía y agricultura vertical, proponen un cambio radical al cultivar en entornos controlados y sin suelo, dosificando los nutrientes directamente en las raíces mediante circuitos cerrados de agua. Sus ventajas son formidables: multiplican la productividad por metro cuadrado y disminuyen el uso de fertilizantes en un 80%. Sin embargo, sus barreras de entrada son críticas. Los costos iniciales de instalación para complejos comerciales medianos oscilan entre 1.5 y 3 millones de dólares por hectárea equivalente, sumado a un intensivo requerimiento de energía eléctrica que promedia los 15 a 40 kilovatios-hora por kilogramo de producto, principalmente destinados a la iluminación LED automatizada y la climatización de precisión.
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Por estas razones financieras y energéticas, su despliegue comercial masivo aún se concentra en regiones muy específicas. Actualmente, estas tecnologías ya se encuentran operando con éxito en centros urbanos e industriales de Japón –que lidera con cientos de fábricas de vegetales cerradas–, los Países Bajos, Singapur y zonas desérticas de los Emiratos Árabes Unidos, donde la escasez de suelo arable o agua justifica la inversión. Estimando los tiempos de maduración tecnológica para reducir estos costos operativos, se prevé un plazo de 12 a 15 años para que estas infraestructuras alcancen un despliegue global capaz de mitigar nuestra dependencia.
Jose Martínez Sanguinetti es fundador de Sothys Capital.
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