
La economía no está resistiendo: está postergando el impacto. Y la factura ya empezó a llegar. Pensar que puede crecer mientras el país se desordena políticamente no es optimismo, es negación. Durante años se habló de “cuerdas separadas”. Hoy, esa idea se desvanece.
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Lo que vemos es inercia más que fortaleza. El crecimiento se sostiene por algunos factores: la estabilidad monetaria —con una constante amenaza política— y los precios de los minerales, que cubren las ineficiencias del Gobierno. Ese soporte resulta insuficiente para corregir el problema de fondo y, además, genera una peligrosa ilusión de estabilidad.

La política pasa factura. Puede demorar, pero siempre llega.
Con la tensión política, la inversión privada entra en pausa. La cautela frente al ruido político retrasa decisiones sobre una base ya rezagada, lo que erosiona la confianza. Sin inversión sostenida, el crecimiento pierde tracción y el país renuncia, en los hechos, a mejorar su capacidad productiva.
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El Gobierno de turno pierde la visión de las políticas públicas. Cada gestión reinicia el camino y desperdicia lo avanzado. La ausencia de continuidad impide aprender de errores y escalar soluciones. En salud, por ejemplo, más del 40% de los niños entre 6 y 36 meses sufre anemia, con efectos permanentes sobre su productividad futura. Sin decisiones concretas, ese problema no tiene vías de solución. Esa factura ya se acumula hoy y compromete el desarrollo de la siguiente generación.
En el corto plazo, el deterioro resulta evidente. La inestabilidad frena la infraestructura clave. Con una brecha superior a los US$ 100 mil millones, los proyectos se postergan o se reinician una y otra vez. El desarrollo queda inconcluso y las oportunidades se diluyen.
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Incluso lo básico se debilita. Puentes en la Carretera Central en riesgo, a pocas horas de Lima. Se trata de una señal de fragilidad estructural, visible en lo cotidiano.
A esto se suma el impulso de medidas sin respaldo fiscal. Subir sueldos o pensiones sin mirar la caja deriva en mayor presión sobre las cuentas públicas y en un menor margen de maniobra, trasladando el costo hacia adelante.
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La economía y la política avanzan entrelazadas. Hablar de “cuerdas separadas” perdió vigencia. La inestabilidad erosiona la capacidad de planificar, invertir y sostener políticas en el tiempo. Sin continuidad, el rumbo se diluye.
El daño va más allá del PBI: se instala la ineficiencia, se normaliza la corrupción y se golpea a los más vulnerables. ¿Hay una generación en riesgo? La evidencia apunta a ello.
El diagnóstico está claro. Falta decidir. Y el tiempo empieza a jugar en contra.
Víctor Melgarejo es director periodístico (e) de Gestión.








